La homosexualidad: una perspectiva desde la verdad y la gracia

¿Deberíamos seguir denunciando la homosexualidad a pesar de la aceptación social de esta práctica?
Foto: Pexels

La sociedad actual es testigo de una revolución sexual sin precedentes. Estamos ante la redefinición de la identidad humana y la unidad más básica de la sociedad, la familia. Aunque la homosexualidad es una práctica tan antigua como la humanidad, para las sociedades en general fue vista como una perversión o una desviación del diseño humano. 

No fue sino hasta el siglo veinte cuando esta práctica comenzó a aceptarse en la sociedad como una forma de “libertad” y de expresión individual, y en el siglo veintiuno ha evolucionado para convertirse en un derecho, protegido por la ley. Aunque la sociedad es cada vez más tolerante con la homosexualidad, las Escrituras hablan claramente en contra de ésta, obligando a los cristianos a levantar su voz en contra. 

La ley humana contra la ley de Dios

Particularmente en los últimos años, hemos sido testigos de cómo la proclamación de la verdad bíblica ha sido cada vez más objeto de censura y persecución legal. Ejemplo de esto es el uso del Acto del Orden Público de Reino Unido de 1986 para censurar los discursos religiosos o prédicas al aire libre, aunque este fue establecido con el propósito de contener alborotos, protestas y disturbios en el espacio público.

La proclamación de la verdad bíblica enfrenta una creciente censura y persecución legal./ Foto: Envato Elements

Harry Hammond fue condenado en el año 2002 por violentar la sección 5 del acto al sostener un cartel que decía: “Paren la inmoralidad, paren el homosexualismo, paren el lesbianismo. Jesús es el Señor”, mientras predicaba. Stephen Green fue preso, y luego liberado en el 2006 por repartir panfletos cristianos en un festival gay. En el año 2010, el predicador bautista Dale McAlpine fue acusado y arrestado después de que una mujer, con la que tuvo una conversación, le acusara ante la policía por decir que el homosexualismo era pecado. Aunque McAlpine incluyó al homosexualismo dentro de una lista de pecados como la blasfemia y la borrachera, los oficiales alegaron que McAlpine hizo el comentario lo suficientemente alto como para ser escuchado por otros y lo acusaron de usar un “lenguaje abusivo e insultante”.

Dale McAlpine / Foto: The Christian Institute

Más recientemente hemos sido testigos de las incontables luchas legales de cristianos que, negándose a atentar contra sus principios, se abstienen de proveer servicios a parejas homosexuales, de celebrar el mes del orgullo gay en sus trabajos o hablan abiertamente en contra de la inmoralidad sexual en desfiles y universidades. Es irónico que, en una era que exalta la tolerancia y la “libre expresión” como valores innegociables de la sociedad, se persiga a quienes simplemente hablan la verdad de la Palabra de Dios. La libertad se aprecia más que la verdad.

La verdad sobre la homosexualidad

Los cristianos creemos que la Palabra de Dios anuncia la verdad acerca de Dios y de nosotros. Es necesario que la examinemos y volvamos a ella cada vez que la sociedad o la agenda política del momento quiera modificar los fundamentos establecidos por Él.

Los cristianos creemos que la Palabra de Dios anuncia la verdad acerca de Dios y de nosotros. / Foto: Unsplash

Las Escrituras no presentan la sexualidad como algo que podamos modificar a conveniencia, sino con un diseño claramente definido. ¿Qué dicen? Que las relaciones sexuales deben ser entre un hombre y una mujer: “Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn 2:24). Cualquier desviación de este modelo se considera una distorsión de la voluntad divina.

El juicio sobre Sodoma y Gomorra es un testimonio histórico de la gravedad que es la perversión de este diseño. La ley de Dios, escrita con Su propio dedo (Ex 31:18), entregada al pueblo de Israel por medio de Moisés, es explícita al prohibir la práctica de la homosexualidad: “No te acostarás con varón como los que se acuestan con mujer; es una abominación” (Lv 18:22). La ley consideraba esta práctica tan grave que el castigo que establecía era la muerte: “Si alguien se acuesta con varón como los que se acuestan con mujer, los dos han cometido abominación; ciertamente han de morir. Su culpa de sangre sea sobre ellos” (Lv 20:13).

Las Escrituras no presentan la sexualidad como algo que podamos modificar a conveniencia, sino con un diseño claramente definido. / Foto: Unsplash

Uno de los argumentos de los cristianos progresistas a favor del matrimonio del mismo sexo es que esta ley era aplicable en el contexto del antiguo pacto, antes de la venida del Hijo de Dios. Sin embargo, el Nuevo Testamento reafirma la postura en contra del homosexualismo, pero la sitúa dentro de la necesidad universal de redención. El apóstol Pablo explica que el abandono del diseño natural en la sexualidad es una consecuencia de cambiar la verdad de Dios por la mentira, lo que conduce a “pasiones degradantes” donde hombres y mujeres deshonran sus cuerpos (Ro 1:24-27).

Al escribir a la iglesia en Corinto (una ciudad conocida por su desenfreno moral socialmente aceptado), el apóstol advierte a los creyentes: “No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales… heredarán el reino de Dios” (1Co 6:9-10). La ley, que fue dada en el contexto del antiguo pacto, tenía la función de señalar nuestra rebelión, y fue instituida para los “transgresores y rebeldes”, incluidos los inmorales y homosexuales (1Ti 1:8-10).

El Nuevo Testamento reafirma la postura en contra del homosexualismo. / Foto: Unsplash

Hablar la verdad y la gracia que se encuentran en Jesucristo

Entonces, ¿qué debemos hacer los cristianos frente a la homosexualidad que domina en nuestra sociedad? ¡Anunciar la verdad! Hablar lo que dice la Biblia y señalar el pecado no es un acto de odio u “homofobia”. Al contrario, los cristianos reconocemos que todos, sin excepción, nacemos en pecado, y que transgredimos la ley de Dios de muchas maneras, incluidas las prácticas sexuales prohibidas. Los cristianos no nos creemos superiores, pues nuestra única esperanza reside en la gracia de Dios para nosotros por medio de Jesucristo.

En Dios, la gracia y la verdad se encuentran (Jn 1:14, 17). Jesucristo denunció abiertamente el pecado, pero extendió gracia y misericordia; era considerado “amigo de los pecadores” (Mt 11:19; Lc 7:34), no porque apoyara o afirmara el pecado de las personas, sino porque quería rescatarlas con verdad y misericordia. Jesús es nuestro ejemplo al hablar la verdad a todos los pecadores, incluyendo a los que practican la homosexualidad.

El evangelio de la verdad y la gracia es un mensaje para todo pecador, sea de pecados socialmente aceptados, o de aquellos que son escandalosos, y por esto los cristianos debemos anunciarlo a todas las personas sin excepción. Estamos llamados a predicar a Jesucristo crucificado y resucitado, que ofrece perdón y arrepentimiento a todo aquel que viene a Él. Los intentos de callar la verdad son la respuesta natural de los hombres perversos, que aman más las tinieblas que la luz, y que no desean que sus obras sean puestas al descubierto:

Y este es el juicio: que la Luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la Luz, pues sus acciones eran malas. Porque todo el que hace lo malo odia la Luz, y no viene a la Luz para que sus acciones no sean expuestas (Jn 3:19-20).

El evangelio de la verdad y la gracia es un mensaje para todo pecador. / Imagen: Lightstock

Sigamos anunciando la verdad con valentía y gracia, ya que no somos mejores que ellos. Todos estamos bajo pecado (Ro 3:9-10), pero los creyentes hemos sido alcanzados, reconciliados con Dios y limpiados por medio de Aquel que cumplió la ley de Dios a nuestro favor. Jesús vivió en perfecta obediencia, murió por nuestra culpa y resucitó para que podamos ser llamados justos.

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Abraham Paniagua

Es originario de República Dominicana. Licenciado en teología, y con una maestría del Southeastern Baptist Theological Seminary (SEBTS) donde actualmente cursa sus estudios doctorales. Esposo de Lía.

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