A veces me pregunto qué sintió Sara cuando vio a Abraham y a Agar entrar juntos en la tienda: qué pensó y qué sintió (Gn 16). ¿Qué sintió la esposa al ver a su marido buscar intimidad con esa otra mujer, sabiendo exactamente lo que estaba a punto de suceder ? ¿A dónde fue su mente en esos momentos en los que estaban fuera de su vista? ¿Hasta dónde había llegado Sara para no solo permitirlo, sino sugerirlo e incluso exigirlo? ¿Qué tiene que suceder en una esposa para que entregue a su marido a los brazos de otra mujer?
La idolatría es lo que tiene que suceder. Sara se había convertido en una idólatra. No había empezado a adorar ídolos de madera o piedra, pero era sin duda una idólatra. Estaba convencida de que necesitaba una cosa para experimentar alegría y para vivir una vida plena, y esa era la única cosa que Dios le había retenido. Tenía un marido, tenía honor, tenía belleza, tenía una riqueza fantástica, pero no tenía hijos, no tenía un hijo varón. Y eso casi la destruyó. La hizo actuar de la manera más escandalosa, y traer a otros a su pecado.
Sara creía en la existencia de Dios. Sara creía incluso en el poder y la autoridad de Dios, estoy seguro. Dios la había llamado a ella y a Abraham para que abandonaran su hogar y se trasladaran a una lejana tierra prometida. Dios había establecido Su pacto con Abraham. Dios los había protegido y preservado, los había enriquecido y les había dado gran honor. Pero a pesar de todo, Sara había perdido la fe en las promesas de Dios. Había dejado de creer en la bondad de Dios.

Dios había hecho una promesa que parecía tardar en cumplir. Dios había prometido a Abraham y Sara que su descendencia sería más numerosa que las estrellas del cielo. Había prometido a Abraham que sería el padre de muchas naciones. Lo había prometido, pero aún no lo había cumplido. No importaban esas muchas naciones: ¡aún no les había dado ni un solo hijo! Y en toda la espera, Sara había dejado de creer. A lo largo de tantos años sin hijos, había perdido la fe. Y cuando su fe se desvaneció, empezó a actuar por su cuenta. Si Dios no cumplía la promesa, entonces Sara lo haría. “Llégate, te ruego, a mi sierva; quizá por medio de ella yo tenga hijos” (Gn 16:2).
Sara obtuvo ese hijo, pero, como siempre, el pecado prometió mucho y cumplió menos de lo prometido. El primer aire de alegría pronto se convirtió en celos, luego en ira, luego en conflicto, luego en guerra abierta.

Finalmente, tal como había dicho, Dios cumplió Su promesa. Dio a Abraham y Sara el hijo que les había prometido desde el principio. Su respuesta nunca había sido “no”, sino simplemente “espera”. Lo único que les había pedido era que esperaran y confiaran. Hay aquí ecos de la gran promesa de salvación de Dios: “Pero, amados, no ignoren esto: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no se tarda en cumplir Su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con ustedes, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento” (2P 3:8-9). Dios es lento solo desde nuestra perspectiva humana demasiado limitada.
¿Dónde te está pidiendo Dios que simplemente esperes y confíes? ¿Dónde has perdido la fe, o en qué área de tu vida está tu fe debilitada? ¿Dónde está tardando Dios en cumplir Sus promesas, en responder a tus oraciones, en concederte el don del entendimiento? Mira ahí mismo y quizá veas una fe desplazada y luego extraviada. Mira ahí y verás cómo has empezado a elaborar tus propios planes tortuosos, incluso planes que contradicen directamente la voluntad clara y revelada de Dios. Mira ahí mismo y quizá veas un ídolo echando raíces. Mira ahí y ruega a Dios que te devuelva la fe en Él y en Sus promesas.

Publicado originalmente en Challies.