Julio 6
Cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia (1 Pedro 2:23).
Contra nadie se ha pecado más gravemente que contra Jesús. Cada gramo de hostilidad contra Él fue totalmente inmerecido.
Jamás ha existido alguien que fuera más digno de honor que Jesús; y nadie ha sido más deshonrado que Él.
Si alguien tenía algún derecho a enojarse, sentir amargura y ser vengativo, esa persona era Jesús. ¿Cómo pudo controlarse cuando unos descarados, cuya vida Él sustentaba, le escupían a la cara? 1 Pedro 2:23 nos da la respuesta: “Cuando lo ultrajaban, no respondía ultrajando. Cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba a Aquel que juzga con justicia”.
Este versículo se refiere a que Jesús tenía fe en la gracia venidera del justo juicio de Dios. Él no tenía que vengarse de todas las humillaciones que sufrió, porque encomendó Su causa a Dios. Él dejó la venganza en las manos de Dios y oró por el arrepentimiento de Sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Pedro nos deja ver un destello la fe de Jesús para que aprendamos a vivir de esta manera también. Él dijo: “Porque para este propósito [de soportar con paciencia los tratos crueles] han sido llamados, pues también Cristo sufrió por ustedes, dejándoles ejemplo para que sigan Sus pasos” (1 Pedro 2:21).
Si Cristo venció la amargura y la venganza por la fe en lo que Dios, el buen Juez, había prometido hacer, ¿cuánto más debemos hacerlo nosotros, quienes tenemos mucho menos derecho que Jesús a murmurar por ser maltratados?
