Cuando Dios pensó en tu salvación, Su objetivo no fue tu bienestar; Él tenía en mente que Su Hijo fuera conocido por medio de ti.
Uno de los versículos favoritos de los cristianos es Romanos 8:28: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien”. Cada vez que estamos en medio de la angustia, o somos azotados por tribulaciones, recordamos esta porción de las Escrituras para encontrar ánimo en la seguridad de que nuestras aflicciones, en las manos de Dios, terminarán en bien para nosotros.
Sin embargo, si eres un lector atento de la Biblia, habrás notado que este mismo pasaje tiene una explicación posterior: “…esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”. En este pasaje, Pablo no está queriendo decir que todo lo que nos ocurre terminará en el bien que imaginamos, sino que nuestro bien es que se cumpla el propósito que Dios en nuestras vidas, y en ese sentido, es que todas las circunstancias cooperan para esto. Pero ¿cuál es ese propósito?

El propósito de la salvación: ser semejantes a Jesús
Para que nuestra esperanza esté fundamentada en la verdad y no en ilusiones que hemos fabricado, necesitamos comprender cuál es el propósito de Dios con nuestras vidas. Este propósito está descrito con claridad en el pasaje inmediatamente posterior:
Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó (Ro 8:29-30).

El versículo 30 se conoce como “La cadena de oro” de la salvación, el orden en el que nuestro Dios hace Su obra en nosotros. Primero nos predestina, luego nos llama y nos justifica, y, al final, nos glorificará. Nuestra salvación comienza en la eternidad con nuestro Dios decidiendo que nuestro destino será parecernos a Jesús, y ser como Sus hermanos menores. Todo lo que experimentamos en nuestra vida cristiana se desarrolla dentro de esta cadena, y coopera para que se cumpla ese destino, o propósito.
Como creyentes, nos encontramos peregrinando el camino entre el llamamiento eficaz por el evangelio y la glorificación futura; mientras avanzamos en el camino, estamos siendo santificados. Dios utiliza soberanamente todas nuestras vivencias, especialmente los sufrimientos, las tribulaciones y las persecuciones, para pulir nuestro carácter y moldearlo a la semejanza de Cristo.

El origen y el poder de la transformación: la gracia soberana de Dios
Reconocer que el propósito para el que fuimos salvados es ser como Jesús en toda nuestra manera de vivir, tanto en tiempos de paz como de tribulación, nos lleva a una pregunta inevitable: ¿cómo llegamos a ese objetivo? ¿Qué debemos hacer nosotros?
Primero, no podemos olvidar la cadena de oro: toda la obra de salvación inicia y termina en la voluntad soberana de Dios. La respuesta comienza con una confesión de absoluta dependencia: sin Jesucristo nada podemos hacer (Jn 15:5). Aunque la Escritura nos da el mandato explícito de imitar a Jesús (Ef 5:1), lograrlo no es el resultado del esfuerzo humano, sino de la obra de Dios, quien dispone en nosotros tanto el querer como el hacer (Fil 2:13), y quien nos da, por gracia, el poder que se perfecciona en nuestra debilidad (2Co 12:9).

Fue el Hijo de Dios quien se encarnó, murió y resucitó para redimirnos del poder del pecado (Ro 14:8, Ga 2:20), y hacernos nuevas criaturas por medio del Espíritu Santo, con la capacidad de obedecer y luchar contra el pecado (Tit 3:5). Todas nuestras buenas obras ya fueron preparadas de antemano por el Señor para que anduviéramos en ellas (Ef 2:10). Fue Dios quien nos entregó los medios de gracia como la Palabra y la oración para que el Espíritu Santo nos transforme día a día. En resumen, todo comienza en Él y es Él quien nos lleva hasta el final.
Imitar obedientemente a Jesús
Si bien todo se origina en la gracia soberana de Dios, las Escrituras nos exhortan a obedecer el mandato de ser como Jesús, porque Dios ya nos ha concedido la capacidad de obedecer. Todo el Nuevo Testamento es una exposición de la obra de Jesucristo y, por tanto, una invitación a ser como Él, imitándolo como un hermano menor admira y sigue a su hermano mayor, como dice Romanos 8:29.

Para terminar, recordemos algunos aspectos específicos de la vida cristiana en los que las Escrituras nos exhortan explícitamente a imitar a Cristo:
- Adoración. Así como el Señor Jesucristo se dio a Sí mismo por nosotros como ofrenda fragante y sacrificio a Dios, nosotros debemos entregarnos como ofrendas vivas a Dios (Ef 5:2; Ro12:1-2).
- Sumisión y humildad. Debemos adoptar la actitud de Aquel que, siendo Dios, se despojó a Sí mismo y tomó forma de siervo, actuando con obediencia hasta las últimas consecuencias (Fil 2:5-11). En un mundo de soberbia, estamos llamados a ser mansos y humildes de corazón, siguiendo el ejemplo de Aquel que llevó nuestras cargas (Mt 11:29).
- Amor y servicio. Estamos llamados a amar a nuestros hermanos de la misma manera que Jesús nos amó: con un amor sacrificial y voluntario (Jn 13:34-35; Ef 5:2). Así como el Señor dio Su vida por Sus amigos, nosotros debemos poner nuestras vidas al servicio de los demás (Jn 15:13-14). En el ámbito de las relaciones, especialmente en el matrimonio, la esposa está llamada a imitar a Cristo en Su sumisión al Padre, y el esposo a imitar a Cristo en Su amor por la iglesia (Ef 5:22-33).
- Perseverancia en la obediencia. Mirando al Autor y Consumador de la fe, debemos despojarnos del pecado y correr con gozo la carrera cristiana, tal como Jesús soportó la cruz por el gozo puesto delante de Él (Heb 12:1-2). Si permanecemos en Su amor, guardaremos Sus mandamientos, reflejando la obediencia que el Hijo tuvo hacia el Padre.
- Paciencia en el sufrimiento. Cuando seamos despreciados o suframos injustamente, debemos imitar la conducta de Cristo, quien no amenazaba al padecer, sino que encomendaba Su causa al Juez Justo (1P 2:21-23).

Toda nuestra conducta como creyentes no es el producto de nuestra disciplina personal y la autoimposición de mandamientos. Más bien, es la evidencia del poder sobrenatural de Dios actuando en nosotros para que podamos obedecer. Hemos sido llamados para seguir las pisadas y caminar como Jesús anduvo (1P 2:21; 1 Jn 2:6). Recordemos que el discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su amo; nos basta con llegar a ser como Él (Mt 10:24-25). El propósito superior de Dios en nuestra salvación es que seamos como Su Hijo y que, al parecernos a Él, toda la tierra sea llena del conocimiento y la gloria del Señor.