Cuando hablo de la naturaleza de la fe salvadora, comparto el celo protestante y reformado por magnificar la majestad, la gloria y la plena suficiencia de Dios en Cristo.
Mi corazón salta de gozo al leer cómo Calvino exaltaba la gloria de Dios como el tema central de la Reforma. Escribió a su adversario católico romano, el cardenal Sadoleto: “[Su] celo por la vida celestial [es] un celo que mantiene al hombre enteramente dedicado a sí mismo, y ni siquiera con una expresión lo impulsa a santificar el nombre de Dios” (Un debate sobre la Reforma, 52).
Este era el principal argumento de Calvino contra la teología de Roma: no honra la majestad de la gloria de Dios en la salvación como debería. Continúa diciéndole a Sadoleto que lo que se necesita en toda nuestra doctrina y vida es “poner ante [el hombre], como el motivo primordial de su existencia, el celo por ilustrar la gloria de Dios” (Ibíd.).
El asunto final en la fe salvadora es la gloria de Cristo. ¿Cómo, entonces, glorifica la fe salvadora a Cristo? Una respuesta es que la fe está divinamente capacitada, como una gracia receptora (Jn 1:11-13; Col 2:6), para dirigir toda la atención hacia Cristo. La fe salvadora glorifica a Cristo al apartar la mirada de uno mismo y fijarla únicamente en Cristo; en Su plena suficiencia, incluyendo Su sangre y Su justicia, sin las cuales no podríamos estar en una posición correcta delante de Dios. A lo cual digo, con todo mi corazón, ¡amén! Estemos dispuestos a morir por esto. Como muchos lo han hecho.

Pero esto se pone aún mejor. Hay más gloria que dar a Cristo a medida que lo recibimos para la justificación.
La visión de la realidad espiritual
Existen buenas razones para pensar que Pablo y otros escritores del Nuevo Testamento entendían la fe salvadora como una especie de visión espiritual de la realidad espiritual, especialmente de la gloria autoevidente de Cristo. Por ejemplo, Pablo contrasta a los creyentes y a los incrédulos por lo que ven y lo que no ven en el evangelio de la gloria de Cristo:
Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios… Pues Dios, que dijo: “De las tinieblas resplandecerá la luz”, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2Co 4:3-6).

Los incrédulos están cegados a “el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo”. Pero para los creyentes, “Dios… ha resplandecido en nuestros corazones” para dar esa misma luz. Ambos grupos escuchan la historia del evangelio. Ambos comprenden los hechos históricos del evangelio. Pero los incrédulos no pueden ver lo que los creyentes ven en el evangelio. Los incrédulos todavía caminan por la vista (natural), no por fe (2Co 5:7). Y la vista natural mira al evangelio sin ninguna percepción espiritual de la gloria de Cristo en él. La mente natural (1Co 2:14), con sus ojos naturales, no ve lo que la fe ve en el evangelio.
Pero el caso es muy diferente con los creyentes, quienes son descritos en el versículo 6. Ellos experimentan el milagro de la nueva creación de Dios que imparte luz. Ven lo que los incrédulos no ven. Dios dijo, como en el primer día de la creación: “¡Sea la luz!”. Y por esa palabra que crea la fe, Dios da la “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo” (2Co 4:6). Cuando esto sucede, los incrédulos se convierten en creyentes. Esta es la gran y fundamental diferencia entre los creyentes y los incrédulos. Al escuchar el evangelio, los creyentes ven la gloria de Dios en el rostro de Cristo.

Despertados del aburrimiento
Antes de que el milagro de 2 Corintios 4:6 ocurriera en alguno de nosotros, escuchábamos la historia del evangelio de Cristo y la veíamos como aburrida, necia, legendaria o incomprensible. No veíamos ninguna belleza o valor cautivador en Cristo. Entonces Dios “resplandeció en nuestros corazones” y vimos la gloria.
Esto no fue una decisión. Fue una visión. Pasamos de la ceguera a la vista. Cuando pasas de la ceguera a la vista, no hay un momento para decidir si estás viendo. No es una elección. No puedes decidir no ver en el acto mismo de ver. Y no puedes decidir no ver como glorioso aquello que contemplas como glorioso. Ese es el milagro que Dios obra en el versículo 6. Antes veíamos los hechos del evangelio sin ver la belleza de Cristo. Entonces Dios habló y vimos, a través de los hechos del evangelio, la belleza de la realidad divina.

Este ver en 2 Corintios 4:6 es la conversión. Es el nacimiento de un creyente. El versículo 4 describe a los “incrédulos” y el versículo 6 describe la creación de los creyentes. Un grupo está ciego a la gloria cautivadora de Cristo. El otro ve la gloria de Cristo como realmente es: cautivadora. O para decirlo de otra manera, a los creyentes se les concede ver y recibir a Cristo como supremamente glorioso. Este es el significado de convertirse en un creyente o de tener fe salvadora.
“Tenemos este tesoro”
Ahora bien, ¿cómo describe Pablo esta experiencia en el siguiente versículo (2Co 4:7)? Él dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros”. El significado más natural de este “tesoro” en un vaso de barro es lo que Dios acaba de crear en nosotros en el versículo 6: la “iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”. La palabra este en el versículo 7 hace que la conexión sea específica. “Tenemos este tesoro”. Él no está hablando en términos amplios y generales. Se refiere a un tesoro específico, “este tesoro”, el mismo que acaba de describir.

No es extraño que Pablo use la palabra tesoro para describir la gloria de Cristo en el corazón humano. Nada sería más natural para Pablo. A él le encanta pensar en Cristo como la riqueza del creyente, sus bienes, su tesoro. Habla de las “inescrutables riquezas de Cristo” (Ef 3:8), las “riquezas en gloria en Cristo Jesús” de Dios (Fil 4:19), las “sobreabundantes riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Ef 2:7), las “riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en ustedes, la esperanza de la gloria” (Col 1:27). Este era el latido de su ministerio, el significado de su vida. Se veía a sí mismo como pobre, “pero enriqueciendo a muchos” (2Co 6:10). ¡Ricos con Cristo!
Lo que esto significa para nuestra pregunta, entonces, es que 2 Corintios 4:6 describe la forma en que un creyente llega a existir, es decir, la forma en que la fe salvadora nace. Sucede cuando Dios quita la ceguera espiritual y la reemplaza con una visión de la gloria de Dios en Cristo —la belleza de Cristo, el valor de Cristo, la realidad divina de Cristo—. Este milagro de la visión espiritual es creer. Es decir, es recibir a Cristo como verdadero y glorioso. En este milagro, el creyente es unido simultáneamente a Cristo. “Tenemos” a Cristo. Él es nuestro y nosotros somos Suyos. Luego, para dejar las cosas completamente claras, Pablo llama a esto un “tesoro” (2Co 4:7).

Plenamente suficiente, plenamente satisfactorio
¿Cómo, entonces, glorifica la fe salvadora a Cristo?
Lo hace, sin duda, al apartarnos de nosotros mismos hacia Su sangre y justicia plenamente suficientes, sin las cuales no podríamos tener una posición correcta ante Dios. Sí, la gloria de Cristo está en juego al proteger Su justicia de cualquier intrusión de nuestra propia justicia, lo cual comprometería la suficiencia de la Suya. Por tanto, dejen que la gloria de Cristo resplandezca en la plena suficiencia de Su obediencia perfecta hasta la muerte, como el único fundamento de nuestra aceptación ante Dios.
Pero hay aún más gloria por revelarse debido al diseño de Dios de que la fe sola nos una a Cristo. 2 Corintios 4:4–7 es un pasaje entre muchos que muestra que lo que está en juego no es solo la suficiencia de la obra de Cristo, sino también Su valor, Su belleza y Su gloria plenamente satisfactoria. O para ser más precisos, lo que está en juego en la forma en que somos justificados es el resplandor del valor de Cristo mismo, la belleza de Cristo y la gloria de Cristo reflejada en la fe justificadora de Su pueblo.

En otras palabras, Dios ordenó que la fe fuera el instrumento de la justificación no solo para magnificar la suficiencia de la obediencia de Cristo en Su vida y en Su muerte, sino también para magnificar Su belleza y valor infinitos. La fe no es la aceptación conveniente de un logro plenamente suficiente que utilizo para escapar del infierno y obtener un cielo feliz, saludable y sin Cristo. Dios no diseñó la fe como el instrumento de la justificación para convertir la justicia de Cristo en un boleto para pasar de una miseria de autovaloración en el infierno a un placer de autovaloración en el cielo.
No. Dios diseñó la fe como el instrumento de la justificación precisamente para evitar tales usos utilitarios de la obra de Cristo. Es por esto que la fe salvadora no es solo la aceptación de Cristo como plenamente suficiente, sino también el abrazo de Cristo como nuestro tesoro. La fe percibe y recibe a Cristo, el único fundamento de nuestra justificación, no solo como eficaz, sino como glorioso. No solo como suficiente, sino como satisfactorio.
Una confianza que atesora
Dios es glorificado cuando se confía en Él como verdadero y digno de confianza. Él es más glorificado cuando esta confianza es una confianza que atesora; un estar satisfechos con todo lo que Dios es para nosotros en Jesús. Dios diseñó la fe salvadora como una fe que atesora porque un Dios que es atesorado por lo que Él es, es más glorificado que un Dios en quien solo se confía por lo que hace o por lo que da.

Por lo tanto, no es de sorprender que Dios haya diseñado la fe salvadora para incluir dimensiones afectivas, las cuales he resumido en la frase “atesorar a Cristo”. Porque de esta manera, Él integró un placer que glorifica a Dios en la vida cristiana desde el principio hasta el fin. Está allí desde la primera milésima de segundo de la nueva vida en Cristo, porque está allí en la fe salvadora. No de forma perfecta, no sin variaciones, no libre de ataques, pero sí real. Y estará allí para siempre porque en la presencia de Dios hay plenitud de gozo, y en Su diestra hay deleites para siempre (Sal 16:11).
Publicado originalmente en Desiring God.
