En 1997, el mundo del boxeo presenció un suceso que quedó marcado en la historia. Durante el combate por el campeonato de los pesos pesados, Mike Tyson, dejándose llevar por un ataque de ira, mordió la oreja de su oponente. Este impulso le costó la descalificación, una multa millonaria y una mancha imborrable en su carrera. Su historia ilustra una verdad bíblica: la falta de dominio propio hace daño. Muchísimo daño.
Nada bueno resulta de ceder libremente a nuestros deseos y pasiones. ¡Cuántas vidas se han arruinado por causa de acciones impetuosas! A lo largo de la historia, miles han muerto o han causado un dolor irreparable debido a un momento de pasión sin límite. Evitaríamos mucho sufrimiento si viviéramos rindiéndonos a Dios y a Su verdad. Él quiere que vivamos dando fruto, bajo el dominio del Espíritu Santo y no bajo el de nuestras pasiones.
Sin embargo, hoy en día vivimos en una cultura que nos impulsa constantemente a abandonar nuestro dominio propio. Se nos bombardea con mensajes que promueven la gratificación instantánea, el consumismo y la expresión de toda emoción sin ningún tipo de filtro. El mundo nos dice que reprimir lo que sentimos es perjudicial y que la verdadera libertad consiste en dar rienda suelta a nuestras pasiones.

Como resultado, la falta de dominio propio ha dejado de considerarse un pecado y el autocontrol ya no se ve como un fruto del Espíritu. En cambio, muchos lo reducen a una simple debilidad o a una habilidad mental en desarrollo. Pero si minimizamos la gravedad de esta falta y no la evaluamos según la Escritura, los problemas en nuestras vidas solo se agravarán. Reflexionemos en tres consecuencias de la falta de dominio propio.
La falta de dominio propio te llevará a pecar
Dado que el dominio propio es parte del fruto del Espíritu (Ga 5:22-23), su ausencia es pecado. Entender esto nos ayuda a ver con claridad la primera consecuencia: la falta de dominio propio te llevará a pecar. La ausencia de autocontrol hará que cedas a la tentación y te dejes llevar por lo que ven tus ojos, lo que siente tu cuerpo o lo que desea tu corazón.

Siempre me ha llamado la atención que el pecado del rey David ocurrió porque no estaba donde tenía que estar: “Aconteció que, en la primavera, en el tiempo cuando los reyes salen a la batalla… David permaneció en Jerusalén” (2S 11:1). Es claro que David se puso en una situación vulnerable. Mientras todos luchaban contra los amonitas, él se levantó después de una siesta y “se paseaba por el terrado” (2S 11:2).
La situación se complicó cuando el rey vio bañándose a una mujer hermosa, Betsabé. En lugar de autocontrolarse y no dar cabida a sus deseos, decidió hacer todo lo contrario: la mandó a traer y se acostó con ella (2S 11:3-4). David prosiguió en su pecado, dio rienda suelta a su falta de dominio propio y llegó incluso a tramar fríamente la muerte de Urías, el esposo de Betsabé (2S 11:6-17).

La falta de dominio propio te dejará vulnerable
La Biblia es muy clara respecto a lo vulnerables que somos cuando no tenemos dominio propio. No tener defensa es el equivalente a vivir sin autocontrol (Pro 25:28). Jericó, antes de ser conquistada, “estaba muy bien cerrada por miedo a los israelitas” (Jos 6:1). Un muro alrededor de una casa, de un terreno o de una ciudad sirve de protección. El que está adentro se encuentra resguardado de peligros externos; está seguro y nadie le puede hacer daño.
Sansón se puso a sí mismo en una situación vulnerable por su falta de dominio propio. Este hombre, que era “nazareo para Dios”, había sido escogido como juez para “salvar a Israel de manos de los filisteos” (Jue 13:5). No obstante, en repetidas ocasiones se alejó de su llamado para ir tras lo que deseaba su corazón.

Finalmente, su desenfreno lo llevó a la ruina, pues le reveló su secreto a Dalila y cayó en manos de sus enemigos (Jue 16). Sansón dio rienda suelta a sus pasiones, sin poner ningún obstáculo, impedimento o barrera. Su pecado y su falta de dominio propio lo hicieron vulnerable, y terminó pagándolo con su vida. Vivir sin dominio propio es un riesgo latente.
La falta de dominio propio te traerá vergüenza y afectará a otros
La falta de dominio propio resulta a menudo en vergüenza, luto y dolor, no solo para el que falló en controlarse, sino también para los que le rodean. Triste pero cierto, esto fue lo que le sucedió a Nabal y a su familia. Nabal era un hombre muy rico, pero tenía mal carácter. El relato bíblico lo describe como “áspero y malo en sus tratos” (1S 25:3), una descripción que prepara al lector para lo que viene.

A pesar del buen trato de David hacia los pastores de Nabal (1S 25:5-8), este hombre rico no correspondió de la misma forma. Al contrario, menospreció e insultó a David, diciendo más de lo que tenía que decir (1S 25:9-11). Por consiguiente, David se preparó para ir a la guerra contra él (1S 25:12-13, 21-22), hasta que Abigail —la esposa de Nabal— intervino muy apenada (1S 25:14-20, 23-31).
¡La esposa tuvo que humillarse e interceder en nombre de su marido para rogar clemencia! Esta era una cuestión de vida o muerte no solo para Nabal, sino para toda su familia y sus criados. La falta de dominio propio de este hombre necio trajo vergüenza sobre sí mismo y afectó a todos los que le rodeaban. Así es como paga de mal el pecado.
Aunque la actitud sin freno de Nabal no resultó en su muerte a manos de David gracias a la intervención de su esposa, Dios terminó ocupándose de él. Este hombre áspero siguió en su desenfreno, emborrachándose mientras su esposa imploraba clemencia (1S 25:36). Pero “unos diez días después, sucedió que el Señor hirió a Nabal, y murió” (1S 25:38). Nabal pagó caro su desenfreno. Después de dar rienda suelta a su boca y a sus deseos, quedó “como muerto” (1S 25:37) y Dios actuó: su muerte vino como un resultado directo de una justicia divina administrada personalmente.

¡Grave peligro!
El rey Ezequías es un claro ejemplo de las advertencias anteriores. Ya sea por estrategia o por arrogancia, él no se pudo controlar y fue muy imprudente. Como Isaías mismo narra, “no hubo nada en su casa ni en todo su dominio que Ezequías no les mostrara” (Is 39:2) a sus enemigos. Su falta de dominio propio lo llevó a pecar, lo puso en una situación sumamente vulnerable, le trajo vergüenza y afectó a todo el pueblo: “Ciertamente vienen días cuando todo lo que hay en tu casa y todo lo que tus padres han atesorado hasta el día de hoy, será llevado a Babilonia; nada quedará” (Is 39:6).
Historias como la de Ezequías nos demuestran que el creyente está en grave riesgo al no autocontrolarse y al no dejar que el Espíritu Santo obre en su vida. El dominio propio es necesario e indispensable; como es un fruto del Espíritu, no puede faltar en el cristiano y debe cultivarse intencionalmente. No debes ser dominado por el pecado o por las presiones de nuestra cultura. No te dejes vencer, no cedas (Ro 12:21). Debes ser dueño de ti mismo (Tit 1:8), refrenar tus pies (Sal 119:101) y ser lento para hablar y actuar (Stg 1:19). Esfuérzate en ser discreto, sobrio, refrenado y dueño de ti mismo, viviendo de manera controlada por el poder del Señor en ti.
