Nadie enseña a los niños a expresar su tristeza. No hace falta. Aprenden rápidamente que la tristeza inspira compasión y que la compasión genera consuelo o concesiones. Hace poco observé a mi nieto de un año, al que acababan de regañar por tocar algo que sabía que no debía tocar, esconder la cabeza entre las manos y luego asomarse disimuladamente para asegurarse de que su madre y su abuela estuvieran presenciando las incomprensibles profundidades de su dolor. A veces los niños son más adorables cuando se portan peor.
Todos sabemos lo que significa expresar la tristeza: asegurarnos de que los demás sean conscientes de nuestra pena, obligándolos a ver nuestro dolor. Podemos hacerlo para llamar su atención o provocar su compasión. Podemos hacerlo porque hemos convertido la tristeza en un ídolo y solo nos sentimos validados cuando otros sienten lástima por nosotros y expresan su preocupación. Incluso podemos hacerlo como un medio para manipular a los demás y lograr que hagan nuestra voluntad. Sin embargo, aunque estas formas de tristeza expresadas son claramente pecaminosas, estoy convencido de que existe otra manera que no lo es. Hay una forma de expresar públicamente nuestra tristeza y recibir la bendición de Dios.

Como cristianos, no nos pertenecemos a nosotros mismos. El Catecismo de Heidelberg lo expresa de manera sublime en su primera frase: “Yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo”. Pertenecemos a Jesús y pertenecemos a Su pueblo. Vivimos la vida cristiana en comunidad de tal manera que somos muchos y uno: muchos individuos y una iglesia.
Aunque sufrimos tristezas individuales, sufrimos dentro del contexto de nuestra pertenencia más amplia. Nuestro sufrimiento no nos pertenece, así como nuestra vida tampoco nos pertenece. Sufrimos, al menos en parte, para poder capacitar a otros en medio de su sufrimiento, tanto por medio del ejemplo como de la instrucción.

La instrucción viene al “consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2Co 1:4). Lo que aprendemos en la oscuridad, lo susurramos a otros en la luz. El consuelo de la vara y el cayado del Pastor se convierte en consuelo que ministramos a otros mientras atraviesan el valle oscuro. Dios nos instruye para que podamos instruir a otros.
El ejemplo se manifiesta cuando experimentamos y soportamos el sufrimiento ante los ojos de nuestros hermanos en la fe. Mientras ven que nos sometemos a Dios en medio de nuestras tristezas, aprenden a someterse a Dios en medio de las suyas. Al vernos cómo nos regocijamos en toda circunstancia, aprenden a regocijarse en toda circunstancia. Al ver cómo alabamos a Dios en la oscuridad, aprenden a alabar a Dios en la oscuridad. Por medio de nuestro ejemplo piadoso, nosotros, como Pablo, decimos tácitamente: “Sean imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo” (1Co 11:1). Cada uno de nosotros aprende a sufrir al contemplar el sufrimiento de los demás.

Siempre sobrellevamos nuestros sufrimientos de una manera profundamente personal. Nunca dejamos de ser individuos cuyas penas realmente duelen y cuyas tristezas verdaderamente angustian. Pero también siempre soportamos nuestros sufrimientos de una manera comunitaria. Nunca dejamos de ser miembros de la iglesia de Cristo que viven su vida ante los demás y, por tanto, nunca dejamos de tener la responsabilidad de servirles bien.
Por eso, cuando Dios te llame a sufrir, lo cual sin duda hará en algún momento, comprométete a ser un fiel administrador de tus tristezas. Reconoce que en este tiempo de dolor Dios te ha dado la oportunidad no solo de ser servido, sino también de servir; no solo de recibir, sino también de dar. Aun en esto, estás llamado a hacer el bien a los demás para la gloria de Dios: a sobrellevar bien tu tristeza, para que otros vean cómo un cristiano persevera con fe, con esperanza y con amor por Dios y por Su pueblo.
Publicado originalmente en Challies.