Cinco mitos sobre la felicidad

Los cinco mitos sobre la felicidad muestran cómo la Biblia corrige nuestras ideas sobre el gozo, su fuente y nuestro futuro.
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Mito 1: Dios está triste

En un museo de arte de la hermosa ciudad toscana de Siena, hay un óleo de 500 años de antigüedad que refleja casi todo lo que está mal en nuestra forma de ver a Dios.

Lo pintó, en 1513, el artista renacentista Domenico Beccafumi y se llama el “Tríptico de la Trinidad” [1].  En el centro se ve a la Trinidad durante la crucifixión: el Padre sostiene la cruz en la que cuelga Cristo, y el Espíritu Santo se posa como una paloma en lo alto de ella. Jesús está muerto: con la cabeza inclinada, las manos clavadas y los ojos cerrados. El Espíritu es tan pequeño, estático e impersonal que al principio ni siquiera lo notas. Y el Padre es, francamente, aterrador, con un semblante austero y un ceño fruncido que te recuerdan a Saruman en El Señor de los Anillos. Si esta representación visual se acercara siquiera un poco a la verdad sobre Dios, entonces la idea de acercarte a Él para pedirle misericordia, y mucho menos pasar la eternidad en Su presencia, sería materia de pesadillas.

Gratamente, no es así. En realidad, Jesús está vivo: con la cabeza erguida, los ojos abiertos y las manos levantadas en señal de triunfo y de oración. El Espíritu es poderoso, lleno de gozo y dador de vida, tan divino y personal como el Padre y el Hijo, y sopla donde quiere mientras llena el mundo de amor y paz. El Padre está sonriendo y cantando, no frunciendo el ceño ni mirando fijamente, y tiene los brazos extendidos porque está abrazando al mundo con el perdón en Cristo, dándonos la bienvenida a Su lado. No hay nada ni nadie en el universo que sea más feliz que el Dios trino.

El “Tríptico de la Trinidad”. / Autor: Domenico Beccafumi

Piensa en cómo habla Jesús sobre Dios en Sus parábolas y otros pasajes. Una vez hubo un rey que organizó un banquete de bodas y no dejó que empezara hasta que se llenaran todos los lugares (Lc 14:12-24). Una vez hubo un hombre que encontró a su oveja que se había extraviado; regresó a casa regocijándose e invitó a todos los del pueblo a regocijarse con él (Lc 15:1-7). Una vez hubo una mujer que encontró una moneda perdida e invitó a todos a alegrarse con ella también (Lc 15:8-10). Una vez hubo un dueño de un viñedo que fue tan generoso con sus trabajadores más rezagados que eso volvió locos a todos los demás (Mt 20:1-16). Una vez hubo un papá cuyo hijo regresó de un país lejano. Lo celebró con un abrazo, un beso, ropa nueva, un banquete, música, baile y la insistencia de que todos tenían que celebrar y alegrarse (Lc 15:11-32). Una vez hubo un amo que les dio mucho dinero a sus siervos, y cuando lo usaron bien, los invitó: “Entra en el gozo de tu señor” (Mt 25:21). (Sin embargo, las cosas no les fueron tan bien a quienes rechazaron la invitación a la boda porque tenían cosas más importantes que hacer, ni a los que decidieron quedarse afuera de la fiesta enfadados, ni al siervo que le tenía miedo a su amo porque era un “hombre duro”. Domenico Beccafumi, aprende sobre esto).

No hay nada ni nadie en el universo que sea más feliz que el Dios trino. / Foto: Unsplash

Mito 2: La “felicidad” es muy diferente del “gozo”

Hay una tradición evangélica muy extendida que distingue entre el gozo (profundo, serio, duradero) y la felicidad (superficial, trivial, fugaz). Siempre me ha parecido un poco raro. Si dijera que las bodas son en realidad momentos de gozo, en lugar de felicidad, probablemente te quedarías perplejo, y con razón. Y la distinción desaparece por completo cuando piensas en otros idiomas europeos: los ingleses dicen “Happy birthday”, mientras que los franceses dicen “Joyeux anniversaire”, los españoles dicen “Feliz cumpleaños” y los griegos usan “Charoumena genethliac” (chara es la palabra para gozo en el Nuevo Testamento griego).

Más importante aún, no hay una base real para esta distinción en las Escrituras. “Felicidad”, “alegría”, “gozo”, “placer” y “deleite” se pueden usar indistintamente. Ser “feliz” es “alegrarse” (1R 4:20). Tener “plenitud de gozo” es experimentar “deleites para siempre” (Sal 16:11). Así que no hay por qué creer que la felicidad sea algo frívolo o que el verdadero gozo sea tan profundo que resulte invisible.

La Biblia no establece una diferencia entre el gozo profundo y duradero y una felicidad superficial y fugaz. / Foto: Unsplash

Dicho esto, creo que quienes enseñan que hay una diferencia están tratando de marcar una distinción importante, aunque separar la felicidad del gozo no sea la mejor forma de hacerlo. Es una distinción de grado, no de tipo, y es la diferencia entre las formas superficiales y profundas de la felicidad, el placer, el deleite y el gozo. Los escritores de la Antigua Grecia hacían una distinción similar entre el bienestar profundo que llamaban eudaimonia (prosperidad, florecimiento) y el placer fugaz que llamaban hedonia, de donde viene nuestra palabra “hedonismo”.

Creo que eso es lo que la gente intenta decir cuando establece una distinción clara entre felicidad y gozo. Personalmente, creo que esa es una forma poco útil (y no bíblica) de expresarlo, sobre todo porque las Escrituras hablan de disfrutar, deleitarse, regocijarse ante, alegrarse por, ser feliz en y encontrar placer en Dios, quien es la fuente más profunda de felicidad que existe. Pero nadie puede negar que la distinción entre formas superficiales y profundas de felicidad, y nuestra capacidad de experimentar una sin la otra, es una experiencia humana común. La mayoría de nosotros también reconoceríamos que la versión profunda le da mil vueltas a la superficial.

La diferencia entre felicidad superficial y felicidad profunda es una distinción de grado, no de tipo. / Foto: Unsplash

Mito 3: La felicidad es una elección

Imagina que la búsqueda de la felicidad es como un juego de cartas.

Todo juego de cartas tiene tres elementos. Te reparten una mano específica, sobre la que no tienes control. Tú decides qué cartas jugar y cuándo, y sobre eso tienes un control casi total. Además, hay ciertas reglas que debes seguir, las cuales pueden cambiar a medida que avanza el juego (seguir el palo, jugar una carta más alta que la anterior, jugar un triunfo, igualar la apuesta o lo que sea). No tienes control sobre estas reglas, pero tal vez puedas influir en ellas o anticiparlas en ciertos momentos del juego.

Lo mismo pasa con la felicidad. Desde un punto de vista genético, a todos se nos reparte una mano específica en la vida que no podemos cambiar. Los estudios con gemelos sugieren que cada uno de nosotros tiene un nivel básico de felicidad, o un rango fijo, al que tendemos de forma natural. Las investigaciones muestran que los gemelos idénticos reportan niveles de felicidad extremadamente similares, incluso si se criaron separados y han tenido experiencias muy diferentes. Sabemos que la genética y la química del cerebro juegan un papel importante (aunque de ninguna manera son lo único) en los casos de depresión clínica, y que algunos necesitaremos una combinación de ayuda médica, farmacéutica y terapéutica para prosperar. En otras palabras, algunas personas nacen con un carácter alegre por naturaleza, y otras son naturalmente más melancólicas. Si piensas en tus amigos y familiares, probablemente esto te resulte obvio.

La genética, la química cerebral y el temperamento influyen en nuestra felicidad. / Foto: Unsplash

Pero esto no es ni mucho menos toda la historia. Las circunstancias que vivimos y las decisiones que tomamos también tienen efectos poderosos; por eso la gente puede volverse más o menos feliz a medida que avanza su vida, por eso algunas generaciones (como la nuestra) son más propensas a la depresión que otras, y por eso incluso los gemelos idénticos pueden experimentar distintos niveles de felicidad entre sí. Una persona naturalmente melancólica puede volverse mucho más feliz desarrollando su carácter, sus relaciones y su espiritualidad.

Del mismo modo, una persona naturalmente alegre puede volverse infeliz por malos hábitos como compararse con los demás, aislarse de la comunidad, guardar rencor y caer en adicciones. La mano que nos toca es el inicio del juego, no el final.

Una persona naturalmente alegre puede volverse infeliz por malos hábitos. / Foto: Unsplash

Mito 4: El gozo viene de huir

La fuente del gozo tiene que ver principalmente con la presencia, no con la ausencia. Los lugares felices se definen por quién o qué está ahí, más que por quién o qué no está.

Hoy, mucha gente ve las cosas al revés. Creen que la felicidad se encuentra al eliminar las fuentes de tristeza. Logras la paz al resolver conflictos; encuentras el bienestar al desterrar la ansiedad; experimentas la dicha al eliminar el estrés; te tomas unas vacaciones al dejar de trabajar; y alcanzas el nirvana, la iluminación o el paraíso al desterrar el sufrimiento, la ignorancia o el cuerpo. El gozo se encuentra donde ciertas cosas no están. Incluso el lenguaje que usamos para describir lugares y experiencias felices (“vacaciones”, “retiro”, “descanso”, “refugio”, “escapada”, “alejarse de todo”) revela hasta qué punto vemos la ubicación del gozo en términos esencialmente negativos.

Los nuevos cielos y la nueva tierra serán un lugar sin lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor, sed ni maldad. / Foto: Unsplash

Esto tiene su lugar, claro. Cuando la creación se renueva al final de la historia bíblica, los nuevos cielos y la nueva tierra se describen con una serie de negaciones maravillosas como un lugar donde ya no habrá más lágrimas, ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, ni sed, ni maldad (Ap 21:1-8). Pero lo fundamental es que la razón por la que esas cosas ya no están es que Dios mismo está ahí, enjugando las lágrimas y rehaciendo el mundo. “El tabernáculo de Dios está entre los hombres”, dice el que está sentado en el trono. «Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos» (Ap 21:3). La ausencia de dolor se basa en la presencia de Dios.

De la misma manera, el gozo en este mundo se encuentra dondequiera que Dios esté presente, en Cristo por medio de Su Espíritu, y no dondequiera que no haya cosas dolorosas. Podría estar en una barca galilea sacudida por las olas; podría estar en la tristeza y la confusión de una despedida en el aposento alto, en la injusticia de un tribunal irregular en Jerusalén o en el cepo de una cárcel de Filipos; podría estar en el aislamiento del exilio en la isla de Patmos. Por muy tristes que sean las circunstancias, si Dios está presente, hay gozo. Aunque caminemos por el valle de la sombra de muerte, nos acompaña y consuela nuestro Pastor siempre presente, quien nos protege con Su vara y Su cayado y nos recibe con mesas de abundancia, copas rebosantes de gozo y promesas de morar en Su casa para siempre (Sal 23:3-6). El gozo se encuentra a través de la presencia, no solo de la ausencia. Encontramos la felicidad corriendo hacia algo, no huyendo de algo.

Mito 5: Esta vida es lo más feliz que puede ser

Lo mejor está por venir. Esa es la enseñanza de las Escrituras. Jesús nos dice que ahora mismo estamos en los dolores y aflicciones del parto, pero que pronto nuestra angustia terminará; la nueva vida que hemos estado esperando llegará, y nadie podrá quitarnos nuestro gozo (Jn 16:20-22). Por ahora, nos agobian aflicciones ligeras y momentáneas, pero Pablo dice que nos están dando un peso de gloria que no tiene comparación (2Co 4:17). En el último libro de la Biblia, cuando se renuevan los cielos y la tierra, Juan celebra la desaparición de todo lo que podría limitar nuestra felicidad en cualquier lugar y para siempre. Dios, dice Juan, “enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado” (Ap 21:4).

Cuando Dios renueve los cielos y la tierra, desaparecerá para siempre todo lo que limita nuestra felicidad, porque el Señor estará allí. / Foto: Unsplash

Esto es de suma importancia para el cristiano. Significa que la historia del mundo es, en última instancia, una comedia más que una tragedia. Termina con una fiesta, una boda, y todos viviendo felices para siempre, en lugar de con un desastre, un funeral y un fundido a negro. La vida tiene forma de sonrisa (abajo en el medio, pero luego hacia arriba al final) en lugar de un ceño fruncido (arriba en el medio, pero luego hacia abajo al final), como lo describe mi amigo Glen Scrivener. Y eso tiene enormes implicaciones para nuestras vidas en el presente. En lugar de atiborrarnos de todas las experiencias y distracciones que podamos antes de que el tiempo, la edad y la mortalidad nos condenen a una nada infinita, como nos animan a hacerlo los publicistas, los que hacen listas de cosas por hacer antes de morir y libros como 1000 lugares que ver antes de morir, podemos soportar cualquier sufrimiento que enfrentemos como el prólogo doloroso pero necesario del gozo eterno. Esta vida no es el punto más alto del ceño fruncido de la tragedia; es el punto más bajo de la sonrisa cómica. Es el dolor del parto antes de la euforia de una nueva vida.


Publicado originalmente en Crossway.

[1] https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/22/Domenico_Beccafumi_-_Trinity_%28detail%29_-_WGA01534.jpg 

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Andrew Wilson

Andrew Wilson (doctorado por el King’s College de Londres) es el pastor docente de King’s Church London y columnista de Christianity Today. Es autor de varios libros, entre ellos Remaking the World [Rehacer el mundo] y God of All Things [Dios de todas las cosas]. Andrew está casado con Rachel y tienen tres hijos: Zeke, Anna y Sam.

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