Septiembre 9
“Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Pues si Yo, el Señor y el Maestro, les lavé los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros”. Juan 13:13-14
Andrew Martínez fue uno de los mejores caddies de la historia del golf y trabajó para grandes golfistas como Johnny Miller, John Cook y Tom Lehman. También era un atleta talentoso por derecho propio. Parte de lo que lo convirtió en un caddie extraordinario fue su devoción a su jefe, que comenzaba tan pronto como se ponía el uniforme. Su rol lo absorbía. Seguía llamándose Martínez, pero el apellido escrito en su espalda era diferente; existía puramente para servir a otra persona, a pesar de sus propios talentos y habilidades.
La noche antes de Su muerte, en una de las escenas más memorables de Su vida en la tierra, Jesús lavó los pies de Sus discípulos. Una de las razones por las que lo hizo fue para fungir como modelo de un servicio humilde, ya que el trabajo de lavar pies era para un esclavo, no para un rey. Todos nosotros podemos beneficiarnos de seguir Su ejemplo: el Creador lavó los pies de Sus criaturas y, al hacerlo, sirvió tanto a Sus discípulos contenciosos como a Judas, el traidor. Esta acción fue mucho más allá de lo que la típica hospitalidad de este ritual requería.
Las acciones de Jesús fueron un ejemplo que debemos seguir (“ustedes también deben”), pero no solo fueron un ejemplo. En verdad, si todo lo que aprendemos de esta historia es que debemos copiar el comportamiento humilde de Jesús, corremos el riesgo de perdernos el moralismo y de ignorar toda la intención gloriosa de Cristo. Cuando lavó los pies de Sus discípulos, Jesús sabía lo que vendría en el futuro inmediato. Él estaba profundamente consciente de que era inminente un momento de terrible angustia, Su crucifixión. Su acción demostró que el futuro siempre está en las manos amorosas del Padre. El lavamiento de los pies de los discípulos simbolizó el futuro lavamiento de su alma, un lavamiento, no con el agua de Su vasija, sino con la sangre de Su cruz. En Su humildad, el Hijo de Dios nos ofrece limpiar las manchas de nuestro pecado y nosotros debemos corresponder Su humildad con lo mismo al aceptar nuestra necesidad desesperada y pedirle que nos lave de esta manera.
Solo cuando apreciamos cómo hemos sido servidos por nuestro Salvador podremos servir a otros de la misma manera. Pedro, quien a menudo se confundía por lo que Jesús hacía (Jn 13:6-8), algún día entendería el mensaje de su Señor. Años más tarde, Él exhortaría a sus hermanos creyentes con estas palabras: “Humíllense… bajo la poderosa mano de Dios, para que Él los exalte a su debido tiempo” (1P 5:6). Él sabía que el ejemplo de Cristo tenía una intención mucho más grande que modificar nuestro comportamiento; tenía la intención de hacernos humildes y, así, de asegurarnos el perdón.
¿Cómo eres llamado hoy a lavar los pies de otros? ¿Cómo puedes sacrificar tu propio tiempo o comodidades para servir a los que están a tu alrededor de maneras que sean motivadas solo por un amor humilde? Y, lo más importante, ¿cómo puedes servir a otros para que tu servicio señale hacia el acto más grande de servicio: la limpieza que la sangre de Jesús, derramada en la cruz, provee?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
