Septiembre 6
“El corazón tranquilo da vida al cuerpo, pero la envidia corroe los huesos”. Proverbios 14:30, NVI
La envidia es un cáncer espiritual; destruye a la persona desde adentro. Las consecuencias de la envidia son graves. El rey Salomón no se anda por las ramas al advertirnos de esta enfermedad con ilustraciones gráficas y nos dirige en cambio hacia una vida de salud y de paz.
La envidia nos daña. Incluso cuando no afecta a nadie más, de todos modos, destruye al que la experimenta. Influencia nuestra percepción de otros. Produce un espíritu crítico destructivo que nos lleva a ver a nuestro prójimo con sospecha o con ira injustificada. Nos deja incapaces de sentirnos felices por otros y socava cualquier oportunidad que tenemos de contentamiento, pues siempre hay otro con más que nosotros por quien resentirnos. La envidia corroe nuestros huesos.
Los celos pueden invadir rápida y sutilmente. Considera al apóstol Pedro, por ejemplo. Antes de la crucifixión, había hecho un desastre al negar a Cristo tres veces. Juan escribe que, después de Su resurrección, Jesús preparó el desayuno para Pedro y para otros discípulos en la playa. Enseguida, Jesús habló con Pedro para restaurar su relación y recordarle Su llamado de seguirlo, así como darle la tarea de pastorear y apacentar a Su pueblo. Si le hubieras preguntado a Pedro el día anterior cuál era el anhelo más grande de su corazón, habría sido este. Sin embargo, cuando Jesús agregó un día que Pedro sería llamado a dar su vida por su Señor, ¿cómo respondió? Respondió con una mirada a Juan y con una pregunta: “Señor, ¿y este, qué?”.
No obstante, Jesús, plenamente consciente de los peligros de la envidia, respondió: “Si Yo quiero que él se quede hasta que Yo venga, ¿a ti, qué? Tú, sígueme” (Jn 21:22).
¡Qué fácil es, incluso en momentos de grandes progresos, que la envidia nos infecte y nos mueva a olvidar todo lo que Jesús ha hecho por nosotros y nos ha dado! Ahora pues, ¿cómo podemos encontrar la cura para esta podredumbre espiritual?
Lo último que queremos hacer es lo primero que necesitamos hacer. Debemos reconocer la envidia como lo que es: pecado, y llevarla a la luz de la presencia de Dios mediante la confesión. Luego, debemos rechazar la envidia en oración, momento a momento, y pedirle al Espíritu que nos dé el poder para reflexionar en todo lo que tenemos en Cristo, hasta que seamos controlados, no por los celos, sino por el gozo. Los que cuentan sus bendiciones tienen más capacidad para alabar a Dios por las bendiciones que Él otorga a otros. Y un corazón tranquilo da vida.
No permitas que tu envidia te carcoma sin control. ¿De qué manera ha logrado ya atraparte? Confiésala, ora y pelea contra ella con la verdad del evangelio.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
