Septiembre 2
«Sométanse unos a otros en el temor de Cristo». Efesios5:21
La gente se somete a otros por diferentes razones: por estructuras políticas o sociales, o incluso por pragmatismo. Muchas veces, es más fácil (y, ciertamente, más cómodo) simplemente someterse a las personas que tomar el riesgo de parecer descorteses o problemáticos.
Sin embargo, ninguna de estas razones debe motivar la sumisión cristiana. Más bien, el factor distintivo de nuestra sumisión unos a otros es que lo hacemos por «temor de Cristo». Doblar nuestras rodillas ante Jesús nos evita centrarnos en nosotros mismos. El temor de Cristo no solo nos aleja de nosotros mismos; también nos acerca a Jesús. En Él, vemos cómo atender al llamado de la sumisión, pues fue Jesús mismo quien dijo: «El que entre ustedes quiera llegar a ser grande, será su servidor… así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos» (Mt 20:26, 28). Él no solo dijo estas palabras; también las puso por obra. Considera, por ejemplo, cuando Jesús lavó los pies de los discípulos en Juan 13. Juan lo narra así: «Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en Sus manos, y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó de la cena y se quitó el manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos» (Jn 13:3-5). ¿Qué estaba sucediendo aquí? Nada menos que la sumisión de Dios Hijo a Dios Padre. Aquel que vino de Dios y que es Dios se estaba humillando a Sí mismo, «tomando forma de siervo» (Fil 2:7).
Jesús no vino a hacer Su voluntad, sino la de Su Padre (Jn 6:38). Como resultado, Él aceptó las dificultades. Estuvo solo y fue maltratado. Soportó la malicia, los malentendidos y la muerte. Jesús fue quebrantado para que nuestra vida quebrantada pudiera ser reparada y transformada. Él vino a morir en una cruz y se sometió a la voluntad del Padre para poder proveer un rescate para todos los que sean lo suficientemente humildes para inclinarse y decir: «Ese es exactamente el Salvador que necesito».
Cuando consideramos a Cristo como es en verdad, no podemos hacer más que conmovernos y temerle. ¿A quién más podríamos respetar y amar más que a la segunda Persona de la Trinidad, quien estuvo dispuesto a someterse incluso a la muerte en obediencia a Su Padre y para el bien de Su pueblo? Y, cuando tememos a Cristo, estamos listos para tener la misma actitud que tuvo Él: una actitud que no busca la prominencia ni la autoridad ni exige que sus derechos sean respetados, sino una que obedece a Dios al someter sus propios intereses a los de sus hermanos y hermanas.
Hay muchas razones por las que podemos escoger someternos a otros (y muchas más razones por las que podemos escoger no hacerlo). Pero que esto sea verdad en tu vida: que te sometes a ti mismo a otros en tu iglesia por temor de Cristo, quien se sometió a Su Padre y, al hacerlo, se convirtió en tu Salvador.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
