El dinero es como el fuego: puedes usarlo para el bien o para el mal. O como el cuchillo, que es un medio para asesinar o para preparar un delicioso plato. A lo largo del tiempo, este recurso ha mutado constantemente en su forma; hoy en día no solo lo manejamos como pedazos de papel, sino que se ha transformado en plástico a través de tarjetas de débito o crédito, y ha adoptado formas virtuales como las billeteras electrónicas o las criptomonedas.
Sin embargo, sin importar cómo esté representado este valor, las bendiciones y las maldiciones relacionadas con su uso están presentes a diario en nuestra vida. Por esta razón, resulta indispensable que aprendamos a manejar el dinero y nuestras finanzas en general. Para lograr esto con sabiduría, el mejor punto de partida es comprender lo que la revelación especial de Dios, la Escritura, tiene que enseñarnos al respecto.

El dilema está en el corazón, no en el dinero
Comencemos derribando dos grandes mitos.
En primer lugar, somos enfáticos en que tener dinero no es pecado, tal como lo demuestra 1 Samuel 2:7: “El Señor empobrece y enriquece; humilla y también exalta”. La Biblia jamás enseña que poseer riquezas sea algo inherentemente malo; de hecho, grandes patriarcas y reyes como Abraham, Job y Salomón fueron hombres inmensamente ricos.
Lamentablemente, los seres humanos solemos tomar posiciones extremas no bíblicas que imponen cargas que el Señor no impone y que terminan dañando a muchos. Podemos impulsar a los cristianos una vida de ascetismo, en la cual evitan cualquier placer de este lado de la eternidad y adquieren una profunda aversión al dinero, asumiendo erróneamente que las posesiones materiales son la causa de muchos males.
En segundo lugar, muchos han caído en la trampa de abrazar el evangelio de la prosperidad, que enseña que la obra de Jesús tiene que ver principalmente con nuestra prosperidad terrenal, y que es la voluntad de Dios que todo cristiano tenga riqueza. Esta postura solo ha traído error y confusión al cuerpo de Cristo, y ha traído oprobio sobre la Iglesia de parte de los incrédulos.

El apóstol Pablo, exhortando al joven pastor Timoteo, enseñó sobre el riesgo que este recurso representa para el corazón humano, por lo que advirtió a Timoteo que “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1Ti 6:10, énfasis añadido). El dilema central es a quién amamos, pues Pablo fue específico al detallar las dolorosas consecuencias de amar las riquezas:
Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores (1Ti 6:9-10).
Por lo tanto, el dinero debe ser considerado estrictamente como lo que es: una simple herramienta, y jamás como un ídolo al que debamos adorar o rendirle pleitesía. Dios debe ser el único digno de nuestra devoción, adoración y confianza (Jn 14:15; Mt 6:24). El dinero jamás debe competir con nuestra lealtad y confianza en el Señor. Es una insensatez poner nuestra esperanza en algo tan pasajero, y establecer nuestra identidad en la cantidad de dinero que poseemos.

En la misma carta, Pablo exhorta a Timoteo:
A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos (1Ti 6:17).
Como dice Pablo, los ricos de este mundo tienen la tentación de ser “altaneros”. Esto es muy evidente cuando se determina el valor de los demás por su riqueza y, por lo tanto, influye en cómo se les trata. Santiago es contundente al advertir que, si mostramos favoritismo, cometemos pecado y la ley nos halla culpables como transgresores (Stg 2:1-10).
Mientras vivimos en un mundo secular que no busca a Dios y que juzga el valor de las personas según lo que poseen, la Iglesia de Cristo debe marcar la diferencia y ser un verdadero recinto de seguridad. La familia de la fe debe funcionar como un oasis en el desierto y un resguardo (similar a las ciudades de refugio del Antiguo Testamento), mostrando a nuestra sociedad decadente cómo ricos y pobres pueden sentarse juntos a la misma mesa, sirviéndose unos a otros sin considerar rangos, escalas ni clases sociales.

Solo somos administradores
Habiendo establecido que la batalla se libra en el corazón, debemos aprender el uso correcto y práctico del dinero basándonos en la Palabra de Dios. El principio rector de nuestra economía personal es comprender que el dinero simplemente nos ha sido encomendado por Dios. Sin importar la cantidad de dígitos en nuestra cuenta bancaria o los billetes bajo el colchón, debemos recordar que todo pertenece al Señor (Sal 24:1) y que nosotros somos únicamente sus mayordomos o administradores (1Cr 29:12). En la misma carta a Timoteo, Pablo sigue enseñando:
Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida (1Ti 6:18-19).

Como administradores, debemos tener claro que un día tendremos que rendirle cuentas a nuestro Señor por las decisiones, buenas o malas, y por el nivel de dominio propio que ejercimos sobre nuestras finanzas. Parte esencial de una buena mayordomía es la honestidad inquebrantable en la forma en que ganamos o generamos nuestros ingresos. El dinero jamás debe ser malhabido; debe ser lícito, porque todo acto ilícito desagrada profundamente a Dios. La Escritura es clara al sentenciar que robar está mal y es pecado (Ex 20:15).
Sin embargo, la deshonestidad no solo se limita al robo directo, sino que fallamos al Señor en nuestras finanzas de muchas otras maneras: cuando no pagamos las deudas que tenemos (Sal 37:21), cuando engañamos a otras personas al hacer negocios o transacciones (Am 8:5; Os 12:7), o incluso cuando evadimos nuestra responsabilidad en la declaración de impuestos (Mr 12:17).
Nuestra tarea es ser esforzados (Pr 28:19) y depender del Señor, confiando en que Él proveerá todo lo necesario. Además de generar ingresos lícitamente y con esfuerzo, la sabiduría financiera bíblica nos llama a cumplir ciertas prioridades con esos recursos.

Antes que nada, es nuestra obligación proveer para nuestra propia familia; de hecho, las Escrituras declaran firmemente que si alguien no provee para los de su casa, “ha negado la fe y es peor que un incrédulo” (1Ti 5:8). Al mismo tiempo, este cuidado familiar no debe endurecernos ante las necesidades de otros; si poseemos bienes y vemos a un hermano en necesidad, no podemos cerrar nuestro corazón contra él, pues de hacerlo, el amor de Dios no moraría en nosotros (1Jn 3:17).
Aprender a usar el dinero sabiamente también incluye la disciplina de ahorrar e invertir. Proverbios 10:4 nos introduce al valor del trabajo diligente, y se describe la prudencia de un hijo sabio que recoge en el verano, contrastándolo con el hijo que avergüenza por dormirse durante la siega (Pr 10:5). Esta prudencia que se espera de nosotros como hijos de Dios implica también la capacidad de invertir lo que Él nos ha dado en el tiempo adecuado (Mt 25:27).
Finalmente, nuestra administración debe contemplar nuestra ofrenda al Señor a través de la iglesia local. Esta entrega jamás debe ser forzada ni impuesta por otros, sino que debe fluir libremente: “que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2Co 9:7).

Termómetro espiritual
Si realmente quieres tomar tu temperatura espiritual, no busques en lugares místicos; simplemente revisa tu chequera o los recibos de tus gastos. El lugar en donde inviertes tu tesoro revela de manera innegable dónde está tu corazón (Mt 6:21). Recuerda que no podemos olvidar que rendiremos cuentas de todo. Dios no te provee abundantemente solo para que acumules tesoros para ti mismo, sino con el propósito de que uses los recursos que Él te confía para glorificar Su nombre.
Al mismo tiempo, el Señor desea que disfrutes de las cosas que te da, pero tu gozo mayor siempre debe estar depositado en el Dios que provee para Sus hijos, no en las cosas en sí. Cuídate de no olvidar jamás al Dios de las bendiciones (Dt 6:10-15) y mantén firme el compromiso de usar tus recursos económicos exactamente como Él espera que lo hagas.