Agosto 31
“Todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo… Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en Él”. Filipenses 3:7-9
La vida gira a menudo en torno a lo que debemos hacer para entrar o ser aceptados. “¿Qué tengo que hacer para entrar en esa escuela? ¿Para ser aceptado por ese círculo social? ¿Para alcanzar el nivel de ejecutivo?”. Por naturaleza, los humanos se preguntan lo mismo sobre las realidades espirituales: “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” (Lc 18:18, énfasis añadido).
A menudo nos basamos en nuestras actividades: la asistencia a la iglesia, la oración, la lectura de la Biblia. Nos sentimos seguros cuando las hacemos y condenados cuando no las hacemos. Vemos la ley de Dios como una escalera por la que subimos para que nos acepte.
En el pasaje que lleva a este versículo, Pablo acaba de enumerar todas las “ganancias” terrenales de su vida, tanto las heredadas como las conseguidas, desde su nacimiento privilegiado hasta su educación de élite. La pureza de su pedigrí nunca se puso en duda desde el día de su nacimiento. Pablo dice esencialmente: Si estos factores logran que uno sea aceptado por Dios, puedes ver que los tuve todos. ¿Puse todos los puntos sobre las íes espirituales y religiosas? Por supuesto.
Pablo había pensado una vez que era un millonario espiritual. Pensó que estaba avanzando en la santidad. Pero un día todo cambió. En un viaje de Jerusalén a Damasco, Pablo se dio cuenta que estaba en bancarrota espiritual, que ni siquiera estaba en el camino de la santidad.
¿Qué le dio esperanza a Pablo? En ese mismo viaje, conoció a Jesús resucitado y crucificado (Hch 9:1-19), y comprendió la doctrina de la justificación: que Dios declara justo al pecador sobre la base de la obra terminada de Su Hijo.
Lejos de ser una escalera, la ley de Dios es más bien un espejo que nos muestra que estamos errados y que no podemos corregirnos a nosotros mismos. Al igual que Pablo, toda ventaja que antes considerábamos una ganancia se ve ahora como una pérdida, un fracaso.
¿Cómo puedes saber que Cristo te acepta? No porque vengas a Él con una justicia propia, sino porque tu pecado ha sido transferido a la cuenta de Cristo, que no conoció pecado, sino que se hizo pecado por ti para que recibieras Su perfecta justicia (2Co 5:21). No se puede añadir nada a la justificación ante Dios. No se puede restar nada al hecho de estar justificado con Él. La justificación es plena porque Dios da a los creyentes la justicia de Cristo, y es definitiva porque depende únicamente del don de Dios de Su Hijo.
Una vez que sabes que no puedes perder tu entrada a la vida eterna, estás dispuesto a renunciar a todo lo demás por el bien de quien te ha permitido entrar: reputación, riqueza, prominencia, estatus, posesiones. Todo lo que antes pensabas que era una ganancia, ahora puedes considerar alegremente que es una pérdida. Estás dispuesto a perder tu vida por Cristo, porque sabes que a través de Él has ganado la verdadera vida. ¿A qué te cuesta renunciar por Jesús? Deja que tu justificación sea el motor de tu obediencia de todo corazón.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
