Agosto 28
“Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo”. 1 Juan 2:1
El cristianismo gira en torno al mensaje del perdón. Otras religiones pueden ofrecer moralismo. Pueden ofrecer métodos que nos ayuden a ordenar nuestras vidas o nos hagan sentir que somos buenas personas. El cristianismo, sin embargo, es para los indignos, los perdidos, los atribulados y los pecadores. Es para la gente que necesita oír que puede ser perdonada. En otras palabras, es para todos.
Desde el principio hasta el final, el evangelio trata de lo que Dios hace, no de lo que nosotros debemos hacer. Es Dios, por Su misericordia, quien nos da el deseo incluso de querer ser perdonados, y es solo cuando ponemos nuestra fe en Jesús que somos totalmente perdonados. Cuando vamos a Él en arrepentimiento y fe, podemos mirar atrás y decir que hemos sido salvos del castigo del pecado. Todo lo que estaba en contra de nosotros, todo lo que nos impedía conocer a Dios, todo lo que nos impedía descubrir Su amor y Su bondad —todo el castigo que merecemos— ha sido erradicado, borrado a través de la obra salvadora del Hijo de Dios en la cruz.
Como creyentes, entonces, podemos —debemos— alegrarnos por el hecho de que el pecado ya no nos domina. Sin embargo, la realidad es que en nuestras vidas terrenales seguimos pecando. Seguimos sin dar en el blanco; seguimos sin alcanzar la norma de Dios. Y cuando lo hacemos, al Maligno le encanta susurrar: “¿Eres realmente salvo? ¿Realmente te perdonará Dios esta vez?”. A lo que debemos responder: “Sí, lo soy; y sí, lo hará, porque el que murió por mí está en este momento abogando por mí”.
Conocer el perdón no es una licencia para pecar; de hecho, Juan escribió “para que no pequen”. Cuando pecamos, el gozo que hemos encontrado en Dios comienza a desvanecerse. Aunque Él sigue siendo nuestro Padre celestial, no debería sorprendernos que si albergamos pecado, no podamos disfrutar de todas las bendiciones que Él quiere para nosotros.
Por eso, tratamos de vivir en obediencia a nuestro Señor y, sin embargo, como no lo haremos perfectamente, también debemos vivir en arrepentimiento hacia nuestro Señor. Jesús subrayó la necesidad y la importancia del arrepentimiento diario en Juan 13 cuando, mientras lavaba los pies de Sus discípulos, Pedro protestó y dijo: “¡Jamás me lavarás los pies!”. Jesús respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13:8). El perdón no es nuestro hasta que somos lavados por Jesús, y luego Él continúa lavándonos a través de nuestro arrepentimiento y fe diarios.
Un día, serás llevado al cielo y salvado de la presencia del pecado. Pero hasta ese gran día, tu vida cristiana debe ser un viaje de arrepentimiento. Has sido salvado. Serás salvado. Pero por ahora, día a día, estás siendo salvado misericordiosamente mientras te arrepientes y vuelves a Jesús.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
