Agosto 28
Oh Señor, por amor de Tu nombre, perdona mi iniquidad, porque es grande (Salmo 25:11).
Para saber lo que es correcto, Dios no consulta a ninguna autoridad superior a Él. Su propio valor es el valor supremo del universo. Por tanto, para Dios, hacer lo correcto significa actuar de acuerdo con este valor supremo.
La justicia de Dios es el celo, el gozo y el placer infinitos que siente por lo que es supremamente valioso, es decir, Su propia perfección y valor. Y si alguna vez actuara en contra de esta pasión eterna por Su propia perfección, sería injusto, sería un idólatra.
¿Cómo podría un Dios tan justo poner Su afecto en pecadores como nosotros, que hemos despreciado Sus perfecciones? Pero lo maravilloso del evangelio es que en Su justicia divina reside también el fundamento mismo de nuestra salvación.
El respeto infinito que el Padre tiene por el Hijo hace posible que yo, un malvado pecador, pueda ser amado y aceptado en el Hijo, porque en Su muerte reivindicó el valor y la gloria de Su Padre.
Gracias a Cristo, podemos orar con una nueva comprensión la oración del salmista: “Oh Señor, por amor de Tu nombre, perdona mi iniquidad, porque es grande” (Salmo 25:11). Esta nueva comprensión es que, gracias a Cristo, en lugar de solo orar: “Por amor de Tu nombre, perdona mi culpa”, ahora oramos: “Por amor de Jesús, oh Dios, perdona mi culpa”.
1 Juan 2:12 dice: “Les escribo a ustedes, hijos, porque sus pecados les han sido perdonados por el nombre de Cristo”. Jesús ahora ha expiado el pecado y reivindicado el honor del Padre para que nuestros pecados sean perdonados por Su nombre.
Dios es justo. No esconde el pecado bajo la alfombra. Si un pecador queda libre, alguien muere para reivindicar el valor infinito de la gloria de Dios que el pecador difamó. Eso es lo que hizo Cristo. Por tanto, “Señor, por amor de Tu nombre” y “Cristo, por amor de Tu nombre”, son lo mismo. Y por eso oramos con confianza pidiendo perdón.
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, páginas 43–44.
