Imagina por un minuto ese pecado particular con el que más luchas en tu interior. Tal vez se trate de un problema de ira incontrolable, de lujuria oculta o de una profunda codicia. Ahora, imagina que de repente se corre la voz sobre tu transgresión. La noticia se extiende rápidamente entre los hermanos de tu iglesia hasta que, como era de esperarse, tu pastor también se entera. En medio de un servicio dominical, mientras tu pastor está predicando, detiene su mensaje, te mira directamente desde el púlpito y te dice frente a todos: “Hermano, tienes que acabar con este pecado del que ya todos hemos oído hablar”.
La humillación parece no tener fin. Poco tiempo después, el pastor escribe un libro titulado ¿Cómo dejar de pecar en cinco sencillos pasos? y, al leerlo, descubres que apareces en él como la ilustración principal del fracaso. El autor expone tu nombre real, y para empeorar las cosas, el libro se convierte en un rotundo éxito de ventas que perdura por los próximos 2000 años. Quedas marcado para siempre en la historia de la humanidad como el tipo enojado, el codicioso incurable o el mentiroso por excelencia. Te conviertes en el ejemplo principal que todo el mundo usa para ilustrar cualquiera de estos pecados.

Probablemente te produje escalofríos al llevar tu imaginación a este escenario. Puedes estar profundamente agradecido de que no te pase a ti, aunque esta inquietante ilustración nos dice algo muy importante sobre cómo vemos las fallas de los demás y lo vulnerable que es estar expuesto públicamente. Esta exposición pública y perdurable fue, de alguna manera, lo que experimentaron dos mujeres de la iglesia primitiva.
El arquetipo de la división cristiana
En su carta a los Filipenses, el apóstol Pablo nombra directamente a dos creyentes: Evodia y Síntique. Las señala de manera personal, lo que nos indica que su disputa debió haber escalado hasta convertirse en un asunto sumamente importante y perjudicial en la iglesia (Fil 4:2). Anteriormente en esa misma epístola, Pablo había establecido un estándar de unidad cristiana al escribir: “Hagan completo mi gozo, siendo del mismo sentir, conservando el mismo amor, unidos en espíritu, dedicados a un mismo propósito” (Fil 2:2). Ahora, ante el conflicto de estas dos hermanas, nos encontramos con una aplicación específica y urgente de este mandamiento para la iglesia local de Filipos.

Estoy convencido que, al escribir su carta a los filipenses, Pablo tenía en mente que fuera leída en público, e incluso por iglesias de otras ciudades. ¿Por qué el apóstol las señaló tan abiertamente? Definitivamente no fue porque las quería avergonzar o destruir. Al contrario, hizo esto porque las amaba profundamente. Podemos saberlo al leer su propia descripción de estas hermanas: “En verdad, fiel compañero, también te ruego que ayudes a estas mujeres que han compartido mis luchas en la causa del evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida” (Fil 4:3).
Pablo reconoció que ellas habían “trabajado junto a él” y las consideraba sus valiosas “compañeras de trabajo”. Eran amadas por él, estaban verdaderamente unidas a él en el Señor y, lo más importante, las consideraba creyentes genuinas. Las mencionó por su nombre porque entendió una verdad fundamental del ministerio: Pablo sabía que, si no tenemos paz entre nosotros, no lograremos absolutamente nada juntos. Les imploró a los filipenses que ayudaran a estas mujeres a ponerse de acuerdo, a estar en unidad.

La importancia de la unidad entre los creyentes
Dios llama a Su pueblo a la unidad. Nuestro Señor Jesús oró por esto intensamente al Padre antes de entregarse a la muerte (Jn 17:22-23). Una las características más enfáticas de la iglesia primitiva era su evidente unidad (Hch 2:44, 4:32-25). Así mismo, la unidad es uno de los temas dominantes de la carta a los Filipenses. Las Escrituras nos enseñan de forma contundente que la comunidad de los cristianos, la iglesia, es un organismo vivo compuesto de muchos miembros: el cuerpo de Cristo (1Co 12; Ro 12), y que Cristo mismo es la cabeza de este cuerpo (1Co 12:12-31). Aunque es cierto que los cristianos no tenemos unidad en absolutamente todo, nos une algo más poderoso que cualquier preferencia personal: la obra de Jesucristo a nuestro favor. La iglesia es, en esencia, unidad en medio de la diversidad (1Co 12:4; Ef 4).
Si esto es así, ¿por qué parece todo lo contrario? No sólo podemos ver las divisiones al interior de nuestras propias comunidades, sino en la iglesia cristiana en general a lo largo de la historia. Al parecer Evodia y Síntique sufrieron también esta deformación de la naturaleza de la iglesia.

El origen del conflicto
Aunque no conocemos la causa de la falta de armonía entre estas hermanas, en su carta a los filipenses, Pablo nos revela las razones por las que los cristianos nos dividimos. El egoísmo o la vanagloria (Fil 2:3) son algunos de los mayores impedimentos para guardar la unidad; este pecado es, por definición, la antítesis de la unidad. La unidad es costosa, porque implica considerar a los demás como iguales, e incluso como superiores. Cuando lo más importante son nuestros propios intereses o nuestra propia gloria, la unidad es imposible. Las murmuraciones y discusiones (Fil 2:14) son la manifestación de esta actitud egoísta. Por último, Pablo exhorta a los filipenses a cuidarse de los falsos maestros que les alejarían de la unidad en la verdad del Evangelio (Fil 3:3, 18).

Un pequeño agujero en una prenda de vestir, si se ignora, puede convertirse en un desgarro irreparable; eso es exactamente lo que podría ocurrir con la comunión debido al roce entre estas dos mujeres en Filipos. Las divisiones entre hermanos, por más insignificantes que parezcan al principio, tienen el potencial de dividir la iglesia de Cristo.
¿Hay falta de armonía entre un hermano y tú? Si es así, entonces recuerda al Dios encarnado que, por puro amor, se dejó dividir de Sus propios hermanos. Jesucristo se enfrentó voluntariamente a la humillación, la confusión, al dolor profundo y a la persecución de aquellos que deberían haberle amado, todo con el propósito de que tú y yo pudiéramos tener paz entre nosotros. Recuerda Sus lágrimas antes de sufrir una muerte terrible, orando por aquellos que creeríamos en Él, para que guardáramos la unidad. Recuerda las lágrimas de Pablo al escribir sus cartas a las iglesias, exhortándoles a guardar la unidad.
Recuerda que, si realmente somos de Cristo, tanto tu nombre como el de tu hermano están “escritos en el libro de la vida” (Fil 4:3). Así que, dejando de lado el egoísmo y la vanagloria, recordemos el gran costo de nuestra salvación y busquemos diligentemente la paz.
Publicado originalmente en Core Christianity.