La “letra pequeña” de la ley: esclavos del pecado

La Ley tiene una “letra pequeña” que solemos ignorar: intentar justificarnos por ella solo nos esclaviza. Solo la gracia de Cristo puede romper el yugo.
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¿Alguna vez has aceptado apresuradamente los términos y condiciones de un servicio sin prestar atención a la “letra pequeña”? ¿Descubriste después que pagaste un alto precio por tu descuido? 

Encontré un revelador artículo titulado Cuando no leer la letra pequeña puede costarte el alma. El autor hablaba de cómo diversas empresas han incrustado cláusulas de “broma” en sus interminables contratos digitales. En uno de los casos, quienes buscaban conectarse a una red Wi-Fi gratuita, terminaban marcando una casilla en la que aceptaban “asignarnos a su hijo primogénito por la duración de la eternidad”. Sorprendentemente, varias personas aprobaron la condición de esta cláusula, dejando en evidencia que probablemente nunca leyeron el texto. 

El mismo artículo narra que, durante el Día de los Inocentes del año 2010, la tienda británica Game Station introdujo una nueva cláusula premarcada en su acuerdo de licencia, en la que, si los usuarios no desmarcaban la casilla, aceptaban conceder a la empresa “una opción intransferible para reclamar por ahora y para siempre su alma inmortal”.

Perder el alma

Más allá de las bromas, piensa en esto: ¿qué tan loco sería perder tu alma simplemente por ignorar la letra pequeña y entregarla en la firma de un contrato? A veces crees que estás obteniendo un buen trato, pero termina costándote todo. Esa es precisamente la preocupación del apóstol Pablo al escribir a las iglesias de Galacia. Él les advierte sin rodeos: 

Miren, yo, Pablo, les digo que si se dejan circuncidar, Cristo de nada les aprovechará. Otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la Ley (Ga 5:2-3).

Quien busca justificarse por la Ley deja de depender de Cristo. / Foto: Unsplash

En aquella época, ciertos falsos maestros se infiltraron sugiriendo un trato aparentemente inofensivo: “Simplemente circuncídense y sigan estas Leyes. Y será genial”. Sin embargo, Pablo expone la trampa oculta: al firmar en la línea punteada, los gálatas se estaban sometiendo a todo un inmenso sistema religioso. Esta es la letra pequeña: estaban a punto de obligarse a sí mismos a obedecer toda la ley, de manera perfecta.

El apóstol lanza entonces una de las advertencias que contiene las palabras más aterradoras en el Nuevo Testamento: “De Cristo se han separado, ustedes que procuran ser justificados por la Ley; de la gracia han caído” (Ga 5:4). Existen dos maneras de ser justificados ante Dios: u obedecemos perfectamente la ley por nuestro propio esfuerzo, o confiamos en un Mediador divino que se interponga entre nosotros y Dios, cumpliendo la ley en nuestro lugar. Por tanto, si los gálatas eligen someterse a la ley, obligándose a sí mismos a la perfección moral, por definición están rechazando a Cristo como su mediador y rechazando la gracia que Dios ofrece.

Intentar ganar el favor de Dios por la Ley significa dejar de depender de Cristo. / Foto: Pexels

La letra pequeña: esclavitud

Ante este inminente desastre, Pablo debe recordarles entonces que Dios los ha llamado a la libertad. Les exhorta con firmeza: “Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud” (Ga 5:1). Las ideas de esclavitud y libertad habrían tenido una enorme y profunda resonancia tanto para los judíos como para los gentiles de Galacia. 

En la época de Pablo, los esclavos constituían alrededor del 20 por ciento de la población de Roma, por lo que es probable que una gran proporción de las personas congregadas en las iglesias del Nuevo Testamento fueran esclavos. Si un esclavo ganaba y ahorraba suficiente dinero, podía comprar su libertad; sin embargo, como no tenían derechos legales, no podían celebrar un contrato. La solución era llevar su dinero a un templo pagano y entregarlo a una deidad, quien simbólicamente “compraría” su libertad. La frase “para libertad” usada por Pablo en Gálatas 5:1 por Pablo aquí, era un término que aparecía a menudo en los documentos legales de estas situaciones en aquel tiempo.

Cristo nos hizo libres; no volvamos al yugo de la esclavitud. / Foto: Unsplash

Por otra parte, para los judíos de la audiencia de Pablo, hablar de esclavitud y libertad evocaría de inmediato la gran historia de salvación del Antiguo Testamento: el éxodo. Las Escrituras relatan cómo los egipcios habían esclavizado a los hijos de Abraham y “pusieron sobre ellos capataces para oprimirlos con duros trabajos” (Ex 1:11). Pero Dios respondió a su difícil situación de manera compasiva: “Dios oyó su gemido y se acordó de Su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Dios miró a los israelitas y los tuvo en cuenta” (Ex 2:24-25). Debido a este pacto con Abraham, Dios liberó a Su pueblo de aquella carga aplastante de la esclavitud.

Luego, por medio del éxodo, hizo un pacto con ellos en el monte Sinaí, haciendo de Israel Su pueblo y constituyéndolo como nación. A pesar de esa liberación histórica, Pablo llama a ese pacto (de Moisés) el “yugo” del cual Dios ahora está liberando a Su pueblo. Pablo entendió que la existencia de Israel “bajo la Ley” era, en esencia, una condición de esclavitud como la que vivieron en Egipto. Someterse a la Ley era como Israel queriendo volver a la esclavitud en Egipto.

El evangelio continúa la obra de liberación iniciada en el éxodo. / Foto: VaE

La derogación: la libertad de Cristo

No fue solo el 20 por ciento de los gálatas los que fueron esclavizados en el contexto social de Roma. La realidad es que todo ser humano nace esclavo del pecado: judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres. Pero en Cristo, nuestra esclavitud universal llega a su fin. Pablo declara con triunfo en Gálatas 3:28: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús”. En un sentido espiritual, Pablo derrumba magistralmente estas distinciones sociales.

Esta misma verdad fundamental fue proclamada por el propio Jesús en Juan 8:31-36. Al hablar con los judíos que habían creído en Él, les prometió: “Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (Jn 8:32). Ellos, ofendidos y apelando a su linaje ancestral de Abraham, respondieron que jamás habían sido esclavos de nadie, ignorando por completo la “letra pequeña” de su propia condición espiritual. Jesús, yendo a la raíz del problema, les aclaró: “En verdad les digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Jn 8:34). Pero frente a esa condena de la Ley, Él mismo presentó la derogación definitiva de la letra pequeña del contrato: “Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres” (Jn 8:36). En Cristo, nuestra esclavitud verdaderamente llega a su fin. 

El Hijo nos libera de la esclavitud que el pecado produce. / Foto: Lightstock

Conectando perfectamente con la enseñanza de Jesús, Pablo declara con triunfo en Gálatas 3:28: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús”. Es cierto que todos estamos esclavizados por el pecado, pero de la misma manera, estamos unidos en libertad por medio de Cristo, nuestro mediador, quien obedeció perfectamente la Ley cuando tomó nuestro lugar. Él es la anulación de cualquier condena; al ser libertados por el Hijo somos verdaderamente libres, y no hay “letra pequeña” que pueda volver a esclavizar a quien confía plenamente en Su gracia.

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Adriel Sanchez

Adriel Sánchez es pastor de North Park Presbyterian Church, una congregación de la Iglesia Presbiteriana de América. Además de sus responsabilidades pastorales, también sirve como un anfitrión del programa de radio Core Christianity. Él y su esposa Ysabel viven en San Diego, California con sus tres hijos.

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