Julio 6
«Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Por tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta; de esta manera peleo, no como dando golpes al aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo». 1 Corintios 9:25-27
Corinto era sede de los Juegos Ístmicos, solo segundos en tamaño e importancia a los Olímpicos. El deporte consumía a la cultura. Sus ciudadanos sabían que, para un atleta, el esfuerzo que se demostraba en la carrera era tan solo una pequeña fracción del esfuerzo requerido en el resto de su vida. Así que cuando Pablo escribió a la iglesia en Corinto, no solo habló de correr y competir. También habló de entrenar. En Corinto, los niños eran sometidos desde los siete años a ejercicios rigurosos con el fin de prepararlos para competir. Se esperaba que los competidores demostraran que habían llevado un programa estricto de entrenamiento. Nadie podía correr una carrera si no había practicado durante meses antes del evento. Así también, la vida cristiana debe estar marcada por una disciplina que revela un compromiso eterno por correr la carrera de Dios. Es importante que nuestras palabras sean respaldadas por nuestras acciones. Expresar un deseo por vivir la vida cristiana sin llevar a cabo un plan de acción disciplinado no tiene sentido. Es como expresar la necesidad de levantarse temprano o de perder peso y proponérselo, pero nunca programar la alarma, ni hacer ejercicio, ni comer bien. El propósito es inútil si no se lleva a la acción.
La disciplina a la que Pablo se refiere no es un sentimiento interno; más bien, es una decisión voluntaria y consciente sobre la manera en que utilizamos nuestro tiempo, las cosas en las que fijamos nuestros afectos y la manera en que abordamos la vida entera. Tal como lo escribió el obispo inglés del siglo diecinueve, J. C. Ryle: «La verdadera santidad… no consiste meramente de sensaciones e impresiones interiores… En cambio, es más bien algo de ‘la imagen de Cristo’ que puede ser vista y observada por otros en nuestra vida privada, nuestros hábitos, nuestro carácter y nuestras acciones».¹
En la antigüedad, cuando el atleta triunfante regresaba a su ciudad, no entraba por la puerta por la que se había ido; hacía que se tirara una sección de la muralla en su honor. Él entraba por una puerta completamente nueva y la población se reunía y le daba la bienvenida con gran entusiasmo. Entrenar dentro de la vida cristiana no es para ganarnos la salvación. Esta ha sido ganada solo por Cristo. No obstante, sí nos otorga una entrada abundante al cielo. ¡Cuando lleguemos a Su reino, escuchar el saludo del Señor: «Bien, siervo bueno y fiel» (Mt 25:21) será un momento de honor y de gozo más grande que cualquier puerta recién creada!
La Palabra de Dios dice que esta ilustración de la entrada al cielo es posible para quienes corran la carrera, soporten el entrenamiento y compitan para ganar. Así que, pregúntate: ¿Dónde estoy expresando decisión, pero no estoy tomando acción? ¿En qué área del crecimiento cristiano necesito poner en práctica la disciplina para ser más como mi Señor? Luego, mira al futuro al momento cuando termines la carrera y entres a la gloria, porque eso motivará todo el entrenamiento que necesitas.
1 Santidad (Chapel Library, 2015), 9.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
