Julio 3
«Cuando Saulo llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le temían, no creyendo que era discípulo. Pero Bernabé lo tomó y lo presentó a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto al Señor». Hechos 9:26-27
Una noche durante la década de los sesenta, un hippie harapiento llegó a una iglesia muy grande cerca de la costa en San Francisco. Cuando entró, ninguno de los ujieres lo saludó. La iglesia estaba repleta y, al mirar entre las filas, nadie se movió para darle un espacio, así que siguió caminando. Eventualmente, llegó hasta el frente sin encontrar un asiento y se sentó justo en medio del pasillo, en el suelo, con las piernas cruzadas. En ese momento, el diácono principal, un hombre pequeño de traje y pasador en la corbata, comenzó a caminar desde el fondo hacia adelante. Llegó hasta colocarse junto al joven… ¡y se sentó en el suelo junto a él!
Este diácono era un «Bernabé». Un Bernabé de entre un grupo de quinientas personas marcó toda la diferencia en la vida de este recién convertido.
Como recién convertido al cristianismo, el mismo Pablo no tenía adónde ir. Los creyentes en Jerusalén estaban temerosos y dudaban de que hubiera experimentado un cambio de vida radical. Pablo necesitaba que alguien en este punto crucial de su vida lo alentara, lo guiara y lo presentara a la iglesia. Para esta tarea, Dios escogió a un hombre ordinario que había estado formando desde hacía algo de tiempo. Este hombre era un extranjero proveniente de Chipre, con un gran trasfondo religioso, que había sido renombrado por aquellos que lo conocían: Bernabé, que significa «Hijo de Consolación» (Hch 4:36). Fue esta característica de Bernabé (su naturaleza consoladora) que influenció la vida de Pablo. La Escritura no nos dice que Bernabé haya conducido a Pablo a alguna parte, ni que le haya trazado un mapa ni sugerido a quién hablar. No, simplemente nos da cuatro maravillosas palabras: «Pero Bernabé lo tomó». Cuando tomas a alguien para acompañarlo donde esa persona necesita ir, implica tiempo, esfuerzo y reorganizar tus planes. Donde muchos no se habrían molestado, Bernabé dio un paso al frente.
Bernabé sería el compañero de Pablo durante su primer gran viaje misionero (Hch 13:1-3). No solo el comienzo de la vida cristiana de Pablo, sino también el inicio de su testimonio a los gentiles, le debe mucho a este héroe que usualmente ha pasado desapercibido. Solo en el cielo llegará a ser evidente cuántos de los éxitos de Pablo en el ministerio fueron resultado de la manera en que Dios colocó a Bernabé a su lado al inicio y continuamente.
Necesitamos a gente con el espíritu de Bernabé en nuestra iglesia: personas que transmitan este tipo de compasión, que entreguen su tiempo y esfuerzo y estén dispuestos a cambiar sus planes para alcanzar y dar la bienvenida a los que son nuevos o los que están luchando. En realidad, en muchas congregaciones, ya están allí; la iglesia es sostenida cada semana como resultado de hombres y mujeres que reconocen que no existen momentos sin consecuencia en su día. No hay encuentros aleatorios. No hay personas irrelevantes. No hay tareas insignificantes. Todas las iglesias necesitan este tipo de personas que estén dispuestas a hacer lo necesario para «tomar» a alguien, igual que Bernabé tomó a Pablo. ¿Serás tú una de ellas?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
