Desde su mismo inicio, la vida cristiana se trata de conocer al Dios verdadero. Al escuchar el evangelio por primera vez, se requirió por lo menos un mínimo de curiosidad o interés en ese Dios que nos llamaba hacia Él. Por la obra del Espíritu, creer en Él fue un evento equivalente a abrir los ojos de un ciego (Mt 11:5) o resucitar a un muerto (Ef 2:1); nuestros sentidos espirituales y nuestro corazón fueron vivificados para que pudieran sentir, palpar y conocer a Aquel a quien antes rechazábamos.
Un cristiano es, en su definición más simple, un “seguidor de Cristo”, alguien que se dedica a conocer a su Maestro y lo sigue, hace lo mismo que Él hace y obedece Sus instrucciones. Un cristiano tiene como meta de su existencia ser como su Salvador, y sabe que por la eternidad se dedicará a conocerlo, amarlo y disfrutarlo. Jesucristo ofreció la vida eterna a Sus seguidores, y la definió como conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo”, a quien Él envió (Jn 17:3). Conocer a Dios es, entonces, una tarea a la que todo cristiano verdadero debe estar dedicado con todas sus fuerzas.

Sin embargo, ¿cómo es posible conocer a un Dios que es tan superior en Su esencia? Timothy Keller, pastor y escritor cristiano, señaló: “Cuando un cosmonauta ruso regresó del espacio e informó que no había encontrado a Dios, C. S. Lewis respondió que esto era como que Hamlet entrara en el desván de su castillo en busca de Shakespeare”. Como seres humanos somos muy distintos en nuestra naturaleza en comparación con Dios, tan distantes como lo está un autor literario de su obra; humanamente no tenemos mayores posibilidades de conocer a Dios como las que tiene Hamlet de conocer a Shakespeare o Sherlock Holmes de conocer a Arthur Connan Doyle.
La única forma en la que esto puede cambiar es si el Autor se involucrara en Su propia obra literaria e interactuara con sus personajes para darse a conocer.

Dios quiere ser conocido
Debido a la abismal diferencia en naturaleza de Dios con el ser humano, desde el principio de la historia se ha filosofado que conocerlo a Él resulta imposible. Ya en tiempos antes de los patriarcas, este pensamiento era aceptado. Zofar, un amigo de Job, en medio de toda su insensatez, afirmó:
¿Podrás tú descubrir las profundidades de Dios? ¿Podrás descubrir los límites del Todopoderoso? Altos son como los cielos; ¿qué puedes tú hacer? Más profundos son que el Seol; ¿qué puedes tú saber? (Job 11:7-8).
Sin embargo, conocer a Dios no parte de la iniciativa y el esfuerzo humano, de personas curiosas por la divinidad. En realidad, Dios siempre ha querido ser conocido, y nos ha dado los medios para hacerlo. El Autor de la vida ha querido darse a conocer a la obra de Sus manos, e irrumpió en Su historia como otro personaje, intimando con Sus criaturas, dándoles a conocer Sus mandatos y Sus propósitos.

Ahora bien, es necesario aclarar que no podemos conocer todo acerca de Dios, sino solo aquello que Él ha querido revelarnos. Como bien dijo Juan Calvino: “No podemos comprender a Dios a menos que Él se acomode a nuestro nivel”. Es por esto que nos tomará toda la eternidad conocerlo y disfrutarlo:
Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, pero las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley (Dt 29:29).

¿Cómo podemos conocer a Dios?
Para conocer a Dios necesitamos saber cómo se ha dado a conocer. El autor de la carta a los Hebreos nos lo resume así:
Dios, habiendo hablado hace mucho tiempo, en muchas ocasiones y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, por medio de quien hizo también el universo (Heb 1:1-2).

En este pasaje podemos ver que Dios se dio a conocer en la antigüedad por medio de los profetas (Moisés, Elías, Samuel, Daniel, etc.), y en última instancia, mediante Su Hijo, Jesucristo. Al escuchar a los profetas y a Jesucristo estaremos escuchando lo que Dios ha querido que sepamos de Él; todas estas palabras están registradas en las páginas de las Escrituras.
Kevin Halloran, hablando de cómo Dios se ha revelado a lo largo de las Escrituras, dice: “El Antiguo Testamento prepara el camino para y apunta a Cristo, mientras que el Nuevo Testamento revela y explica quién es Él. El Antiguo Testamento despliega una ‘sombra’ de Cristo, y en el Nuevo Testamento lo experimentamos”. Si Dios se nos ha dado a conocer mediante los hechos registrados en las Escrituras, la respuesta a la pregunta de cómo conocerlo se resuelve: debemos dedicarnos con toda nuestra pasión a escudriñar las Escrituras para poder conocer a Dios.
Buscar en el lugar correcto
Pero a pesar de que la Biblia es evidentemente el lugar correcto para buscar a Dios, la realidad es que cada vez más los cristianos confesos abandonan el estudio de las Escrituras para buscar experiencias de “conexión con Dios”. Es cierto que el conocimiento de Dios no es meramente intelectual; debe existir una experiencia de comunión con Él por medio de las disciplinas espirituales de la oración, el ayuno, la meditación y la comunión con otros creyentes. Dios no se dio a conocer simplemente para que tengamos un concepto teórico de Su ser, sino para que tengamos una relación amorosa con Él.

Sin embargo, buscar a Dios fuera de Su Palabra, por medio de experiencias subjetivas como sueños o visiones, es un error; nada puede revelarnos más de Dios que lo que ya está expresado en las Escrituras. Conocer a Dios mediante las Escrituras producirá en nosotros reales y más profundas experiencias espirituales, como la gratitud por una salvación inmerecida, el gozo de sabernos perdonados en Cristo, la humillación ante Su grandeza, el quebrantamiento de un corazón que reconoce su necesidad de gracia, entre muchas otras más.
Si quieres aprender más sobre cómo conocer a Dios por medio de las Escrituras, comparto contigo una lista de autores y libros recomendados sobre el tema:
- El Único Dios verdadero, de Paul Washer.
- Los atributos de Dios y La Soberanía de Dios, de Arthur Pink.
- El Conocimiento del Dios Santo, de A. W. Tozer.
- Conocer a Dios, de J. I. Packer.