Viviendo el poder práctico del evangelio en tu hogar

La única esperanza que tiene un cristiano para vencer el pecado en sus conflictos familiares es el poder del evangelio.
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¿Cómo puedo cambiar? ¿Cómo puedo vencer este pecado que me ha perseguido por años y que afecta a mi familia? ¿Cómo puedo ver un cambio perdurable en mi vida? Estas son preguntas que, desde mi perspectiva, todo creyente verdadero debe hacerse al enfrentarse a un conflicto en el contexto de las relaciones familiares.

Uno de los problemas más comunes que encuentro al aconsejar a familias es el enfoque que los aconsejados tienen en el pecado de los demás y no en el propio. La inclinación de nuestro corazón es encontrar una estrategia para que los demás cambien, en lugar de enfocarnos en nuestra responsabilidad personal. Sin embargo, la realidad es que para resolver un conflicto y ver cambios perdurables, el creyente necesita en primer lugar reconocer su propio pecado, algo que solo es posible por el evangelio, y obedecer por fe a lo que el Señor le ordene en cada situación.

Ahora bien, aunque hay una responsabilidad personal, la única esperanza de cambiar que tiene un cristiano es la gracia de Dios. Todos necesitamos de Su gracia para ser transformados, como afirma Tito 2:11-12: “Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente”.

El crecimiento en santidad es un proceso que requiere tanto de la intervención sobrenatural de Dios, como de la acción intencional del creyente, impulsada por Su gracia. Quizás el pasaje que mejor muestra la importancia de ambos elementos es Filipenses 2:12-13: “…ocúpense en su salvación con temor y temblor. Porque Dios es quien obra en ustedes tanto el querer como el hacer”. Y este equilibrio entre el poder soberano de Dios y el esfuerzo práctico del creyente se da principalmente a través de echar mano del evangelio de Cristo.

Nuestro corazón suele buscar fórmulas para cambiar a los demás antes que examinar su propia responsabilidad. / Foto: Unsplash

El poder práctico del evangelio

Debo reconocer que en mi experiencia como consejero usualmente doy soluciones incompletas al momento de ayudar a los creyentes en su proceso de cambio. Como consejeros podemos caer en el error de indicar solamente la acción que el aconsejado debe ejecutar, pero olvidamos apuntarles a lo que Dios ya ha hecho.

Por ejemplo, llevamos a una persona que lucha con problemas de lujuria a Efesios 5 y nos limitamos a decir que ni quisiera se debería nombrar inmoralidad sexual en su vida; a una persona con problemas de ira la llevamos a Efesios 4 y le decimos que no debería ponerse el sol sobre su enojo. Les damos el llamado a obedecer, pero no les recordamos el poder para obedecer que solamente está en el evangelio. Así, sin ser nuestra intención, estamos comunicando a las personas que lo que necesitan para obedecer está en ellos y no en la gracia de Dios.

Muchos creyentes cometen el error de pensar que el mensaje de la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, el evangelio, solo es relevante para el día de la conversión, olvidando su importancia para la vida diaria. Yo pensaba de esta forma hasta que escuché un sermón de Mike Bullmore en el año 2007, titulado “La funcionalidad central del evangelio”. Bullmore, en una forma muy sabia, me mostró que podemos aplicar el evangelio en toda situación de nuestras vidas.

Como consejeros, podemos enfocarnos tanto en lo que la persona debe hacer que olvidamos recordarle lo que Dios ya ha hecho. / Foto: Lightstock

Esto transforma por completo cómo vemos la obediencia. Sin el evangelio, la obediencia se convierte en una carga pesada basada en el esfuerzo humano. Por ejemplo, cuando somos envidiosos, en lugar de decir “tengo que dejar de envidiar”, podemos preguntarnos qué aspecto del evangelio habla de la envidia y encontrar así la forma de batallar contra este pecado. Déjame mostrarte cómo podemos encontrar respuestas prácticas en cada parte del evangelio:

  • En la encarnación, podemos ver a Cristo humillándose por Su pueblo, dándonos la gracia y el ejemplo para servir con humildad a otros. Jesús obedeció la ley perfectamente para que fuéramos declarados justos, una verdad que produce una paz y un gozo que nos impulsa a servir a nuestra familia con alegría.

  • Al morir en la cruz, Cristo expió nuestros pecados y tomó nuestro lugar, recibiendo por nosotros la ira del Padre. Esto nos libera de la culpa para vivir libres de nuestro pasado y nos capacita para no llevar una lista de las ofensas de los demás. Ahora podemos perdonar tal y como Cristo nos perdonó a nosotros y extender misericordia a nuestra familia.

  • Según Romanos 6, al estar resucitados con Cristo, ya no vivimos para el pecado, sino que tenemos nueva vida para vivir en santidad en nuestro hogar.

  • Finalmente, al saber que Cristo está vivo y reina sobre todo, tenemos paz y confianza en medio de las dificultades del diario vivir.
Sin el evangelio, la obediencia se convierte en una carga pesada basada en el esfuerzo humano. / Foto: Unsplash

Ahora bien, estos aspectos del evangelio no se ven tan claramente en cada pasaje de las Escrituras. A continuación, veremos de forma general cómo el evangelio tiene el poder para que obedezcamos cada mandato que Dios nos da en Su Palabra.

El fundamento para obedecer

Muchos creyentes leen las Escrituras de una forma que no les permite ver la unidad del libro que están leyendo; se enfocan demasiado en unos versículos y no ven la intención más general del autor. En consecuencia, también desconectan lo que leen con toda la revelación bíblica, de la cual el evangelio es el centro interpretativo. ¿El resultado? Ven muchos mandatos, pero no entienden cómo obedecerlos.

Por eso, es imprescindible aprender a leer las Escrituras identificando lo que Dios quiere de nosotros y también lo que Dios ya ha hecho por nosotros; la obediencia real solo es posible cuando el indicativo es la base del imperativo. 1 Timoteo 1:10-11 enseña que nuestra conducta debe estar de acuerdo con el “glorioso evangelio del Dios bendito”. Por ello, al estudiar la Biblia, es vital observar el contexto, para encontrar el poder necesario para obedecer, el cual reside exclusivamente en la obra de Cristo y no en la persona misma.

Un ejemplo claro se encuentra en los Diez Mandamientos en Éxodo 20:1-3. Antes de dar el imperativo de no tener dioses ajenos, Dios establece el indicativo: “Yo soy el SEÑOR tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre”. El poder para obedecer radica en que Él es nuestro dueño, nos liberó de nuestra esclavitud, del poder del pecado, para que pudiéramos entrar en un pacto con Él.

El evangelio tiene el poder para que obedezcamos cada mandato que Dios nos da en Su Palabra. / Foto: Lightstock

Transformación de nuestras relaciones familiares

El evangelio y su aplicación en nuestras vidas es lo único que nos da esperanza para glorificar a Dios en nuestras relaciones familiares. ¿Cómo podemos amar a nuestros cónyuges, a nuestros padres y a nuestros hijos? Solo cuando hemos experimentado el verdadero amor de Cristo en el evangelio. Cuando entendemos que Cristo tomó nuestro pecado para pagar nuestra infinita deuda contra un Dios Santo, entendemos que realmente hemos sido amados y, por lo tanto, somos capacitados para amar.

En las relaciones de familia, el amor y el perdón no nacen de razones egoístas, sino del amor de Cristo que nos impulsa o “nos apremia” (2Co 5:14). Para que una familia glorifique a Dios, debe practicar el perdón constante basándose en el evangelio. Efesios 4:32 nos exhorta: “Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo”. El poder para perdonar deudas menores proviene de reconocer la deuda infinita que Dios ya nos perdonó.

El evangelio y su aplicación en nuestras vidas es lo único que nos da esperanza para glorificar a Dios en nuestras relaciones familiares. / Foto: Envato Elements

En la práctica diaria, esto significa predicarnos el evangelio unos a otros. En lugar de solo señalar una falta, debemos apuntar a la esperanza de Cristo: si Dios entregó a Su Hijo para nuestra salvación, ciertamente nos dará la fe y la gracia necesarias para glorificarle en cada dificultad cotidiana.

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Enrique Oriolo

Enrique es co-fundador de Soldados de Jesucristo, actualmente sirve como misionero y pastor ordenado en la Iglesia Bíblica de City Bell, en Argentina. Está casado con Tamara y es padre de dos hijas, Luz y Paz.

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