Vivir en la presencia de Dios: una idea que transforma nuestras vidas

Esta idea radical te cambiará la vida: vives en la presencia de Dios. Esto conmueve nuestra alma y constriñe nuestro corazón
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Uno de los pensamientos más radicales que transformaron mi vida fue el de vivir en la presencia de Dios. Aunque apenas llevo poco más de una década como un peregrino rumbo a la Ciudad Celestial, y todavía tengo muchas realidades eternas que desentrañar sobre el cristianismo, deseo compartir contigo lo aprendido en mi caminar con el Señor. Mi mayor deseo es estimular tu alma en la apreciación de la presencia de Dios de tal modo que seas transformado por ella.

Conmovidos y constreñidos por Su amor

Para que la presencia de Dios sea transformadora, debe pasar de ser un simple concepto teológico a una realidad del corazón. La primera vez que este pensamiento sacudió mi vida fue cuando era un joven de 20 años y estaba leyendo un librito del teólogo Richard Baxter (1615–1691), donde enseñaba que es necesario esforzarse por conocer a Dios para ser verdaderamente conmovido por Sus atributos. Y con “conmovido” me refiero a algo más que un acercamiento meramente intelectual. 

Cuando las perfecciones de Dios nos conmueven, experimentamos cierta sensibilidad ante Su presencia: nuestros pensamientos se sienten impresionados por Sus atributos, y nuestras voluntades son dirigidas hacia Su voluntad. Lo contrario a ser conmovidos por la presencia de Dios es permanecer indiferentes ante la santidad de Dios y, por tanto, ante nuestro pecado. Nadie puede conocer la verdadera maldad del pecado si no conoce primero a Dios, pues la pecaminosidad se mide en proporción a la santidad del Dios contra quien pecamos. 

Para que la presencia de Dios sea transformadora, debe pasar de ser un simple concepto teológico a una realidad del corazón. / Foto: Envato Elements

Ahora bien, esa conmoción viene motivada por una fuerza que nos “constriñe” desde dentro. Tiempo más adelante en este peregrinaje, mi alma fue impactada por un antiguo libro llamado La mortificación del pecado, escrito por el teólogo J. Owen (1616–1683). Allí él advertía que mortificar el pecado solo por miedo al castigo es un síntoma de una condición espiritual peligrosa; la motivación correcta debe ser el amor.

José es un ejemplo de ese amor que santifica, al razonar ante la tentación: “¿Cómo entonces podría yo hacer esta gran maldad y pecar contra Dios?” (Gn 39:9). También el apóstol Pablo declara: “El amor de Cristo nos constriñe” (2 Co 5:14 RVR60). Este término implica ser apremiado e impulsado por lo que Cristo hizo por nosotros. Un corazón constreñido por Su presencia es poseído por una fuerza que lo lleva a dejar de vivir para sí mismo y a deleitarse en la comunión con Él, aunque otros lo tilden de locura o fanatismo. La realidad es que han muerto a sí mismos, pues la presencia de Cristo los ha capturado con Su amor, y sus almas son dirigidas hacia una deleitosa comunión con Él.

 Mortificar el pecado solo por miedo al castigo es un síntoma de una condición espiritual peligrosa. / Foto: Lightstock

Conscientes ante el Dios que todo lo ve

La base de una vida espiritual vibrante radica en despertar a la realidad de que la presencia de Dios está en todas partes (omnipresencia). El predicador inglés J. C. Ryle lo resumió de forma magistral con una exhortación punzante: “Vive sabiendo que estás a la vista de Dios”. Esta es la misma senda que recorrieron los patriarcas: Abraham caminó delante de Él y Enoc caminó con Él.

La base de una vida espiritual vibrante radica en despertar a la realidad de que la presencia de Dios está en todas partes. / Foto: Unsplash

Esta conciencia no es una teoría abstracta, sino una frontera práctica para nuestra conducta diaria. No debemos hacer nada que no queramos que Dios vea, no debemos decir nada que no queramos que Él oiga, no debemos escribir nada que no deseemos que Dios lea, no debemos visitar lugares donde no nos gustaría que el Señor nos encontrara (incluso nuestras lecturas y navegación web deben pasar por este filtro). El hombre moderno suele refrenar sus acciones cuando sabe que una cámara oculta lo filma, pero el alma consciente comprende que estamos bajo el escrutinio del Espíritu de Dios: nuestros corazones están desnudos ante Él; Él conoce nuestro levantar y nuestro sentar, y sabe lo que vamos a decir antes de pronunciarlo. 

El alma consciente comprende que estamos bajo el escrutinio del Espíritu de Dios. / Foto: Unsplash

La Escritura es contundente al respecto: Agar le llamó “el Dios que ve” (Gn 16:13), David reconoció que no hay lugar donde huir de Su Espíritu (Sal 139:7), y Salomón advirtió que los ojos del Señor observan a los malos y buenos en todo lugar (Pro 5:21, 15:3). Desde Elías, que vivía “delante de quien estoy” (1R 17:1), hasta nuestro Señor Jesús, que siempre hacía lo que le agradaba al Padre (Jn 8:29), la voluntad de Dios es que seamos siervos delante de Su presencia, viviendo con integridad. Bien lo dijo el apóstol Pablo: “Como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo” (2Co 2:17) y “procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables” (2Co 5:9).

¿Cómo se ve un cristiano conmovido, constreñido y consciente de la presencia de Dios? 

Hace pocos años, estábamos vacacionado con mi esposa y reflexionamos en las conocidas cartas del hermano Lorenzo (1610–1691). En ellas él nos exhorta a abandonar todo lo que ofende a Dios o nos impide estar en comunión con él. Esto implica acostumbrarnos a conversar con Él continuamente, con libertad y simplicidad, reconociendo que Dios está presente íntimamente con nosotros.

También implica que podemos pedir Su ayuda para conocer Su voluntad en cosas dudosas y para obedecer en aquellas cosas que entendemos que Él requiere de nosotros. Cuando no tenemos otro propósito en la vida que el de agradarle, Dios siempre nos da luz en nuestras dudas. El método más excelente que había encontrado el hermano Lorenzo para tener comunión con Dios era el de hacer las cosas más comunes sin tratar de agradar a los hombres, sino todo por amor a Dios.

Cuando no tenemos otro propósito en la vida que el de agradarle, Dios siempre nos da luz en nuestras dudas. / Foto: Lightstock

Ser conmovidos, constreñidos y conscientes de la presencia de Dios es un estilo de vida. El hermano Lorenzo encontraba gozo incluso al levantar algo del suelo si lo hacía por amor a su Señor. Este estilo de vida afecta integralmente al cristiano en sus múltiples roles como cónyuge, padre, empleado, miembro de una iglesia o ciudadano.

Déjame cerrar recordando cuatro formas en las que puedes fortalecer tu vivir en la presencia de Dios:

  • La meditación en las perfecciones de Dios reveladas en las Escrituras.

  • La oración y la comunión con Él.

  • La búsqueda sincera de la santidad y la mortificación del pecado.

  • El ejercicio de la humildad sirviendo al prójimo con generosidad.

Al final, Dios mismo hace de Su presencia el argumento más poderoso para la piedad: “No tendrás otros dioses delante de Mí”.

Que esta realidad de la presencia de Dios, delante de quien continuamente estamos, santifique nuestras vidas: “Sean firmes y valientes, no teman ni se aterroricen ante ellos, porque el Señor tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará” (Dt 31:6).

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