Julio 1
No temas, rebaño pequeño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino (Lucas 12:32).
Jesús no se quedará de brazos cruzados, dejándonos en la incredulidad, sin antes dar batalla. Él toma el arma de la Palabra y la habla con poder para todos aquellos que luchan por creer.
Su propósito es derrotar al temor de que Dios no es el tipo de Dios que realmente quiere ser bueno con nosotros o, en otras palabras, que Él no es verdaderamente generoso, ayudador, amable y tierno, sino que básicamente está irritado, enojado y con mala predisposición con nosotros.
En ocasiones, aunque creamos en nuestra mente que Dios es bueno con nosotros, es probable que sintamos que Su bondad es de alguna manera forzada u obligada. Como si fuera un juez acorralado por algún abogado astuto debido a un tecnicismo legal, de modo que el juez tiene que retirar los cargos contra el prisionero, a quien realmente preferiría enviar a la cárcel.
Pero Jesús se esfuerza para que no nos sintamos de esa manera hacia Dios. En Lucas 12:32, Jesús está tratando, por todos los medios, de describirnos el indescriptible valor y la excelencia del alma de Dios al enseñarnos el placer ilimitado que le da el entregarnos el reino.
“No temas, rebaño pequeño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino”. Cada palabra de esta maravillosa frase es intencional y busca quitar el temor con el que Jesús sabe que luchamos: que Dios nos da con resentimiento Sus beneficios; que Él se siente forzado y que va contra Su carácter cuando hace cosas buenas por nosotros; que en el fondo está enojado y ama dar a conocer su enojo.
Lucas 12:32 es una declaración acerca de la naturaleza de Dios. Es acerca del tipo de corazón que Dios tiene. Es un versículo acerca de lo que hace feliz a Dios, así que no solo es acerca de lo que Dios hará o tiene que hacer. Es acerca de lo que Él disfruta hacer, lo que ama hacer y lo que le da placer hacer. Cada palabra cuenta. “No temas, rebaño pequeño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el reino”.
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, página 251.
