Los cristianos del siglo veintiuno somos testigos de la apostasía ya profetizada.
Día a día podemos escuchar de predicadores y maestros anunciando poderosas señales y prodigios a lo largo del planeta, que al final resultan siendo falsificaciones; profetas que hablan en el nombre del Dios de la Biblia mensajes producto de sus imaginaciones, y que muchas veces van en contra de la enseñanza bíblica; predicadores charlatanes decretando y declarando prosperidad a todo aquel que cruce las puertas de sus templos, desparramando la herética doctrina del mal llamado “evangelio de la prosperidad”; jóvenes que asisten a la iglesia solo por el despliegue de un concierto de música desprovisto del mensaje de la Palabra de Dios, que siguen a los líderes motivacionales que utilizan los púlpitos para contar bromas o entretener.
Todo esto con un agravante: la falsa enseñanza tiene una gran plataforma; se disemina por medios de comunicación masivos, accesibles y de gran alcance, o en auditorios multitudinarios, conferencias o eventos de gran envergadura. Hoy nos vemos obligados a hacer la misma pregunta que hizo Jesús en la parábola de la viuda y el juez injusto: “Cuando el Hijo del Hombre venga, ¿hallará fe en la tierra?” (Lc 18:8).

No debemos sorprendernos
Lo más inquietante de todo es que personas que se confiesan “cristianos” que, ignorando la enseñanza de las Escrituras y el fundamento apostólico, defienden estas enseñanzas malignas y a sus promotores, y atacan a aquellos que los cuestionan. Amparándose en la descontextualizada enseñanza de “no juzgar” de Jesús (Mt 7; Lc 6), ignoran y justifican las más terribles y abominables herejías, y los falsos maestros que deberían ser denunciados y rebatidos salen impunes.
Pero no debemos sorprendernos. Desde el tiempo apostólico, la iglesia ha tenido que batallar contra falsos maestros que apartan del camino de la verdad a los discípulos. Se nos ha dejado testimonio por las Escrituras que éstos seguirán surgiendo a medida que nos acercamos al glorioso retorno de Jesucristo: “El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios, mediante la hipocresía de mentirosos que tienen cauterizada la conciencia” (1Ti 4:1-2).

Este escenario sombrío puede llenarnos de tristeza y preocupación, y más cuando son nuestros amigos o familiares los que se encuentran engañados. Podemos llegar a sentirnos solos y luchando contra algo mucho más grande y poderoso que nosotros. Sin embargo, en medio de todo este mar de confusión y engaño, nuestro Dios está al mando de la barca, cumpliendo con Su perfecto plan. Nada de esto lo ha tomado por sorpresa.
No somos los primeros ni los únicos
Aún desde antes del tiempo apostólico, los verdaderos profetas del Señor experimentaron esta misma sensación de soledad y desánimo. Quiero centrarme en un ejemplo muy representativo: Elías. Este profeta fue perseguido por el malvado rey Acab y su esposa por denunciar severa y valientemente la maldad y la idolatría del pueblo de Israel. Tal era la animadversión de estos gobernantes y del pueblo contra el Dios Verdadero que impulsaron una campaña de exterminio de sus profetas, al punto que Elías, escondido y exiliado, pensó que era al único sobreviviente:
He tenido mucho celo por el Señor, Dios de los ejércitos; porque los israelitas han abandonado Tu pacto, han derribado Tus altares y han matado a espada a Tus profetas. He quedado yo solo y buscan mi vida para quitármela (1R 19:10).

En medio de este escenario terrible, donde Elías pidió al Señor que le quitara la vida, el Señor le proveyó alimento, se le apareció y le prometió que todos los malvados recibirían su justa paga. Pero, a pesar de lo que pensaba Elías, el Señor le reveló que él no era el único que se encontraba batallando contra todos. Lo consoló con estas palabras: “Pero dejaré 7,000 en Israel, todas las rodillas que no se han doblado ante Baal y toda boca que no lo ha besado” (1R 19:18). ¡Imagina lo que sintió Elías al escuchar estas palabras! Sin duda alguna ya no se sintió solo, y se solidarizó con todos aquellos que habían resistido como él esa tremenda persecución.
Dios se ha reservado un remanente fiel
Aunque no podamos verlo, en medio del mar de confusión, Dios tiene un remanente fiel al que ha preservado por gracia de la corrupción, aunque sea muy pequeño en comparación a la multitud engañada. Recordemos que 7000 era una minoría en el antiguo Israel. Esto no debe sorprendernos, pues Jesús ya lo había anunciado:
Entren por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan (Mt 7:13-14).

Durante el ministerio terrenal del Señor Jesús lo siguieron muchedumbres multitudinarias, pero después de Su muerte y resurrección, quedaron solo unos cientos (Hch 1:15). El apóstol Pablo, predicador de multitudes y reconocido por todos los discípulos en el primer siglo, terminó solo con unos cuantos colaboradores (2Ti 4:9-16).
Hoy, nuestro Dios sigue haciendo la misma obra: sigue preservando a los Suyos para salvación, así parezcan pocos, rescatándolos del engaño y de las garras del maligno. Nuestro Dios es Todopoderoso y Soberano. Podemos confiar en que Él poderosamente guardará a Sus escogidos mientras nosotros seguimos perseverando en la verdad, predicando el verdadero evangelio y denunciando a los que lo corrompen. ¡No nos desanimemos ni desfallezcamos en nuestro corazón! Atendamos a la exhortación que Pablo hace a Timoteo cuando estaba próximo a morir:
Y en verdad, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús, serán perseguidos. Pero los hombres malos e impostores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados. Tú, sin embargo, persiste en las cosas que has aprendido y de las cuales te convenciste, sabiendo de quiénes las has aprendido. Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús (2Ti 3:12-15).
