Agosto 9
“Jonás se levantó, pero para huir a Tarsis, lejos de la presencia del Señor. Y descendiendo a Jope, encontró un barco que iba a Tarsis, pagó el pasaje y entró en él para ir con ellos a Tarsis, lejos de la presencia del Señor”. Jonás 1:3
El camino de la desobediencia es siempre una trayectoria descendente, esto es, hasta que Dios interviene. En la prisa de Jonás por huir del mandato del Señor de predicar un mensaje de arrepentimiento a los ninivitas, descendió “a Jope”, al “barco” y al vientre del gran pez (Jon 2:6), donde llegó a sentir que “la tierra con sus cerrojos [le] ponía cerco para siempre”.
Cuando Jonás estaba profundamente dormido bajo la cubierta del barco, tratando de huir de Dios, “el Señor desató sobre el mar un fuerte viento, y hubo una tempestad tan grande en el mar que el barco estuvo a punto de romperse” (Jon 1:4). Sin embargo, en medio de una furiosa tempestad y de la frenética actividad de los marineros que gritaban, lloraban, oraban y arrojaban cosas al agua, Jonás siguió durmiendo.
¿Cómo es posible que Jonás estuviera tan agotado? Seguramente estaba física y espiritualmente agotado por su decisión de huir de Dios. Aunque la desobediencia puede ser estimulante en el momento, pudiendo proporcionar una buena sensación momentánea, al final siempre es agotadora. Es difícil dar coces contra el aguijón (Hch 26:14). Difícilmente se puede encontrar un sueño más miserable o desolado que el que sigue a nuestra rebelión contra una palabra de Dios y el posterior deseo de escondernos de todo el mundo retirándonos a la intimidad de nuestra cama.
Jonás quería que Dios le dejara en paz. Sin embargo, Dios fue demasiado misericordioso para hacerlo. Así que envió una tormenta, y la tormenta envió al capitán del barco a buscar a Jonás y despertarlo. El capitán utilizó la misma palabra que Dios había pronunciado anteriormente para llamar a Jonás a predicar: “¡Levántate, invoca a tu Dios!” (Jon 1:6, énfasis añadido; cf. Jon 1:2).
Aquí, entonces, hay un cuadro de gran renuncia: no solo la renuncia de Jonás a hacer lo que se le dice, sino la renuncia de Dios a dejar a Su siervo en el abatimiento y la miseria de su pecado. Los tres días que Jonás pasaría pronto en el vientre del gran pez dan testimonio de esta verdad acerca de Dios. Aunque la rebelión de Jonás merecía un castigo, Dios pronto rescataría a Jonás de perecer en el mar y lo restauraría para que predicara el juicio y la misericordia al pueblo de Nínive.
Dios acude a nosotros una y otra vez en nuestra desobediencia, sin dejar que nos revolquemos en nuestro pecado. Aunque nos tapemos los oídos y finjamos no oírle, y aunque nos neguemos rotundamente a obedecer, Dios persigue a Sus hijos errantes. Nos ama tanto que no quiere abandonarnos a nuestra voluntad. En nuestro pecado, no podemos escapar de la misericordia de Dios, que nunca nos dejará ni nos abandonará.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
