Consejos para glorificar a Dios en tu vida diaria

Las preocupaciones del día a día nos distraen de nuestra verdadera misión: glorificar a Dios en todo. ¿Qué podemos hacer? 
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Todo cristiano debe tener como propósito principal de su vida la gloria de Dios. Hemos sido rescatados y comprados para anunciar las virtudes de nuestro Salvador (1P 2:9) y para que Él sea conocido por todas las personas. Sin embargo, en medio de nuestras múltiples ocupaciones cotidianas, olvidamos el propósito de nuestro llamado. Cabe preguntarnos: ¿realmente estamos viviendo de una manera digna de nuestro llamado (Col 1:10)? Vivir para el Señor no es un acto aislado, sino una disposición constante del corazón que se cultiva día a día, en cada momento del día.

A continuación, te presento cinco consejos para vivir conscientemente para la gloria de Dios en tu día a día, basados en las Escrituras.

1. Comencemos bien el día

Nuestra perspectiva diaria cambia cuando comprendemos que no despertamos por azar. Al abrir los ojos, debemos reconocer que el Señor es nuestro Creador y que nos ha regalado un día más de existencia. No estamos aquí simplemente para “gastar oxígeno”, por así decirlo, sino porque Dios tiene un diseño específico para nuestra jornada que apunta hacia Su gloria. Comenzar reconociendo esta realidad nos otorga la óptica correcta para pedir gracia en oración, permitiéndonos morir al “yo”, tomar nuestra cruz y seguir a Jesús un día a la vez.

Todo cristiano debe tener como propósito principal de su vida la gloria de Dios. / Foto: Pexels

Los pasajes a continuación son un recordatorio de estas verdades: 

Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza:
Que las misericordias del Señor jamás terminan,
pues nunca fallan Sus bondades;
Son nuevas cada mañana;
¡Grande es Tu fidelidad! (Lam 3:21-23).

Oh Señor, ten piedad de nosotros; en Ti hemos esperado.
Sé nuestra fortaleza cada mañana (Is 33:2).

Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es Aquel que prometió (Heb 10:23). 

Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron. Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos (2Co 5:14-15).

Al abrir los ojos, debemos reconocer que el Señor es nuestro Creador y que nos ha regalado un día más de existencia. / Foto: Pexels

2. Examinemos las motivaciones de todo lo que hacemos

Nuestras motivaciones actúan como las vías de un tren: deben ser firmes y apuntar siempre hacia un destino claro. La instrucción bíblica es radical: “Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1Co 10:31). 

No obstante, tendemos a desviarnos con facilidad hacia el egoísmo. Esta alineación interna se evidencia en nuestras reacciones ante la adversidad: si buscamos nuestra propia gloria, responderemos al daño con más daño y a la injusticia con venganza. En cambio, si buscamos la gloria de Dios, seremos capaces de bendecir a quienes nos maldicen, hacer bien a quienes nos dañan y devolver bien por mal. No buscamos nuestra propia justicia, sino que reconocemos que Jesucristo es nuestra justicia ante el Padre; ahora somos Suyos y para Él existimos. Pablo lo dice esta forma:

¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos? Porque han sido comprados por un precio. Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo y en su espíritu, los cuales son de Dios (1Co 6:19-20).

Si buscamos nuestra propia gloria, responderemos al daño con más daño y a la injusticia con venganza. / Foto: Unsplash

3. Determinemos que toda decisión diaria glorifique a Dios

Un atleta que quiere ganar una carrera es estricto a la hora de tomar decisiones para lograr sus objetivos. De la misma manera, la vida de todo cristiano es como una carrera de un largo tramo, donde cada comida, inversión de tiempo o dinero, se enfoca en llegar a la meta. El creyente debe evaluar qué cosas le contribuyen a alcanzar la meta, y cuáles le estorban. Por eso el autor de Hebreos nos exhorta a despojarnos de lo que no sirve:

Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios (Heb 12:1-2).

Un atleta que quiere ganar una carrera es estricto a la hora de tomar decisiones para lograr sus objetivos. / Foto: Unsplash

Nuestros días están compuestos por una sucesión constante de decisiones, desde las más triviales hasta las más trascendentales. Ante cada encrucijada, debemos aplicar un filtro espiritual preguntándonos: “¿Glorificará esto a Dios? ¿Me hace más semejante a Jesucristo? ¿Daría Cristo este paso?”.

Ahora, aquello que glorifica a Dios muchas veces quitará el foco de nuestro reconocimiento. Pero no temas si tú pareces “menos beneficiado” en una decisión, siempre que Dios reciba mayor gloria. Hagamos nuestra la actitud de Juan el Bautista: “Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya” (Jn 3:30). Decidamos día a día la gloria de Dios, aunque nos cueste nuestra vida por completo: “Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos” (Ro 14:8).

El creyente debe evaluar qué cosas le contribuyen a alcanzar la meta, y cuáles le estorban. / Foto: Lightstock

4. Escojamos siempre servir antes que ser servidos

Cristo transformó el concepto de grandeza al ceñirse una toalla y lavar los pies de Sus discípulos, dejándonos el ejemplo de que el mayor será el servidor de todos. Como cristianos, debemos ser proactivos en el servicio. Esto se aplica a cada rol que desempeñamos: el esposo sirve a su esposa y viceversa, el hijo a sus padres y viceversa, el empleado a sus compañeros y el jefe a sus empleados. Jesús fue claro al diferenciar el liderazgo del mundo del liderazgo en Su Reino:

Pero Jesús, llamándolos junto a Él, dijo: “Ustedes saben que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre ustedes, sino que el que entre ustedes quiera llegar a ser grande, será su servidor, y el que entre ustedes quiera ser el primero, será su siervo; así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos” (Mt 20:25-28).

¿Tienes ese espíritu de servicio o esperas que los demás tomen la iniciativa? Dios es glorificado cuando renunciamos a nuestra comodidad para atender las necesidades del prójimo, tal como lo hizo Jesús.

5. Vivamos diariamente en arrepentimiento y confianza en la gracia de Cristo

Es una realidad inevitable: fallaremos. Aunque hemos sido salvados del castigo por el pecado y ya no estamos esclavizados a él, todavía estamos en proceso de ser librados de su poder mientras esperamos la liberación final de su presencia en nuestras vidas. Mientras habitemos en estos cuerpos, el pecado morará en nosotros y tropezaremos, por lo que el arrepentimiento debe ser una práctica constante y permanente. El arrepentimiento es sentir dolor por el pecado, y tomar la decisión de apartarnos de él con la ayuda del Señor. Martín Lutero afirmó lo siguiente en una de sus 95 tesis: “La voluntad de nuestro Señor y Amo Jesucristo, es que toda la vida de los creyentes sea de arrepentimiento”.

El arrepentimiento es sentir dolor por el pecado, y tomar la decisión de apartarnos de él con la ayuda del Señor. / Foto: Unsplash

Ahora, aunque debemos dolernos por el pecado, esto no debe llevarnos a la desesperación, sino a aferrarnos a la gracia de Dios en Jesucristo, como escribió el apóstol Juan: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad… Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos Abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo” (1Jn 1:9, 2:1). 

La gracia es la miel que endulza cada instante de nuestra vida, recordándonos que no son nuestras obras las que nos justifican ante Dios, porque como dice la Escritura: “Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado” (Ro 3:20). Nuestra esperanza descansa en la vida perfecta de Cristo ofrecida por nosotros: “Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2:8-9).

La gracia es la miel que endulza cada instante de nuestra vida, recordándonos que no son nuestras obras las que nos justifican ante Dios. / Foto: Envato Elements

Día a día, en cara a la eternidad

Finalmente, vivir para la gloria de Dios cada día implica aceptar que nuestra ciudadanía está en los cielos, desde donde esperamos ansiosamente a nuestro Salvador (Fil 3:20). No debemos esperar una vida fácil ni exenta de dolor; pues “a ustedes se les ha concedido por amor de Cristo, no solo creer en Él, sino también sufrir por Él” (Fil 1:29). Aunque las aflicciones en este mundo sean ciertas (Jn 16:33), tenemos la promesa de que Cristo nos guarda del maligno mientras cumplimos nuestra misión en la tierra; estamos en el mundo, pero no somos del mundo; hemos sido santificados en Su verdad, Su Palabra (Jn 17:14-18). Vivamos con gozo nuestra redención, con una perspectiva real y eterna en nuestra realidad diaria. Todo lo demás será pasajero; solo la Palabra de Dios permanece para siempre.

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Enrique Oriolo

Enrique es co-fundador de Soldados de Jesucristo, actualmente sirve como misionero y pastor ordenado en la Iglesia Bíblica de City Bell, en Argentina. Está casado con Tamara y es padre de dos hijas, Luz y Paz.

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