Según la Biblia, la vida cristiana es, en esencia, una carrera de resistencia hasta la meta, y la meta el encuentro final con nuestro Salvador, Cristo Jesús (Heb 12:1). Esta carrera tiene una pista claramente definida: los mandamientos que el Señor nos ha dejado en Su Palabra. Sin embargo, está llena de peligros y obstáculos. Todo corredor deberá prepararse para enfrentarlos si quiere llegar hasta el final.
Siguiendo la analogía que usa el autor de Hebreos, el pecado en la vida de un cristiano es como poner un peso excesivo sobre un atleta; este le hará tropezar o le hará el trayecto mucho más difícil. Por eso recibimos la siguiente exhortación: “Despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Heb 12:1-2).
Comprender cómo el pecado puede estorbarnos nos permitirá estar mejor preparados para correr la carrera de la fe y despojarnos del peso del pecado que nos estorba.
La tentación del pecado es un engaño
Desde el libro de Génesis, Dios nos muestra que el pecado entró en mundo por causa del engaño de la astuta serpiente, Satanás (Gn 3:1). Él no incitó a la primera pareja a desobedecer a Dios sin razón, sino que presentó un “camino mejor” al que Dios había ordenado. La tentación siempre consistirá en hacernos pensar que el camino del pecado es más fácil, placentero o gratificante que Dios, y apelará a nuestros deseos y anhelos más profundos (Stg 1:14). Esta es la razón por la que el pecado es una ofensa directa a Dios, y es tan abominable ante el Señor: lo presenta como un mentiroso, como alguien que dice llenarlo todo, pero que al final nos decepcionará.

El tentador tendrá como objetivo desviar nuestra mirada de nuestro mayor gozo y galardón, Jesús, para fijarla en los placeres temporales del pecado (Heb 11:25) que, en realidad, no son más que espejismos vacíos. Esta dinámica se vuelve especialmente peligrosa durante periodos de gran adversidad o aflicciones profundas, en los cuales somos más vulnerables a la incredulidad, cayendo en la mentira de que Dios ha dejado de ser fiel o bueno, o que no vale la pena obedecerlo.
La verdad es que de Dios proviene todo lo bueno (Stg 1:17), y en Él se encuentra toda nuestra plenitud y gozo perpetuos, como dice el Salmo 16:11: “En Tu presencia hay plenitud de gozo; en Tu diestra hay deleites para siempre”.

Los ejemplos de José y Job
José ejemplifica cómo preferir la obediencia a Dios por encima de los placeres temporales del pecado. Su relación con el Señor se mantuvo sólida a pesar de haber vivido años de adversidades y tribulaciones. Al enfrentar la seducción de la mujer de su amo, José reconoció no solo las consecuencias sociales, sino la gravedad de la ofensa a Dios. La Biblia relata este encuentro en Génesis 39:7-10:
Sucedió después de estas cosas que la mujer de su amo miró a José con deseo y le dijo: “Acuéstate conmigo”. Pero él rehusó y dijo a la mujer de su amo: “Estando yo aquí, mi amo no se preocupa de nada en la casa, y ha puesto en mi mano todo lo que posee. No hay nadie más grande que yo en esta casa, y nada me ha rehusado excepto a usted, pues es su mujer. ¿Cómo entonces podría yo hacer esta gran maldad y pecar contra Dios?”.
José pudo haber usado sus tragedias pasadas como una excusa para pecar, intentando “equilibrar la balanza” ante su sufrimiento, pero en lugar de eso, decidió glorificar a Dios buscando una vida de integridad. Su corazón estaba más allá de los deleites de que este mundo puede ofrecer.

Por su parte, Job es el ejemplo supremo de cómo mantenerse firme ante el dolor profundo sin creer que Dios ha dejado de ser fiel. Mientras que su esposa le aconsejaba maldecir a Dios y morir, Job decidió mantenerse en su fe, confiando en los propósitos soberanos del Creador, tal como Abraham lo hizo en su momento (Ro 4:18). Tras perderlo todo, su respuesta fue de adoración: “Y dijo: ‘Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor’. En todo esto Job no pecó ni culpó a Dios” (Job 1:21-22).
Obedecer al Señor siempre será el mejor camino. Ahora bien, esta obediencia no surge de la mera voluntad. En nuestra carrera cristiana Dios no nos ha dejado a expensas de nuestra propia capacidad para vencer el pecado y correr la carrera con paciencia.

Lo que Dios ha hecho para vencer el pecado
Para un cristiano, sus pecados ya no lo separan de Dios, porque han sido pagados. El evangelio es justamente la noticia de que Dios nos reconcilia con Él por medio de la fe en la obra de Jesús, y el pecado ya no es un estorbo para que nos podamos relacionar con Dios sin temor ni vergüenza (Ro 5:1-2). Fue Dios quien nos concedió conocerle y creer en Su Hijo Jesucristo (Fil 1:29), y esa fe no ha sido ganada por nuestro esfuerzo, sino que es un regalo de Dios (Ef 2:8).
Así mismo, aunque nuestra fe es frágil, Dios ha prometido que será probada y fortalecida por Su obra en nosotros (Col 1:11). El Señor mismo fortalecerá nuestra confianza en Él en medio de tribulaciones y pruebas:
Mediante la fe ustedes son protegidos por el poder de Dios, para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo. En lo cual ustedes se regocijan grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, sean afligidos con diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo (1P 1:5-7).
Aunque no siempre conozcamos el fin de nuestro sufrimiento, tenemos la promesa de que todas las cosas ayudan a bien a quienes aman a Dios (Ro 8:28), y que Él es poderoso para llevarnos hasta la meta. Como bien dijo Spurgeon: “Cuando no puedes rastrear Su mano, siempre puedes confiar en Su corazón”. Jesús mismo es el mayor ejemplo de confianza en Dios en medio de las tribulaciones, y al final recibió la recompensa por Su obediencia (Heb 12:2-3).
Como dije anteriormente, la tentación del pecado es, en esencia, un engaño. Entonces, el cristiano debe entrenarse intencionalmente en poner sus ojos en Jesús, el Autor y Consumador de la fe (Heb 12:2), y en las cosas que están donde Jesús está. El apóstol Pablo nos instruye en Colosenses 3:1-4:
Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria.

Digamos con el rey David: “Me deleito en hacer Tu voluntad, Dios mío; Tu ley está dentro de mi corazón” (Sal 40:8). De esta manera, podemos rechazar las distracciones que el pecado nos ofrece, y correremos con paciencia la carrera que tenemos por delante, hasta llegar a la meta.