Julio 4
Yo les he dado a conocer Tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y Yo en ellos (Juan 17:26).
Imagina que puedes disfrutar lo que es más placentero con energía y pasión ilimitadas para siempre.
Esta no es nuestra experiencia actual. Hay tres cosas se interponen entre nosotros y nuestra total satisfacción en este mundo:
- Nada en este mundo, tiene un valor personal tan alto que pueda satisfacer los deseos más profundos de nuestro corazón.
- Carecemos de las fuerzas para gozar los mejores tesoros a su máxima expresión.
- Nuestras alegrías aquí tienen un final. Nada dura para siempre.
Pero si el propósito de Jesús en Juan 17:26 se cumple, todo esto cambiará. Jesús ora a Su Padre por nosotros: “Yo les he dado a conocer Tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y Yo en ellos”. Dios no ama al Hijo como ama a los pecadores. Ama al Hijo porque el Hijo es infinitamente digno de amor. Es decir, ama al Hijo porque el Hijo es infinitamente hermoso. Lo cual significa que este amor es puro placer. Jesús ora para que este placer que Dios tiene en Su Hijo sea el mismo placer que nosotros tenemos en el Hijo.
Si el deleite de Dios en el Hijo se vuelve nuestro placer, entonces el objeto de nuestro placer, Jesús, será inagotable en valor personal. Él nunca se volverá aburrido, ni decepcionante, ni frustrante. No hay tesoro que sea más grande que el Hijo de Dios.
Pero a esto hay que añadir lo que Jesús pide en oración: que nuestra capacidad (nuestra energía, nuestra pasión) para saborear este tesoro inagotable no se vea limitada por las debilidades humanas. Disfrutaremos del Hijo de Dios con el mismo gozo de Su Padre omnipotente.
El deleite de Dios en Su Hijo estará en nosotros y será nuestro. Y nunca acabará, porque el Padre y el Hijo nunca dejarán de ser. El amor del uno por el otro será nuestro amor por ellos y, por tanto, nuestro amor por ellos nunca terminará.
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, páginas 12–13.
