En nuestra carrera como cristianos, muchas veces nos sentimos agotados. Por distintas circunstancias, nos sentimos como si lleváramos una mochila muy pesada por el desierto a pleno mediodía, a punto de desmayar. Miramos el camino por delante y no vemos el final; miramos a nuestra izquierda y a nuestra derecha y no vemos a nadie junto a nosotros. Nos sentimos sin esperanza, cansados, turbados y terriblemente solos.
Ciertamente ninguno de nosotros es inmune a esta experiencia, pero las Escrituras están llenas de consuelo para nosotros. Nuestro Dios nos invita a llevar ese sentir a Jesús, nuestro Salvador, para recobrar las fuerzas y no rendirnos, encontrando alivio en Él para cada situación abrumadora que enfrentamos. Jesús nos sustenta de, al menos, tres formas.
1. Jesús nos comprende
Jesús, Dios hecho hombre, se encarnó no solo para salvarnos, sino para comprendernos. Nuestra experiencia cristiana rara vez será exactamente la travesía en un desierto ardiente con un gran peso en nuestros hombros; Jesús, en cambio, sí fue tentado por Satanás mismo en medio del desierto, en gran debilidad, hambre y sed (Mt 4:1-2). El autor de la carta a los Hebreos escribe: “Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” (Heb 4:15).
Jesús, siendo perfecto, sufrió tentación y dificultades (como hambre, sed, cansancio, temor y dolor) al igual que nosotros, para así ser nuestro perfecto Sumo Sacerdote, capaz de interceder por nosotros ante el Padre para que podamos recibir auxilio. Como resultado, tenemos este privilegio: “…acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Heb 4:16).

2. Jesús lleva nuestras cargas
Fue Jesús quien llamó a los cansados y les dijo: “Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar. Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí, que Yo soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas” (Mt 11:28). Para comprender este hermoso consuelo que nos ofrece Jesús, necesitamos entender cuáles son las cargas que Él ha prometido llevar.
Primero, está la carga del pecado. John Bunyan (1628–1688) ilustró muy bien esta carga en su obra maestra El progreso del peregrino. La travesía de Cristiano, el personaje principal, hacia la Ciudad Celestial representa la carrera que todo seguidor de Jesús tiene que enfrentar. Cristiano tiene un gran fardo en sus espaldas que lo atormenta y lo estorba en su camino. De la misma manera, el pecado es una carga insoportable (Sal 38:4), un peso que no nos deja correr bien (Heb 12:1), que nos debilita y nos hace desfallecer. Pero Jesús cargó con nuestros pecados sobre la cruz (Is 53:4-6) para que nosotros recibiéramos Su justicia. Al creer en el evangelio (la vida, muerte y resurrección de Jesús), nuestros pecados son perdonados, y ya no tenemos que cargar con ellos. ¡Somos libres para vivir en gozo y paz!

En la alegoría de Bunyan podemos leer cómo Cristiano se libró de su pesada carga:
Cristiano aceleró el paso, pero con gran dificultad debido al peso en sus espaldas. Corrió hasta llegar a una colina donde había una cruz y, al fondo, un sepulcro. Entonces, vi en mi sueño que, en cuanto Cristiano se aproximó a la cruz, la carga cayó de sus hombros y rodó hasta la entrada del sepulcro, donde quedó depositada por completo y ya no vi ningún fardo… Cristiano saltó tres veces por tanta alegría, y continuó el trayecto cantando: …¡Bendita cruz! ¡Bendito sepulcro! ¡Sea todavía más bendecido el Hombre que allí fue avergonzado por este perdido!

Segundo, están los afanes y las preocupaciones de este mundo. Para esto, Jesús también ha prometido darnos el consuelo que necesitamos:
Por tanto, no se preocupen, diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿qué beberemos?” o “¿con qué nos vestiremos?”. Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; el Padre celestial sabe que ustedes necesitan todas estas cosas. Pero busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas (Mt 6:31-33).
Cada vez que vamos a Jesús a entregarle nuestras cargas, el panorama cambia. Aunque nuestra realidad como cristianos sí es el caminar hacia la meta en una ruta hostil, Él está dándonos aliento; es como si estuviéramos siempre frente a Cristo, tomando nuestra pesada mochila, entregándosela a Él a cambio de una pequeña carga. Luego, Él mismo nos proporciona la sombra para descansar del sol abrasador, y Él mismo es nuestra Agua Viva que refresca nuestra sed (Jn 4:14).

3. Jesús está con nosotros
¿Por qué, entonces, muchas veces nos sentimos solos en la carrera? El sol del desierto puede ser tan brillante que puede cegarnos; los problemas y las tentaciones pueden abrumarnos de tal manera que no podemos ver a Cristo delante de nosotros, y nuestra propia mente crea un espejismo de soledad.
Pero nuestro Señor mismo ha dicho que estará con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28:20). Además de esto, nos ha dejado Su Espíritu, el Consolador (Jn 14:16), para que nos capacite y nos ayude en nuestra carrera (Ro 8:26). Él es el poder que levanta al cansado y vivifica al moribundo (Ro 8:11).
Por último, no estamos solos porque hay muchos más corriendo la misma carrera; algunos ya la han terminado (Heb 12:1) y otros están corriéndola junto a nosotros, viviendo los mismos sufrimientos (1P 5:9). La invitación de Jesús a los cansados y cargados no es para un solo individuo, sino que se ha extendido a multitudes de cristianos a lo largo de la historia que han podido comprobar la fidelidad de Dios.

Así, en conclusión, pongamos nuestra mirada en Jesús a medida que enfrentamos las dificultades de esta carrera. Mis palabras se quedan cortas ante las palabras del autor de Hebreos cuando nos dice:
Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios (Heb 12:1-2).