¿Esclavo de tus deseos o soldado para un propósito superior? Únete a la línea de batalla resolviendo disciplinarte a ti mismo.
Si eres cristiano, eres bienaventurado; has sido rescatado de una vana manera de vivir para alcanzar el gozo supremo por la eternidad en la presencia de Dios (Fil 3:14). Pero, de la misma manera, eres como un soldado o un atleta, que sabe que debe ser disciplinado, porque ya no vive para sí mismo, sino para un propósito superior (2Ti 2:3-6). La vida cristiana tiene un claro llamado: ir a la línea de batalla y perseverar hasta vencer. No es un llamado a la pasividad, sino a una disciplina rigurosa que traerá recompensas eternas.
Quiero invitarte a que aprendamos disciplina juntos a partir del ejemplo y el legado de hombres piadosos como el apóstol Pablo y el pastor y teólogo estadounidense Jonathan Edwards.
Las resoluciones de Jonathan Edwards
A los 17 años, el joven Jonathan Edwards vivía para lo que él llamaba “filosofía natural”. Sus días transcurrían disertando sobre temas científicos como la óptica, la refracción de la luz, la circulación sanguínea y la atmósfera; posiblemente su meta era el reconocimiento académico en Europa.
Sin embargo, un evento cósmico alteró su trayectoria: su conversión al cristianismo. Él mismo describió este despertar tras leer 1 Timoteo 1:17: “Al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”. El estudio bíblico se convirtió en el interés que atrajo toda su atención de allí en adelante. Edwards experimentó lo que la Biblia llama regeneración (Tit 3:5) o nuevo nacimiento (Jn 3:3). El Espíritu Santo le resucitó de su muerte espiritual (Ef 2:1) e iluminó sus ojos antes cegados (1P 2:9). Edwards describió esta nueva visión así:
Mientras leía esas palabras, llegó a mi alma, y fue como si se difundiera por ella, un sentido de la gloria del Ser Divino; un sentido nuevo, muy diferente de cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Ninguna palabra de las Escrituras me había parecido semejante a estas palabras. Pensaba para mí, ¡qué excelente es ese Ser, y qué feliz sería, si pudiera disfrutar de ese Dios, y ser arrebatado hacia Él en el cielo; y ser, por así decirlo, absorbido en Él para siempre!

Ahora bien, este cambio no fue solo intelectual; lo impulsó a cambiar las prioridades de su vida, y a someter su voluntad a ellas. A través de sus famosas Resoluciones, Edwards decidió que ningún área de su existencia quedaría al arbitrio de sus impulsos. Sometió, por ejemplo, su tiempo (#5), su estudio (#11), su dieta (#20, #40), su trato con los demás (#14, #16) y su relación con sus padres (#46) a un escrutinio constante. A través de la disciplina personal, Edwards trató de hacer que la búsqueda de la gloria de Dios fuera concreta y específica en su vida. No debe extrañarnos, entonces, que Dios usara tanto a un hombre de tal dominio propio.
Al leer las Resoluciones de Jonathan Edwards podría pensarse que fue un extremista religioso, pero si observamos con criterio lo que el apóstol Pablo escribe acerca de la disciplina personal del cristiano, podemos concluir que también es un llamado para nosotros. Él utilizó el contexto de los Juegos Ístmicos de Corinto, que eran el evento deportivo más importante en el mundo antiguo aparte de los conocidos Juegos Olímpicos, para ilustrar la vida cristiana. Pablo escribió:
¿No saben que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio? Corran de tal modo que ganen. Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Por tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta; de esta manera peleo, no como dando golpes al aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado (1Co 9:24-27).

El atleta no comía lo que quería, ni dormía cuando quería; subordinaba sus deseos presentes a una victoria futura. Pablo argumenta que sin sacrificio y dominio propio no hay victoria ni éxito en el deporte, ni en la vida cristiana o en el ministerio. Si se requería tal disciplina para ganar una corona de hojas que se marchitaba, nosotros tenemos razones mayores para el dominio propio. Como explica John MacArthur: “La disciplina y dominio propio de los atletas es una reprensión para los cristianos a medias y fuera de forma que no hacen nada para prepararse a sí mismos con el fin de dar testimonio a los perdidos, y en consecuencia rara vez lo hacen”.
Pablo nos dice que sigamos su ejemplo de someter el cuerpo (1Co 9:27) a no ser sus esclavos, complaciéndolo en cada deseo. Su cuerpo estaba bajo control. Es vital entender que Pablo no “demonizaba” el cuerpo; él sabía que “todo lo creado por Dios es bueno” (1Ti 4:4-5) y rechazaba el ascetismo legalista que prohíbe alimentos o el matrimonio (1Ti 4:1-3). El punto no es la privación, sino el control. El cuerpo debe ser un esclavo útil para la piedad, no un amo tiránico que nos descalifique de la carrera.

El dominio propio: muralla y control
En el Antiguo Testamento, una de las palabras que se usan para referirse al dominio propio es מַעְצָר (mǎʿ·ṣār). Proverbios 25:28 nos da una imagen vívida: “Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina [mǎʿ·ṣār] su espíritu”. En la antigüedad, una ciudad sin muros era una ciudad condenada, expuesta a cualquier saqueador. El dominio propio es la muralla, una defensa, que protege nuestra alma de la destrucción del pecado.
Las Escrituras nos muestran algunos ejemplos de personas que no tuvieron murallas. Rubén fue “incontrolable como el agua” (Gn 49:4) y perdió su preeminencia por su falta de control sexual. Salomón confesó que “de todo cuanto mis ojos deseaban, nada les negué, ni privé a mi corazón de ningún placer” (Ec 2:10). Su falta de límites lo llevó a la deriva espiritual.
Por otra parte, en el Nuevo Testamento, una de las palabras que se usan para referirse al dominio propio es ἐγκράτεια (enkrateia). Gálatas 5:23 y 2 Pedro 1:6 refuerza la idea del señorío sobre uno mismo. Alistair Begg lo define magistralmente:
El dominio propio es la habilidad empoderada por el Espíritu Santo y guiada por la Palabra de evitar excesos y mantenerse en los límites dados por Dios, de manera que obedezcamos las Escrituras y cultivemos la aptitud de vivir considerada y cuidadosamente haciendo lo correcto a pesar de nuestros deseos.
Jesús lo resumió en Su llamado al discipulado: “Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo” (Lc 9:23). Es la transición de vivir para el “yo” a vivir para Aquel que murió por nosotros (2Co 5:15).

La motivación correcta para ejercer el dominio propio
Llegados a este punto, podríamos pensar que el dominio propio se trata exclusivamente de nuestro propio esfuerzo, y que las enseñanzas de Pablo no eran diferentes a lo que predicaba la filosofía griega de Platón o Aristóteles, que exaltaba el dominio propio como una virtud que todo ser humano debe cultivar. Tito, un cristiano del primer siglo que se encontraba sirviendo en la isla de Creta, cuya población era conocida por sus excesos y era descrita como “siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos” (Tit 1:12), fue el destinatario de una carta del apóstol Pablo donde podemos profundizar en la naturaleza del dominio propio desde la perspectiva cristiana.
Pablo insiste que Tito enseñe a los cristianos cretenses a ejercitar el dominio propio. Los pastores deben ser “dueños de sí mismos” (Tit 1:8); los ancianos deben ser sobrios y prudentes (Tit 2:2), las ancianas no deben ser esclavas del vino (Tit 2:3), las jóvenes y los jóvenes deben ser instruidos en la prudencia (Tit 2:4-6). La carta a Tito es, sin duda, un llamado a ejercitar el dominio propio, y Pablo revela el motor para lograrlo en Tito 2:11-14:
Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos que, negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús. Él se dio por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad y purificar para Sí un pueblo para posesión Suya, celoso de buenas obras.
El dominio propio del cristiano no es un esfuerzo vacío; surge de la capacidad que nos ha sido otorgada por la obra de Cristo a nuestro favor, y es impulsado y motivado por las realidades y promesas que tenemos en Cristo.

De acuerdo con Tito 2:11-14, nuestra capacidad de decir “no” a las pasiones nace de tres realidades: la gracia manifestada que nos da el poder y el perdón (1Jn 1:9); la “Esperanza Bienaventurada”, la venida de Cristo nos recuerda que esta lucha tiene un fin cercano (1 Jn 3:2); y la redención de Cristo en la cruz a nuestro favor, que nos garantiza el perdón de Dios por cada vez que hemos dicho “Sí” a nuestros deseos pecaminosos (Col 2:13-14). En conclusión, el dominio propio no es el camino para alcanzar el favor de Dios, sino la respuesta de un corazón que ya ha sido alcanzado por Su gracia.
Te invito a unirte a la línea de batalla, como lo hicieron Pablo y Jonathan Edwards. Negarnos a nosotros mismos para seguir a Jesús no es extremismo religioso, ni legalismo, sino el llamado del Señor para todos Sus discípulos. Vivamos como personas renovadas, que ya no somos esclavos del pecado, ejerciendo el dominio propio en cada área de nuestra vida en el poder del Espíritu Santo, para la gloria de Dios y para nuestro gozo.