Noviembre 4
Y si Dios así viste la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¿no hará Él mucho más por ustedes, hombres de poca fe? (Mateo 6:30).
Jesús dice que la raíz de la ansiedad es la falta de fe o, como Él lo llama: la “poca fe”, en la gracia futura de nuestro Padre.
Una reacción a esto podría ser: “¡Estas no son buenas noticias! De hecho, es muy desalentador saber que lo que pensaba que era una simple lucha con una tendencia ansiosa es, en realidad, una lucha mucho más profunda con mi confianza en Dios”.
Mi respuesta a este desánimo es estar de acuerdo, pero luego discrepar.
Supongamos que has tenido dolor de estómago y has estado luchando con medicamentos y dietas de todo tipo, pero sin éxito. Y luego supongamos que tu médico te dice, después de una visita de rutina, que tienes cáncer en el intestino delgado. ¿Sería eso una buena noticia? Tú dices: “¡Rotundamente no!”. Y yo estoy de acuerdo.
Pero permíteme plantear la pregunta de otra manera: ¿te alegra que el médico haya descubierto el cáncer mientras aún es tratable, y que de hecho, se puede tratar con mucho éxito? Tú dices: sí, me alegra mucho que el médico haya encontrado el verdadero problema. De nuevo, estoy de acuerdo.
La noticia de que tienes cáncer no es buena noticia. Pero, en un sentido, sí lo es, porque saber qué te pasa realmente es bueno, en especial cuando tu problema puede tratarse con éxito.
Así es cómo aprendemos que el verdadero problema detrás de la ansiedad es la poca fe (como dice Jesús) en las promesas de la gracia venidera de Dios. Y Él puede obrar de maneras maravillosamente sanadoras cuando clamamos: “Creo; ayúdame en mi incredulidad” (Marcos 9:24).
