Noviembre 3
Consideró como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa (Hebreos 11:26).
No elegimos el sufrimiento simplemente porque se nos ordena, sino porque Aquel que nos lo ordena lo describe como el camino al gozo eterno.
Él no nos invita a la obediencia al sufrimiento para demostrar la fuerza de nuestra devoción al deber, ni para revelar el vigor de nuestra determinación moral, ni para demostrar la magnitud de nuestra tolerancia al dolor, sino para manifestar, con una fe como la de un niño, la infinita hermosura de Sus promesas que todo lo satisfacen, es decir, la grandeza y belleza, que todo lo satisfacen, de Su propia gloria como cumplimiento de las promesas.
Moisés “[escogió] ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los placeres temporales del pecado… porque tenía la mirada puesta en la recompensa” (Hebreos 11:25-26). Por tanto, su obediencia glorificó la recompensa, es decir, todo lo que Dios es para él en Cristo. Entonces, la determinación de sufrir no fue la que glorificó la recompensa.
Esta es la esencia del hedonismo cristiano. En la búsqueda de la alegría por medio del sufrimiento, magnificamos el valor que todo lo satisface de la Fuente de nuestra alegría. Dios mismo brilla como el resplandor al final de nuestro túnel de dolor.
Si no comunicamos que Él es la meta y la base de nuestra alegría en el sufrimiento, entonces se perderá el significado mismo de nuestro sufrimiento.
El significado es este: Dios es ganancia. Dios es ganancia. Dios mismo es ganancia. Ese es el significado de nuestro sufrimiento.
El fin principal del hombre es glorificar a Dios. Y es más cierto en el sufrimiento que en cualquier otro lugar, que Dios se glorifica más en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él.
