Si quieres saber de qué se trató la Reforma protestante sin tener que leer montones de libros de historia, tal vez lo más claro sea fijarte en los resultados teológicos. En particular, hay que destacar el redescubrimiento de cinco doctrinas bíblicas fundamentales que habían quedado ocultas al público por la versión medieval de lo que hoy conocemos como la Iglesia católica romana. Y para que lo sepas, Roma todavía se opone abiertamente a estas doctrinas o las distorsiona gravemente. Usando los nombres en latín que se les dio a cada una, son:
Sola Scriptura (solo la Escritura)
Los reformadores estaban de acuerdo en que la Biblia enseña todo lo necesario para la salvación y la vida cristiana (ver 2P 1:1-4). Consideraban que la Palabra de Dios era la única norma a la que debían someterse las conciencias de las personas. Roma, por otro lado, tanto antes como ahora, niega la sola Scriptura al elevar los decretos papales y la tradición de la iglesia a lo que ellos dicen que son posiciones de autoridad iguales (pero que en realidad son superiores) a la de la Biblia. Cuando el significado de la Biblia difiere de la opinión del papa o de la doctrina oficial (como ocurre muy a menudo), la Palabra de Dios queda relegada a un segundo plano.
Sola Gratia (solo por gracia)
Los reformadores entendieron que la salvación no es un evento cooperativo llevado a cabo por Dios y el hombre trabajando juntos. En la salvación, los pecadores son rescatados de la ira de Dios solo por Su gracia (cp. Tito 3:3-7). La gracia de Dios es Su favor espontáneo e inmerecido, otorgado al pecador espiritualmente muerto e indefenso por medio de la obra regeneradora del Espíritu Santo. Dios, en Su misericordia, libera a quienes está salvando de su propia esclavitud voluntaria al pecado y, así, les permite arrepentirse y creer (ver Jn 3:3; 6:44; Ro 8:6-8; 9:16). Curiosamente, este punto de la doctrina es objeto de controversia hoy en día, no solo por parte de Roma, sino también de muchos evangélicos.
Sola Fide (solo por la fe)
“Justificado” es el término bíblico que describe a una persona como perdonada, inocente y perfectamente justa ante los ojos de Dios. Según las Escrituras, la justificación se le concede al pecador solo por gracia y solo por la fe, “no por obras, para que nadie se jacte” (Ef 2:8-9; ver Ga 2:16). Sin embargo, según el dogma oficial católico romano, usar la palabra “solo” después de “fe” te ganará un anatema (condena formal). ¡Roma, de hecho, te prohíbe creer o repetir lo que la Biblia dice claramente! Insisten en que, si bien la justificación comienza con la fe, solo puede completarse mediante el esfuerzo personal del pecador. En la teología católica romana, no se puede decir: “Por lo tanto, habiendo sido justificados por la fe”, o: “Habiendo sido ahora justificados por Su sangre” (las palabras exactas de Pablo en Romanos 5:1 y 5:9). Según Roma, solo puedes creer que estás siendo justificado, por la fe más las obras.
Solus Christus (solo Cristo)
Los reformadores entendieron que la salvación del pueblo de Dios era obra exclusiva de Jesucristo. Su muerte fue un sacrificio suficiente y eficaz por el pecado (cp. Heb 9:12, 26, 28; 10:12, 14). Él es el único mediador entre Dios y los hombres (cp. 1Ti 2:5). Solo la justicia de Cristo (no la justicia personal del pecador) merece la justificación del pecador creyente (2Co 5:21) . Roma, por otro lado, exige la realización de siete obras de mérito esenciales (sacramentos) para la justificación. Roma también insiste en que María (no Jesús) es la dispensadora de la gracia. Mientras que Roma niega que la justicia de Cristo pueda imputarse al pecador creyente, se dice que María tiene una gran cantidad de justicia de sobra que puede imputarse a los pecadores. Esta forma de blasfemia contra el Hijo de Dios ya es bastante grave, pero culmina en una blasfemia contra Dios Padre: la idolatría del culto a María. A María se la alaba como la “corredentora” y “comediadora” junto con Cristo. Roma incluso se refiere a ella en algunos lugares como la salvadora de la humanidad, aquella que le ordena a Dios que salve a quien ella quiera.
Soli Deo Gloria (solo a Dios la gloria)
Es obvio que, en la teología católica romana, María recibe el mismo mérito (si no mayor) que Dios por la salvación de los pecadores. Roma la glorifica abiertamente. Además, a Dios se le roba Su gloria al hacer que sea el pecador quien, en última instancia, se gane (por medio de los sacramentos) o sufra (mediante el Purgatorio) su propio camino al cielo. Pero la Biblia insiste, y los reformadores lo reconocieron, en que Dios salva a los pecadores por Sí mismo. Por tanto, solo Él debe recibir toda la alabanza y la gloria. Y el Dios de la Biblia es un Dios celoso (cp. Ex 20:5). No compartirá Su gloria con nadie (cp. Is 42:8; 48:11).
Entonces, ¿qué fue lo que se reformó (o se recuperó) durante la Reforma protestante? En última instancia, fue el evangelio de la gracia de Dios. Y la “iglesia” que robó el evangelio la primera vez lo volverá a hacer con gusto si los cristianos de todo el mundo no se toman en serio el mandato de “luchar ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos” (Jud 3).
Publicado originalmente en For the Church.