Cómo vivir la vida que nunca quisiste

Aunque es difícil de creer, el día vendrá cuando nuestras lágrimas serán enjugadas por el Dios Todopoderoso, tu Padre.
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¿Cómo vives una vida en la que nunca obtuviste la educación que soñaste o en la que el hombre correcto nunca llega o en la que tu hijo siempre es el pródigo o quizás una en la que no tienes hijos? O tal vez tu matrimonio siempre es problemático, nunca hay suficiente dinero para estar cómodos, ese amigo nunca regresa a tu vida o la enfermedad finalmente sigue su curso. El mundo es un lugar cruel. Tenemos el cimiento sólido de que Cristo regresará por los que son Suyos (Heb. 9:28) y aunque esto nos da esperanza para resistir, mientras tanto debemos combatir con esta vida en este mundo y con los problemas que se nos ha dicho que debemos esperar que vendrán (Juan 16:33). Esta lista no es exclusiva ni universal, sin embargo, aquí hay algunas de las cosas que más me han ayudado cuando me he sentido no tan bendecida:

  1. Ora

Cuando somos enfrentados con la realidad de lo que nunca será, nos sentimos tentados a evitar orar y a rendirnos completamente ¿Para qué tomarme la molestia? Pensamos. Si Dios no me está escuchando ¿para qué le hablo? Si mis oraciones no pasan del techo ¿por qué orar? Entiendo cómo se siente cuando parece que tus oraciones son un ejercicio para ti mismo. Amigo, nuestros sentimientos no son la realidad. Podemos sentir que la oración es un ejercicio inútil, pero sabemos por la Escritura que no lo es. Cristo mismo tomó tiempo para enseñarnos cómo orar, en un formato que es sorprendentemente fácil de recordar y que aplica a todas las circunstancias (Mat. 6:5-15). Nuestros sentimientos finitos no compiten con la voluntad de Dios o con Sus acciones. También podemos sentir que nuestros deseos son tan sagrados que deben cumplirse. Pero esto no es necesariamente así. Dios no está limitado a los deseos que tenemos para nuestras vidas. Somos débiles y no sabemos lo que debemos orar (Rom. 8:26), pero el Espíritu Santo —a quien Cristo llamó nuestro Ayudador (Juan 16:7)— intercede por nosotros según la voluntad de Dios para nuestras vidas. Podemos confiar que la voluntad de Dios es buena y perfecta.

  1. Confía

No somos eternos. Mis ideas acerca de mi futuro pueden estar basadas en lo que me gusta hacer, en las experiencias que he tenido y en los intereses que he cultivado. Puedo hacerme un cuadro de lo que espero que suceda, pero esto es todo lo que es, solamente un cuadro. No escribo esto para desanimarte, sino para enfatizar que nuestra naturaleza finita requiere que confiemos en nuestro Padre infinito quien conoce todas las cosas (Sal. 147:5). Cuando, de acuerdo a nuestra percepción, todo sale mal y nuestro mundo se pone patas arriba, podemos confiar que Dios está haciendo algo. No estamos a merced de la suerte; servimos a un Dios de propósito. Cuando oramos el Padrenuestro, decimos «Que se haga tu voluntad en la Tierra como en el Cielo» (Mat. 6:10). Es una agonía recordar que, de alguna manera, todo lo que nunca quisimos es ahora la historia de nuestra vida, o que tus sueños más queridos y preciosos nunca sucederán. No obstante, los cristianos encuentran consuelo en el hecho de que nuestras aflicciones no son sin propósito. Santiago escribe que la prueba de nuestra fe produce perseverancia y que cuando la perseverancia ha acabado su obra, estamos completos «sin que nos falte nada» (Santiago 1:4). Él continúa con la seguridad de que aquellos que perseveren son bienaventurados porque «habiendo soportado la prueba, esa persona recibe la corona de vida que el Señor le ha prometido a los que le aman» (Santiago 1:12). En nuestras aflicciones presentes, nos enfocamos en nuestra herencia futura como hijos de Dios. Pero mientras esperamos, nos aferramos fuertemente a la promesa de que el Padre nos ha puesto en las manos de Cristo y que nada nos puede separar de allí (Juan 10:28-29).

  1. Lamenta

El lamento es propio de una vida de dolor; por el contrario, la amargura es el sentimiento de que has sido privado de algo que era tuyo. Estoy muy familiarizada con la amargura. De alguna forma, siempre se desliza aun en los mejores días, recordándome que así no debió suceder. Muy relacionada a ella está la envidia, la cual sin fallar te señala que lo que se suponía que debía pasarte le está sucediendo a todo el mundo. Pero ninguna de las dos nos ayudará. El lamento es una especie totalmente distinta. No es pecado dolerse por lo que pensabas que sucedería. Cristo nos dijo que esperáramos el dolor (Juan 16:33) y el salmista escribió acerca de la cercanía del Señor en medio de él (Sal. 34:18). Incluso en nuestro lamento, encontramos consuelo en el hecho de que nuestras lágrimas no son un desperdicio (Santiago 1:2-4) y que nuestro dolor es finito (Apocalipsis 21:4). Así que lamentamos, pero no como los que no tienen esperanza (1 Tes. 4:13). Aunque es difícil de creer, el día vendrá cuando nuestras lágrimas serán enjugadas por el Dios Todopoderoso, tu Padre. El gozo vendrá en la mañana (Sal. 30:5). El dolor no es nuestro estado perenne. Podemos descansar en la obra completa de Cristo, confiando en que la vida que nunca quisimos concluirá con nosotros en la presencia eterna del Alfa y la Omega, gozándonos en la felicidad de nuestro Maestro (Mat. 25:23). La muerte, el llanto, el dolor —aunque nos asedian ahora —, un día los tres se extinguirán (Apoc. 21:4). Un día, los sueños que enterramos en la tierra ya no serán más fuente de dolor para nosotros. La eternidad habrá empezado.

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