Cuando era niña, contemplaba un tapiz que colgaba sobre el atril de la iglesia seis días a la semana. De lunes a viernes, entraba en la capilla con mi clase para orar. Los domingos, me sentaba con mis padres, inquieta, en mis ensoñaciones, y observando el rostro enigmático que me miraba desde arriba.
No podía saber si Jesús estaba contento conmigo o si se encogía de hombros como diciendo: “¿Qué voy a hacer contigo, jovencita?”. Esperaba no ser una decepción para él, ya que, después de todo, se había tomado tantas molestias por mí en la cruz.
Años más tarde, cuando comencé a estudiar la ascensión de Jesús, me di cuenta de que el tapiz bajo el cual había pasado mi infancia en realidad captaba a Jesús en el acto de bendecir a Su pueblo. A Su iglesia. A Su hija. A mí.
Su primera y mayor bendición de la ascensión sería enviar a Su pueblo el Espíritu Santo, garantizando que nuestro Dios no solo estará con nosotros, sino en nosotros. Para siempre. Esa es la razón por la que Jesús le aseguró a María Magdalena que no necesitaba aferrarse a Él. Y ese es el mensaje que les dio a Sus discípulos en el aposento alto apenas unos días antes de Su crucifixión: “No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes” (Jn 14:18).
En esa ocasión, Jesús preparó a Sus discípulos para Su partida, hablándoles del Espíritu Santo, quien moraría en cada uno de Su pueblo. Por medio de Su Espíritu, permanecería cerca de Su pueblo. Y por medio de Su Espíritu, bendeciría a Su iglesia en todo el mundo y en todas las generaciones.

Bendecidos por el Espíritu Santo
¿Qué bendiciones recibimos por medio del don del Espíritu Santo? A continuación, te presento tres que tienen múltiples aplicaciones en nuestras vidas.
Primero, los creyentes del Nuevo Testamento experimentamos ahora una presencia más cercana con nuestro Dios por medio de la presencia viva de Su Espíritu Santo dentro de nosotros. Esto significa que Dios está tan cerca de mí que es más cercano que mi propia piel, no como algún tipo de compañero de juegos invisible e imaginario de mi infancia, sino como Aquel que mejor me conoce y más me ama. Creer en esta verdad me ayuda a darme cuenta de que:
- Nunca estoy sola. Aunque pueda sentirme sola, tengo acceso inmediato, mediante el Espíritu, al oído de mi Padre y al corazón de mi Salvador, “porque Él mismo ha dicho: ‘No te dejaré ni te desampararé’” (Heb 13:5).
- No soy una huérfana que tiene que valerse por sí misma sin la ayuda de nadie más, porque Jesús ha prometido que nunca me dejará: “No los dejaré huérfanos; vendré a ustedes” (Jn 14:18).
- No he sido abandonada como una mujer cuyo esposo la ha dejado sin dinero ni recursos para valerse por sí misma. De hecho, el mismo Jesús está preparando un lugar para Su iglesia en este momento porque quiere que estemos con Él para siempre: “Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también” (Jn 14:3).

Segundo, a los creyentes del Nuevo Testamento se les ha concedido una comprensión más clara de las Escrituras por medio del ministerio del Espíritu Santo. El Espíritu nos ayuda a comprender la Palabra de Dios, tanto a nivel personal como cuando se predica fielmente. Aprender a estudiar las Escrituras ha sido para mí el viaje de toda una vida, pero los frutos se han multiplicado con el tiempo. Empecé tomando notas del sermón del pastor, luego escribía un versículo para llevarlo conmigo durante la semana, pidiendo la ayuda del Espíritu Santo para comprenderlo y aplicarlo. ¿Por qué? Porque Él es “el Espíritu de verdad” que vive en Su pueblo y quiere que la verdad acerca de la obra de Jesús sea clara para nosotros como creyentes y visible en nuestras vidas: “Pero cuando Él, el Espíritu de verdad venga, los guiará a toda la verdad, porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les hará saberlo que habrá de venir” (Jn 16:13). Creer en esta obra del Espíritu Santo me ayuda a darme cuenta de que:
- Puedo confiar en la Palabra de Dios porque el Espíritu Santo se aseguró de que fuera un registro fiel de la revelación de Dios (2P 1:21).
- Puedo crecer en la comprensión de la Palabra de Dios por medio de pastores, maestros y líderes dotados a quienes el Espíritu Santo ha llamado (Ef 4:11-14).
- Puedo crecer en el seguimiento y la obediencia a Cristo a medida que el Espíritu Santo produce en mí el fruto de un carácter semejante al de Cristo (Ga 5:22-23).

Tercero, a los creyentes del Nuevo Testamento se les ha concedido un vínculo vivo con Cristo y entre ellos. Es el Espíritu Santo quien nos une a nuestro Salvador ascendido y nos vincula unos con otros en una expresión viva del cuerpo de Cristo. No somos huérfanos sin un Padre verdadero. Tampoco estamos solos, sin Cristo, nuestro hermano, ni sin nuestros hermanos y hermanas de la iglesia local. Somos una familia, con todos los beneficios de pertenecer a ella, sin mencionar los desafíos de llevarnos bien. Pero eso también es obra del Espíritu Santo, que nos santifica a medida que aprendemos a vivir en comunidad. Creer en esta verdad me ayuda a recordar:
- No soy solo “yo”. Soy “nosotros”, un miembro del cuerpo de Cristo a nivel local, dónde puedo servir y crecer.
- El Espíritu Santo me ha dotado para servir a quienes me rodean, lo cual me da gozo y propósito, a medida que descubro y desarrollo mis dones.
- Como miembro del reino del Señor Jesucristo, vigilo y oro para que venga Su reino mientras sigo caminando en las buenas obras que Él pone delante de mí (Ef 2:10).

El Espíritu Santo es el primer y mejor don que Jesús pudo haber dado a Su pueblo. Todos los demás dones y gracias provienen de la generosa obra del Espíritu. ¡Esta es una verdad por la que regocijarse! Es una doctrina en la que apoyarse. Él es el poder que necesitamos. El Espíritu está obrando en nosotros hoy, produciendo literalmente este gran misterio, “que es Cristo en ustedes, la esperanza de gloria” (Col 1:27).
Publicado originalmente en Core Christianity.