En Juan 16:23-24, Jesús nos hace una promesa impresionante, grande y gloriosa:
En aquel día no me preguntarán nada. En verdad les digo, que si piden algo al Padre en Mi nombre, Él se lo dará. Hasta ahora nada han pedido en Mi nombre; pidan y recibirán, para que su gozo sea completo.
Así que le pedimos al Padre las cosas que anhelamos porque queremos el gozo pleno que Él nos ofrece. Y no pedimos cosas triviales o carnales, porque sabemos lo que dice el apóstol Santiago: “Piden y no reciben, porque piden mal, para gastarlo en sus pasiones” (Stg 4:3). No, oramos por más fe, amor, santidad, sabiduría, discernimiento, experiencia de la gracia de Dios, valentía y gozo en Dios, al tiempo que oramos por sentir menos satisfacción con las cosas mundanas.
Respuestas inesperadas
Esos anhelos y oraciones son sinceros, y a Dios le encantan y le encanta responderlos. Pero no nos conocemos muy bien a nosotros mismos, ni sabemos la profundidad ni el alcance de nuestro pecado, ni lo que realmente se nos exige para recibir lo que pedimos. No podemos evitar tener ideas y expectativas poco realistas y románticas sobre cómo serán las respuestas de Dios a nuestras oraciones.

Por eso, muchas veces no estamos preparados para las respuestas que recibimos de Dios. Sus respuestas, con frecuencia, al principio no parecen respuestas. Parecen problemas. Parecen dificultades. Parecen pérdidas, decepciones, aflicciones, conflictos, tristeza y más egoísmo. Provocan una profunda lucha interior y sacan a la luz pecados, dudas y miedos. No son lo que esperamos, y muchas veces no vemos cómo se relacionan con nuestras oraciones.
¿Qué debemos esperar?
Si le pedimos a Dios un amor más grande y más profundo por Él, ¿qué debemos esperar recibir? Respuestas que nos hagan más conscientes de nuestra profunda y generalizada depravación pecaminosa, porque a quien se le perdona mucho, ama mucho, pero a quien se le perdona poco, ama poco (Lc 7:47).
Si le pedimos a Dios que nos ayude a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mr 12:31), ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que nos obliguen a prestarle una atención inesperada a un prójimo (a quien tal vez no pondríamos en esa categoría [Lc 10:29]), lo cual resulta incómodo e irritante.

Si le pedimos a Dios que esté cerca de nosotros porque creemos que es bueno para nosotros estar cerca de Él (Sal 73:28), ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que nos quebranten el corazón, porque Dios está cerca de los quebrantados de corazón (Sal 34:18).
Si le pedimos a Dios que nos convierta en sacrificios vivos (Ro 12:1), ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que nos rompen el corazón y nos hacen humildes, porque los sacrificios que agradan a Dios son un espíritu contrito (Sal 51:17).
Si le pedimos a Dios una experiencia más profunda de Su gracia, ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que se oponen a nuestro orgullo y nos hacen humildes (Stg 4:6).
Si le pedimos a Dios que venga Su reino (Mt 6:10) en nuestras vidas y en el mundo que nos rodea, ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que revelen nuestra profunda pobreza espiritual, porque el reino es dado a los pobres de espíritu (Mt 5:3).

Si le pedimos a Dios que nos satisfaga con Él mismo para que no nos conformemos tan fácilmente con los charcos de lodo del mundo, ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que nos hagan cada vez más conscientes del mal, el sufrimiento y las injusticias del mundo, porque los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados (Mt 5:6).
Si le pedimos a Dios más sabiduría y discernimiento, ¿qué deberíamos esperar recibir? Un torrente constante de respuestas desconcertantes y difíciles de entender y asimilar, porque nuestra capacidad de discernimiento se entrena con la práctica constante para distinguir el bien del mal (Heb 5:14).
Si le pedimos a Dios que aumente nuestra fe (Lc 17:5), ¿qué deberíamos esperar recibir? Que nos pongan una y otra vez en situaciones donde descubramos que nuestras percepciones no son confiables, para que nos veamos obligados a confiar en las promesas de Cristo, porque andamos por fe, no por vista (2Co 5:7).

Si le pedimos a Dios que nos ayude a andar de manera digna del Señor (Col 1:10), ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que requieren más humildad, mansedumbre, paciencia y soportarnos unos a otros con amor (Ef 4:2) de lo que creíamos posible. Respuestas que podrían resultar en indigencia, aflicción y maltrato, el destino común de muchos santos a lo largo de la historia “de quienes el mundo no era digno” (Heb 11:38).
Si le pedimos a Dios que nos ayude a dejar de servirle al dinero para poder servirle a Él con todo el corazón, ¿qué deberíamos esperar recibir? Un montón de oportunidades incómodas para regalar dinero, gastos que agoten las reservas que hemos estado ahorrando, tal vez incluso la pérdida de un trabajo; respuestas que nos empujen a despreciar (ignorar, alejar, soltar) el dinero y aferrarnos a Dios (Lc 16:13).
Si le pedimos que nuestro gozo sea aún más pleno (Jn 16:24), para experimentar más felicidad en Dios, ¿qué deberíamos esperar recibir? Respuestas que hagan que los gozos terrenales que antes considerábamos ganancias se vuelvan vacíos, huecos y una pérdida, y que nos impulsen a buscar el valor incomparable de conocer a Cristo Jesús (Fil 3:8).

Espera lo inesperado
Cuando Dios empieza a responder a nuestras oraciones, con frecuencia Sus respuestas nos desorientan. Las circunstancias pueden tomar giros inesperados, la salud puede empeorar, pueden surgir dinámicas dolorosas en nuestras relaciones, pueden aparecer dificultades económicas y pueden surgir luchas espirituales y emocionales que parecen no tener nada que ver. Podemos sentir que vamos hacia atrás porque no vemos claramente que estamos avanzando. Gritamos en medio de una confusión dolorosa y la exasperación (Sal 13:1; Job 30:20) cuando lo que realmente está pasando es que Dios está respondiendo nuestras oraciones. Solo que esperábamos que la respuesta se viera y se sintiera de otra manera.
Siendo esto cierto, podríamos sentir la tentación de ni siquiera pedirle a Dios esas cosas. O sea, ¿quién quiere respuestas desagradables al orar por gozo?
No te dejes engañar por este pensamiento miope. Recuerda la promesa de Jesús: “Pidan y recibirán, para que su gozo sea completo” (Jn 16:24). Si el camino hacia el gozo completo a veces es difícil, y Jesús nos dice que lo es (Jn 16:33; Mt 7:14), ¡eso no es razón para no tomarlo! ¿Qué quieres? ¿Gozos pequeños, superficiales y débiles? ¡No! ¡Ve por el gozo completo! Y recuerda lo que nos dice el autor de Hebreos:
Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, después les da fruto apacible de justicia (Heb 12:11).

En cuanto a las respuestas de Dios a tus oraciones, espera lo inesperado. La mayoría de los mayores regalos y los gozos más profundos que Dios nos da vienen envueltos en paquetes dolorosos.
Publicado originalmente en Desiring God.