Como cualquier cristiano con buen juicio sabe, el pecado no se queda afuera: se mete en tu casa. La inmoralidad sexual se cuela en tu recámara y tienes que huir de ella (1Co 6:18). La pereza se desploma en el sofá y hay que matarla de hambre con la misión y el sentido de la vida (Col 3:23–24). La calumnia y las quejas se cuelan por los conductos de ventilación y hay que expulsarlas al orar y al alabar (Fil 4:4-6). Y uno de los pecados más sutiles entra por la puerta y se sienta a tu mesa: la gula.
Quizás algunos de nosotros asocien la palabra gula solo con la obesidad mórbida. Pero como pastor de una iglesia joven y relativamente en forma, no solo diría que he conocido el pecado de la gula, sino que calculo que casi la mitad de nuestros miembros dirían que luchan contra comer de más por costumbre, las dietas excesivas, la obsesión por la comida u otro problema relacionado con la alimentación. Las formas de gula pueden tentar tanto a hombres como a mujeres, ya sean obesos o delgados, sedentarios o activos.
Date el gusto, restríngete, repite
Para que quede claro, cuando hablo de glotonería, no me refiero a servirte una segunda (o tercera) porción en una fiesta, ni durante una celebración festiva, ni cuando invitas a cenar a amigos cercanos. El ministerio de Jesús empezó con un banquete (Jn 2:1-12), y la historia se consumará con un banquete (Ap 19:7-10). A lo largo de la historia de la redención, Dios ha invitado (y ordenado) a Su pueblo a celebrar banquetes con regularidad y alegría.

Cuando hablo de glotonería, me refiero a comer de más, no porque sea un banquete, sino porque es viernes, o por cualquier otra de las muchas razones que usamos para justificar nuestras raciones extra.
Muchos empezamos el día con el firme propósito de “comer mejor”, solo para darnos cuenta, a las pocas horas, de que estamos buscando algo que no deberíamos, una especie de fruta prohibida. Nos damos otro bocado, otro trozo, otra porción, y justo después de lo delicioso viene el regusto amargo de la vergüenza y el arrepentimiento. A partir de ahí, podemos reprimir esos sentimientos con esfuerzos redoblados para volver a restringirnos (“Mi dieta empieza mañana”), o podemos consolarnos con más comida. Al final de la noche, nos vamos a la cama hinchados, pero desanimados; llenos, pero lejos de estar satisfechos.
Quienes están acostumbrados a este patrón pueden caer en la tentación de pensar que disfrutan demasiado de la comida, o al menos de ciertos alimentos. Pero ¿y si el problema no es que disfrutes demasiado de la comida, sino que la disfrutas muy, muy poco?

Una década de dietas
Conozco bien este ciclo. Desde que jugaba al fútbol americano en la secundaria, he contado calorías, he reducido los carbohidratos y he creado más reglas alimenticias personales que mandamientos tiene la Torá. He declarado que los alimentos sin grasa, azúcar, gluten, lácteos ni colesterol son “limpios”, y que los que tienen mucha sal, azúcar, grasa, carbohidratos o conservantes son “sucios”, o al menos “malos”.
En innumerables mañanas, me ponía en marcha con la firme determinación de limitar lo que entraría en mi cuerpo, y si infringía alguna de mis reglas alimenticias, sentía culpa, vergüenza y arrepentimiento. Esto era legalismo clásico, y me llevó a donde todo legalismo lleva: “Por un camino de esfuerzo agotador, al final del cual no hay Dios, solo inseguridades, angustia mental y más trabajo”, como dice Knute Larson al comentar sobre 1 Timoteo 4:3 (HNTC, 1 Tesalonicenses–Filemón, 204).
A medida que he ido trabajando en mi propia relación pecaminosa con la comida, y ahora que he acompañado a muchos por el mismo camino, he aprendido que, en el fondo, más allá de las apps para contar calorías y los intentos de dieta, más allá del miedo a engordar, incluso más allá del deseo desesperado de tomar el control de la vida controlando nuestra alimentación, en la base de nuestros problemas con la comida hay una imagen de Dios, una imagen muy desnutrida.

Para los que se restringen
A juzgar por el tamaño de la industria de las dietas (que ahora se valora en unos 200 mil millones de dólares al año), muchos estamos muy familiarizados con las dietas. Ve a cualquier reunión donde haya comida y seguro que alguien no va a comer porque ahora mismo está evitando lo que se ofrece. Sin duda, muchas dietas pueden ser buenas y saludables. Pero, como argumenta Tilly Dillehay en su magnífico libro Broken Bread [Pan roto], nuestra tendencia a hacer dieta de forma excesiva a menudo viene de una forma de ascetismo, que ella define como la “creencia de que Dios es tan tacaño como nosotros”. Esa visión de Dios nos lleva a desconfiar de cualquier cosa que sea “demasiado placentera, demasiado lujosa, demasiado libre, demasiado desestructurada” (13).
Para quienes sentimos la necesidad constante de hacer dieta, nos cuesta creer que “la comida no nos recomendará a Dios, pues ni somos menos si no comemos, ni somos más si comemos” (1Co 8:8). Nos cuesta aceptar la buena noticia de que Jesús declaró que todos los alimentos son moralmente puros (Mr 7:19), y que “todo lo creado por Dios es bueno y nada se debe rechazar si se recibe con acción de gracias; porque es santificado mediante la palabra de Dios y la oración” (1Ti 4:4-5). En cambio, al igual que Pedro, podemos encontrar nuestra identidad en negarnos a comer alimentos que hemos considerado impuros (Hch 10:14).
Somos, en palabras de J. I. Packer, “demasiado orgullosos para disfrutar de lo que da gozo” (“J. I. Packer: How I Learned to Live Joyfully” [“Cómo aprendí a vivir con alegría”]). Y, curiosamente, nuestra incapacidad para disfrutar de lo que da gozo a menudo nos lleva al pecado de la glotonería.

Para los que se dejan llevar
Dillehay describe la glotonería como una “especie de falta de gusto” que no te permite disfrutar realmente del primer bocado, por lo que sigues comiendo más y más en un intento por alcanzar ese placer que te falta (40, 44). En otras palabras, la razón por la que tenemos que dar otro bocado es porque no disfrutamos plenamente del anterior. Ella continúa:
Quizás no es que el pastel te haya dominado, sino que nunca lo disfrutaste como se debe. Es que, tal vez, nunca aprendiste a pensar en la vida como olas que vienen directamente de Dios, olas que debes abrazar a medida que llegan y luego dejar atrás, preparándote para la siguiente ola. Las olas no se pueden repetir a voluntad. Tampoco el primer bocado de pastel. (42)
Y ahí está el descubrimiento: la glotonería no refleja un disfrute excesivo de la comida, sino un disfrute deficiente de la comida como regalo de Dios, y de Dios como el que da. Cuando te das un atracón, el problema no es que estés disfrutando demasiado de lo que comes; el problema es que no estás disfrutando a Dios en y por medio de lo que comes, y por eso tienes que dar otro bocado.

Durante diez años, pensé que la forma de superar el comer en exceso era redoblar mis esfuerzos por restringirme. Sorprendentemente, he aprendido que la mejor manera de superar el comer en exceso es comer despacio, con atención, con devoción.
Comer en la presencia de Dios
En la práctica, esto significa poner la comida en un plato. Siéntate. Guarda tu celular y apaga la tele. Y ora. Antes de comer, dirige tu mirada hacia Dios, pues la comida proviene de Él (Sal 145:15).
Luego, mientras disfrutas de las texturas y las múltiples capas de sabor, alaba a aquel de quien brotan todas las bendiciones. Mientras te sientas a saborear, recuerda lo que nos enseñó Edwards: los mayores dones terrenales, incluida la comida, “no son más que sombras; pero el gozo de Dios es la sustancia. Estos no son más que rayos dispersos; pero Dios es el sol. Estos no son más que arroyos; pero Dios es la fuente. Estas no son más que gotas; pero Dios es el océano” (Works [Obras], 2:244).

La libertad tanto de las restricciones excesivas como de los excesos viene de enfocarnos no en lo qué comemos, sino en cómo comemos: disfrutando de Dios en cada bocado. Una vez más, Dillehay nos ayuda aquí:
La verdadera respuesta a la glotonería tiene mucho más en común con un festín que con una dieta… Se trata de convertirnos cada vez más en un niño que recibe, y cada vez menos en un padre que niega (tanto a nosotros mismos como a quienes nos rodean). Es sentarte en silencio y con plena presencia de ánimo, deleitándote con los sabores que creó un Dios bueno, en lugar de temer y desconfiar de los sabores que un Dios bueno hizo demasiado buenos. La respuesta a la glotonería es saber cuándo ya es suficiente, aprender a sentir cómo pasa una ola y crecer en la sabiduría que espera la próxima ola de Dios con satisfacción, alegría y disposición. (50–51)
Ven y come
Muchos nos ponemos reglas alimenticias, las rompemos, sentimos culpa, vergüenza y arrepentimiento de inmediato, y luego, o bien reprimimos esas emociones con restricciones y dietas aún más estrictas, o las consolamos con comida. Si seguimos por este camino, el resultado final será el hambre, tanto física como espiritual.
La libertad vendrá no solo al aprender a ayunar, sino al aprender a festejar de verdad (Is 55:1-3). Como escribe Michelle Stacey: “La verdadera cura para nuestros pecados alimenticios tal vez esté en una dirección casi opuesta a la que prescriben los expertos en nutrición: no en exigir más control, sino menos; no en quitarle poder a la comida, sino en devolvérselo; no en el miedo a la muerte, sino en el amor a la vida” (Consumed [Consumido], 206).
Si hacer dieta se ha convertido en una forma de vida y comer de más es ya una rutina, Dios te invita a tomarte las cosas con calma y a deleitarte, pues “del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella” (1Co 10:26). Come despacio, con atención y con espíritu de adoración, disfrutando de la bondad de Dios en cada bocado. Jesús, el pan de vida (Jn 6:35) y el agua viva (Jn 4:10), no solo te llenará el estómago; también saciará tu alma.
Publicado originalmente en Desiring God.