Agosto 21
Estas cosas les he hablado, para que Mi gozo esté en ustedes, y su gozo sea perfecto (Juan 15:11).
Dios es absolutamente soberano:
“Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place” (Salmo 115:3).
Por tanto, Dios no se frustra. Si no que se regocija en todas Sus obras al contemplarlas como colores del magnífico mosaico de la historia redentora. Es un Dios inquebrantablemente feliz.
Su felicidad reside fundamentalmente en el deleite que siente por Sí mismo. Antes de la creación, se regocijaba en la imagen de Su gloria en la persona de Su Hijo, Su Hijo amado, en quien se complacía (Mateo 3:17). Luego, el gozo de Dios se manifestó públicamente en las obras de la creación y la redención.
Estas obras deleitan el corazón de Dios porque reflejan Su gloria. Los cielos proclaman la gloria de Dios (Salmo 19:1). “¡Sea para siempre la gloria del Señor! ¡Alégrese el Señor en sus obras!” (Salmo 104:31). Él hace todo lo posible por preservar y exhibir esa gloria, porque en ella se regocija Su alma.
Todas las obras de Dios culminan en las alabanzas de Su pueblo redimido. “Alaben a Dios por Sus hechos poderosos; alábenlo según la excelencia de Su grandeza” (Salmo 150:2). La cúspide de Su felicidad reside en el deleite que experimenta al percibir los ecos de Su excelencia en las alabanzas de los santos. “No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en las piernas ágiles del hombre. El Señor favorece a los que le temen, a los que esperan en Su misericordia” (Salmo 147:10-11).
Pero nuestra alabanza no es solo el deleite de Dios, como eco de Su excelencia, es también la cúspide de nuestro gozo. La alabanza es la culminación del gozo que sentimos al ver y disfrutar la grandeza de Dios.
Por tanto, la búsqueda de la alabanza de Dios por nuestra parte y nuestra búsqueda de deleite en él son la misma búsqueda. ¡Este es el gran resultado del evangelio de la gloria de la gracia de Dios en Cristo!
