Agosto 17
Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser Su santo nombre (Salmo 103:1).
El salmo empieza y termina con el salmista predicándole a su alma que bendiga al Señor (“Bendice, alma mía, al Señor”) y también les predica a los ángeles, a los ejércitos celestiales y a las obras de las manos de Dios para que hagan lo mismo.
Bendigan al Señor, ustedes Sus ángeles,
Poderosos en fortaleza, que ejecutan Su mandato,
Obedeciendo la voz de Su palabra.
Bendigan al Señor, ustedes todos Sus ejércitos,
Que le sirven haciendo Su voluntad.
Bendigan al Señor, ustedes todas Sus obras,
En todos los lugares de Su dominio.
Bendice, alma mía, al Señor.
El salmo está asombrosamente enfocado en bendecir al Señor. ¿Qué significa bendecir al Señor?
Significa hablar bien de Su grandeza y bondad, haciéndolo desde lo profundo de tu alma.
Lo que David hace en el primer y último versículos, donde dice: “Bendice, alma mía, al Señor”, es decirnos que hablar de la bondad y la grandeza de Dios debe venir desde el alma.
Bendecir a Dios con la boca, pero sin el corazón, sería hipocresía. Jesús dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de Mí” (Mateo 15:8). David conocía este peligro y se predicaba a sí mismo para que esto no le sucediera.
“Ven, alma, contempla la grandeza y la bondad de Dios. Únete a mi boca y bendigamos al Señor con todo nuestro ser. Alma, ¡no seamos hipócritas!”.
