A los cristianos se les acusa a menudo de tener una mentalidad tan celestial que no hacen ningún bien terrenal. Hace más de 100 años, el activista Joe Hill pensaba igual. Mientras viajaba por Estados Unidos, dibujaba caricaturas y escribía canciones en defensa de los estadounidenses pobres. No soportaba a los pastores que predicaban por una conversión espiritual sin brindar un bienestar físico. En 1911, escribió las siguientes palabras:
Predicadores cabelludos salen cada noche
Tratan de decirte lo que está bien y lo que está mal
Pero cuando se le pregunta qué tal algo de comer
Responderán con voces tan dulces
Comerás en el futuro
En esa gloriosa tierra en lo alto de los cielos
Trabaja y ora, vive sobre heno,
Te recibirán en castillos en el aire cuando mueras.
Más de un siglo después, las críticas de Hill siguen teniendo fuerza. Muchos admitirán que algunos cristianos hacen buenas obras, señalarán hospitales con nombres de santos e incluso pueden saber algo acerca del hijo de Billy Graham que envía cajas de regalos a niños en todo el mundo. Aquellos que tienen la edad suficiente recordarán vagamente cómo Jimmy Carter construyó casas para los pobres. Pero cuando piensan en esa iglesia de su vecindario, esa con un pastor que predica sermones semanalmente, con personas que entran a reuniones de oración y niños que salen con dibujos del rey David, cuando piensan en esa iglesia, probablemente sea el sentimiento de Joe Hill, si no sus palabras, lo que recuerden: “Trabaja y ora, vive sobre heno; te recibirán en castillos en el aire cuando mueras”.
¿Cómo deberíamos responder a quienes acusan a los pastores y a las iglesias de tener una mentalidad tan celestial que no hacen ningún bien terrenal? Animaría a dichos críticos con los siguientes cuatro imperativos.

Conoce la misión de pastor
No te enojas con el cartero cuando simplemente llega a tu buzón, coloca algunas cartas y se dirige a la siguiente casa. No te ofende que ignore la maleza en el patio delantero y no logre reparar la puerta que ha estado chirriando durante años. ¡Claro que no! Sabes que ese no es su trabajo; no es su misión.
Los pastores también tienen una misión. Es comunicar el evangelio, la buena noticia de Jesucristo. El pastor es como un centinela, parado en la entrada de una ciudad, encargado de avisar a los ciudadanos cuando un ejército enemigo está listo para atacar. Cuando el centinela ve la espada, debe tocar la trompeta y advertir al pueblo (Ez 33:1-9).
Los pastores tienen una descripción de trabajo clara y sencilla. Deben pastorear y cuidar el rebaño (1P 5:2; Hch 20:28). Deben guardar y proteger la sana doctrina (Tit 1:9; Hch 20:31). La forma fundamental en que hacen esto es predicando la Palabra y proclamando el reino (2Ti 4:2; Hch 20:25). Antes que nada, el pastor debe ser un predicador fiel de la Biblia.

El predicador fiel anuncia un mensaje sencillo acerca de la muerte, resurrección y el regreso de Jesús. El Rey Jesús regresará, nos dice. Debemos esperar y estar listos para Su llegada. Él establecerá “cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2P 3:13). Pero solo aquellos que han puesto su fe en Cristo aquí en esta tierra conocerán las bendiciones de ese hogar celestial. Realmente llegará el día del juicio. Todos los que se han sometido a Cristo y perseveran hasta el final serán llevados a Su presencia gloriosa. El Rey conducirá al resto al castigo eterno (Mt 25:46).
Los de “mentalidad celestial” saben que este mundo no es su hogar; el cielo y el infierno aguardan. Así que mi principal trabajo como pastor es preparar a mi congregación para el día del juicio. Quiero que estén listos para comparecer ante el Rey. Más que nada, deseo que aquellos bajo mi protección escuchen: “Bien, buen siervo y fiel”. Esta es la razón por la que les predico la Palabra. Sí, podría dedicar más tiempo a satisfacer sus necesidades físicas. Podría colaborar más con la ayuda humanitaria en mi comunidad. Hay lugar para eso. No obstante, estoy convencido de que el mejor trabajo que puedo hacer es asegurarme de que se predique el evangelio. Ese es mi deber fundamental. Es mi misión. Si el cielo y el infierno son reales, entonces es la labor más importante que podría realizar.

Aprecia la terrenalidad de la Biblia
Prepararse para el cielo puede ser el trabajo más importante del creyente, pero no es su único trabajo. La Biblia está repleta de ejemplos y mandatos sobre servir a las personas aquí y ahora. En ese sentido, hay cierta “terrenalidad” en la Biblia incluso cuando presenta el cielo como nuestra meta final.
Los críticos del cristianismo que están familiarizados con la parábola del buen samaritano (Lc 10:25-27), probablemente la consideran la excepción a la regla. Quizás desconozcan la gran cantidad de pasajes del Nuevo Testamento que mandan a los cristianos a cuidar de los pobres dentro y fuera de la iglesia.
Cuando Pablo dejó Jerusalén en su misión evangelística, los apóstoles le dijeron que se acordara de los pobres. Estos hermanos habían estado con Jesús durante Su ministerio terrenal, testificado Su muerte y visto Su cuerpo resucitado. Conocían mejor que nadie las promesas del reino celestial que aguardaba a todos los que se arrepintieran y creyeran. Y aún así, cuando Pablo los dejó para predicar el evangelio en otros lugares, le pidieron que se acordara de los pobres, probablemente los santos hambrientos en Jerusalén. Pablo obedeció con entusiasmo (Ga 2:10).

Pablo salió para levantar a una generación de líderes cristianos que continuarían su ministerio de proclamación del evangelio. Pero este ministerio no haría que sus discípulos ignoraran las necesidades físicas. Él enseñó a Timoteo a abordar la inmoralidad y la injusticia al condenar tanto el pecado sexual como la práctica de esclavizar a otros: la trata de blancas (1Ti 1:10). No es de extrañar que Pablo instara a Filemón, un dueño de esclavos cristiano, a recibir a su fugitivo, Onésimo, ya no como un esclavo, sino como un hermano en Cristo (Fil 16). Los de mentalidad celestial se preocuparán por la vida en la tierra.
Asimismo, Pedro sabía que una vida transformada por el evangelio debía marcar una diferencia en el mundo, una diferencia que podría incluso llamar la atención de los incrédulos. Exhortó a sus lectores cristianos a vivir vidas santas y a servir a su prójimo: “manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras” (1P 2:12). El día de la visitación es el día en el que Jesús regresará para establecer Su reino celestial. ¿Cómo nos preparamos para ese gran día? No simplemente predicando el evangelio, sino viviendo vidas amables y generosas en la tierra. Pedro solo está transmitiendo la enseñanza que recibió personalmente de Jesús: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5:16).

Tal vez el mejor ejemplo de la terrenalidad del Nuevo Testamento es Gálatas 6:10. Pablo prioriza la importancia de servir a los creyentes mientras que al mismo tiempo establece el valor de cuidar a todos en todas partes. “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”.
Pablo, Pedro y nuestro Señor mismo no sabían nada de un cristiano que tuviera una mentalidad tan celestial que no hiciera ningún bien terrenal. ¡Todo lo contrario!
Mira el pasado
Incluso una mirada superficial a la historia de la iglesia brinda numerosos ejemplos de cristianos que anhelaban el cielo mientras que al mismo tiempo trabajaban por el bienestar físico de sus prójimos. Si bien tales ejemplos no cambian el hecho de que muchos han obrado mal en nombre de Cristo, estos acontecimientos establecen un patrón de vidas centradas en el evangelio que se evidencia en cristianos amorosos, amables y con corazones de siervos.
Eusebio, el padre de la historia eclesiástica, escribe acerca de una hambruna y plaga que golpeó al Imperio romano en el siglo cuarto: “La muerte libró la guerra con estas dos armas de pestilencia y hambruna que se tragaron a familias enteras en pocos momentos, de modo que dos o tres cadáveres podían ser vistos llevados al cementerio por un solo grupo de dolientes”. Mientras que la ciudad caía bajo el peso de esta tragedia, los cristianos se levantaron para ayudar: “Solos en medio de esta terrible calamidad demostraron a través de obras visibles su simpatía y humanidad… [ellos] reunieron a la gran cantidad de personas que habían sido reducidas a espantapájaros por toda la ciudad y repartieron panes a todos, de modo que sus alabanzas se cantaran en todos lados”.[1]

El profesor de Oxford, Henry Chadwick, resumió la destacable ética social de la iglesia primitiva: “La caridad social se manifestó en el cuidado a los pobres, las viudas y los huérfanos, en las visitas a los hermanos en prisión o condenados a la muerte en vida por el trabajo en las minas, y en la acción social en tiempos de calamidad como hambrunas, terremotos, pestilencia o guerra”.[2] Fueron los cristianos los que criticaron la esclavitud y llamaron a la emancipación una “buena obra”.[3]
Ejemplos de benevolencia se pueden encontrar a lo largo de los años. En 1792, el pastor bautista inglés, Abraham Booth, llamó a los miembros de su iglesia a luchar contra la trata de esclavos que ocupaba a los británicos desde mediados del siglo dieciséis.[4] Algunos años más tarde, en las calles de Savannah, Georgia, mucho antes de que el gobierno se involucrara en la ayuda humanitaria, una iglesia bautista ideó “un plan permanente para ayudar a los pobres”. Un hombre se había muerto de hambre recientemente en el mercado público y los cristianos de esta iglesia decidieron organizar tal ayuda.[5]

Honestamente, esta es la historia del cristianismo. Son los que tienen una mentalidad más celestial los que hacen el mayor bien terrenal. Busca esas organizaciones de ayuda humanitaria en tu comunidad dedicada a servir a los refugiados, a responder ante huracanes, incendios o terremotos; busca a las organizaciones sin fines de lucro que luchan contra la trata de blancas y enseñan inglés como segunda segundo idioma. Te puedo asegurar que encontrarás a cristianos que donan su dinero, tiempo y experticia para hacer de este mundo un lugar mejor.
Anhela el cielo
Mientras más envejezco, más anhelo el cielo. Como pastor, tengo un asiento en primera fila ante la agonía de un mundo atormentado por el pecado y la muerte. ¿Qué cristiano en su sano juicio no puede esperar el día en que se cumpla Apocalipsis 21:4? “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. Sí, estoy impaciente por el regreso de mi Rey. “Ven, Señor Jesús” (Ap. 22:20). No puedo esperar por llegar a ese “castillo en el aire”.
Pero este anhelo no me tienta a acurrucarme en el sofá, cubrir mis ojos y simplemente esperar que este terrible mundo desaparezca. Esta tampoco ha sido la reacción de los cristianos que han vivido antes que yo. Debido a que tomamos en serio la Biblia, confiamos en que el regreso de Jesús es un llamado a la acción. Un día nuestro cosmos será transformado en cielos nuevos y una nueva tierra. Hasta entonces, debemos obedecer el llamado de Pedro a “andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios” (2P 3:11-12).

¿Cómo son esa santidad y esa piedad? Predicar el evangelio. Amar a mi prójimo. Recordar a los pobres. Hacer el bien a todos. Este no solo es nuestro llamado, es nuestro privilegio. No es simplemente nuestro deber, es nuestro gozo. La verdadera fe en que el cielo es real no reprime nuestra preocupación por el bienestar físico de los demás, sino que la agudiza. Que Dios llene nuestras iglesias con creyentes que anhelan el regreso del Rey y el establecimiento de los cielos nuevos y la tierra nueva.
¡Gracias a Dios por los castillos en el aire!
[1] Eusebius, The History of the Church [La historia de la iglesia], trans., G. A. Williamson (London: Penguin Books, 1965), 291. En otras ediciones véase IX. viii.
[2] Henry Chadwick, The Early Church [La iglesia primitiva] (Londres: Penguin Books, 1967), 56.
[3] Ibid., 60.
[4] Véase Aaron Menikoff, “The Cross and Social Reform” [«La cruz y la reforma social»] en The First Counsellor of Our Denomination [El primer consejero de nuestra denominación], eds. Michael y Victoria Haykin (Springfield, MO: Particular Baptist Press, 2011).
[5] Véase Aaron Menikoff, Politics and Piety: Baptist Social Reform in America, 1770–1860 [Política y piedad: reforma social bautista en Estados Unidos, 1770-1860] (Eugene, Or.: Pickwick, 2014), 138.
