Cuando el alma no tiene apetito: ¿por qué ya no tenemos hambre de Dios?

¿Por qué tantos cristianos ya no desean a Dios? Si lo anhelas menos, tal vez has estado alimentándote de lo equivocado.
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Hace unos años, me lamentaba con un colega ministro por la falta de interés de los creyentes reformados en la piedad del día del Señor, especialmente en cuanto a la asistencia al servicio de adoración vespertino. Compartí mi observación de que muy pocos parecen querer terminar el día del Señor con la adoración corporativa, y que muchas de nuestras iglesias, quizás la mayoría, han eliminado el servicio vespertino por completo. 

Nuestra herencia confesional reformada enfatiza los fundamentos bíblicos y las bendiciones espirituales del día del Señor (Confesión de Fe de Westminster, capítulo 21, párrafos 7-8; Confesión de Heidelberg, pregunta 103). Sin embargo, parece haber poco deseo de apartar el día como santo. De hecho, con frecuencia lo tratamos como un día más con iglesia por la mañana. Además, en la mayoría de nuestras congregaciones, menos de la mitad asiste a la escuela dominical y las reuniones de oración son lamentablemente pequeñas. ¿Cómo puede ser esto? ¿Por qué tenemos tanto desinterés espiritual en nuestros corazones y en nuestras iglesias?

La respuesta de mi colega a mi lamento siempre se ha quedado conmigo: “Jon, es un problema de hambre. Tenemos un problema de hambre en la iglesia”. Cuanto más he pensado en su evaluación, más estoy de acuerdo con él. Tiene razón. No tenemos hambre de Dios. No tenemos sed de las aguas vivas de Su Palabra. Estamos satisfechos con muy poco de Dios. Nuestros apetitos espirituales son débiles y nuestras prioridades lo demuestran.

Cuando la Palabra y la adoración pierden centralidad, el deseo por Dios se debilita y nuestras prioridades espirituales quedan al descubierto. / Foto: Unsplash

Consumo y anhelo

Todos sabemos lo que es desarrollar malos hábitos alimenticios. En un momento u otro, todos hemos estado en la dieta de “comer lo que vemos” y hemos sido miembros del club del helado después de las diez. También sabemos que una dieta poco saludable produce antojos poco saludables. Estos antojos perpetúan el consumo de alimentos que no nutren el cuerpo ni son buenos para la mente. En lugar de anhelar aquello que nos hará sentir, pensar y vernos mejor, una mala dieta genera antojos por lo opuesto en todos los sentidos. Por el contrario, una dieta saludable (con ejercicio regular) produce un cuerpo sano y una mente vigorosa, y alimenta el anhelo por el tipo de comida que promoverá una vida saludable en el futuro. El punto es este:

Anhelamos lo que consumimos y consumimos lo que anhelamos.

Lo mismo ocurre en nuestro caminar con Dios. Anhelamos lo que más consumimos. Deseamos lo que más devoramos. Nuestros hábitos y horarios aumentan nuestra hambre de Dios o aumentan nuestra hambre de otras cosas. Aunque evaluar nuestros deseos puede ser bastante complejo, es difícil discutir la idea de que tendemos a valorar más aquello en lo que ponemos nuestro corazón (ver Mt 6:21).

Así como la dieta moldea nuestros apetitos físicos, lo que ocupa nuestros hábitos y horarios moldea nuestros deseos espirituales. / Foto: Envato Elements

Nuestro problema de hambre espiritual no se debe a una falta de apetito. Todos tenemos un apetito voraz. El problema es que nuestro apetito es por las cosas equivocadas. Y cuando nuestro apetito es por lo incorrecto, arruina nuestro apetito por lo correcto. Apaga nuestra sed de comunión con Dios y con Su pueblo.

En otras palabras, nuestra dieta poco saludable de mundanalidad obstaculiza nuestro deseo de comunión con Dios en el día del Señor. Nuestro anhelo por el entretenimiento, los deportes y las redes sociales frena nuestro anhelo por las Escrituras. Solo piensa en el tiempo excesivo que dedicamos a estas cosas tan solo los fines de semana. Y tristemente, para un número creciente de creyentes profesantes, el pecado sexual oculto (como la pornografía) apaga el deseo por la adoración y la comunión centradas en Dios. De hecho, destruye la verdadera intimidad con Dios.

Nuestra dieta poco saludable de mundanalidad obstaculiza nuestro deseo de comunión con Dios en el día del Señor. / Foto: Unsplash

Recuperar el hambre y la sed sagrada por Dios

En el Salmo 42:1-2 el salmista escribe: “Como el ciervo brama por las corrientes de agua, así suspira por Ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente”. En otro lugar, David escribe: “Oh Dios, Tú eres mi Dios; Te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de Ti, mi carne Te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua” (Sal 63:1). Nuestro Señor Jesús declara: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, pues ellos serán saciados” (Mt 5:6). El tema común en estos versículos es el de tener hambre y sed de Dios. La pregunta es: ¿cómo recuperamos y fomentamos un hambre santa por Dios? ¿Cómo recuperamos y cultivamos una sed sagrada por Cristo? ¿Cómo renovamos en nuestro corazón un anhelo ferviente por Dios? Aquí hay tres formas sencillas:

1. Aliméntate de Cristo

Para resolver nuestro problema de hambre, debemos regresar una vez más a las inescrutables riquezas de Cristo en el evangelio gratuito de la gracia. Debemos alimentarnos de Jesús, el pan de vida, por la fe (Jn 6:35). Cristo es el verdadero maná del cielo (Jn 6:50-51). Él es el agua viva (Jn 4:10). Su cuerpo y Su sangre proporcionan vida, perdón, salvación y alimento para nuestras almas (Jn 6:56). Como expresión de nuestra unión con Cristo, debemos deleitarnos en Él, aunque sea espiritualmente, por medio de la fe (CFW 29.7). Estas verdades se refuerzan en la Cena del Señor (Lc 22:14-20), un bendito anticipo de la cena de las bodas del Cordero en el cielo (Ap 19:9). En todas estas metáforas inspiradas se nos recuerda que en Cristo recibimos todo nuestro “nutrimento espiritual y crecimiento en Él” (CFW 29.1).

El hambre santa por Dios se renueva al volver a Cristo y alimentarse de Él por la fe. / Foto: Unsplash

Por tanto, todos nuestros problemas de hambre se resuelven cuando nos alimentamos de Cristo y permanecemos en Él por gracia por medio de la fe. Alimentarse de Cristo es aferrarse a Él por gracia mediante la fe. Dios envió a Su único Hijo al mundo para que tomara carne humana, cumpliera perfectamente los estándares de justicia de la ley, entregara Su vida inocente como sacrificio sustitutivo por nuestros terribles pecados y resucitara victorioso de la tumba. Cuanto más permanezcamos activamente en Él por medio de los medios externos que Él ha ordenado para nuestro beneficio espiritual (el día del Señor, la adoración, la comunión, la predicación, los sacramentos y la oración [Hch 2:42]), más lo desearemos. Sí, permanecer en Cristo es querer más de Él. Recuerda: anhelamos lo que consumimos con más regularidad.

Alimentarse de Cristo es aferrarse a Él por gracia mediante la fe. / Foto: Envato Elements

2. Cambia tu dieta

Si queremos una mayor hambre del Señor, debemos estar dispuestos a hacer algunos cambios en nuestra “dieta”. Debemos estar dispuestos a consumir menos del mundo y su “palabra”, y más de Cristo y Su Palabra. Debemos estar dispuestos, a menos que la providencia lo impida, a dedicarnos a todas las reuniones públicas de nuestra iglesia local: reuniones de oración, escuela dominical, adoración matutina y vespertina, estudios bíblicos semanales, etc. (Hch 2:42). Debemos estar dispuestos a levantarnos un poco más temprano por la mañana con el propósito de ser nutridos por la Palabra de Dios (1P 2:2; Mr 1:35). 

Nuestro Señor combatió la tentación citando Deuteronomio 8:3: “El hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor” (Mt 4:4). Debemos estar dispuestos a buscar a otros miembros de la iglesia para tener comunión durante la semana. Debemos estar dispuestos a pasar un poco menos de tiempo mirando nuestras pantallas y un poco más de tiempo leyendo las Escrituras, cantando y orando con nuestros hijos en casa. Cambiar nuestra dieta espiritual de estas maneras aumentará nuestra hambre de Dios y nuestro anhelo por Su Palabra. Un hambre renovada por el Señor también generará nuevas prioridades en nuestras vidas y horarios.

Debemos estar dispuestos a consumir menos del mundo y su “palabra”, y más de Cristo y Su Palabra. / Foto: Unsplash

3. Comprométete a orar

Querido cristiano, eres perfectamente amado por Dios. Él envió a Su Hijo a morir por ti, para obtener tu redención con Su propia sangre. Él te ha adoptado por Su gracia, y ningún ejército del infierno podría arrebatarte de Sus manos amorosas (Ro 8:14-15; Jn 10:29). Él te sostendrá con firmeza. Tu Padre fiel, quien guarda el pacto, se regocija por ti con cánticos de júbilo (Sof 3:17). En tu mejor día y en tu peor día, Dios te ama igual, y Él está más comprometido con tu santidad que tú mismo (Tit 2:14). ¡Oh, las profundidades ilimitadas del amor de Dios!

Acércate con confianza al trono de la gracia y pídele a Dios que cambie tus apetitos. / Foto: Lightstock

Por tanto, a la luz del amor infinito de Dios por ti y de la gracia que Él derrama tan abundantemente sobre ti en Cristo, clama a Él en oración por un hambre espiritual creciente. Adelante. Hazlo ahora. Acércate con confianza al trono de la gracia y pídele a Dios que cambie tus apetitos, que cultive en ti un hambre y una sed por Él que no tengan rival en el mundo. Para enfocar las oraciones, es posible que también quieras ayunar. Un estómago que ruge podría reforzar y animar las oraciones fervientes por una mayor hambre espiritual.

Que el Espíritu Santo nos convenza de nuestra apatía espiritual y nos conceda la gracia de crecer en nuestra hambre y sed de Dios. Él es digno.

Ya que de Su abundancia recibo
Tales pruebas de amor divino,
Si tuviera mil corazones para dar,
¡Señor, todos deberían ser Tuyos!

— Samuel Stennett, aprox. 1727–1795


Publicado originalmente en Gospel Reformation Network.

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Jon Payne

El Rev. Dr. Jon D. Payne es el ministro principal de Christ Church Presbyterian (PCA) en Charleston, Carolina del Sur, y actualmente se desempeña como Coordinador de la Red de Reforma del Evangelio.

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