Mayo 15
Bienaventurados los humildes [mansos], pues ellos heredarán la tierra (Mateo 5:5).
La mansedumbre empieza cuando ponemos nuestra confianza en Dios. Entonces, debido a que confiamos en Él, le entregamos nuestros caminos y echamos sobre Él nuestras ansiedades o frustraciones, nuestros planes, nuestras relaciones, nuestro trabajo y nuestra salud.
Luego esperamos con paciencia en el Señor. Confiamos en que Su tiempo, poder y gracia obrará de la mejor manera para Su gloria y para nuestro bien.
El resultado de confiar en Dios, de echar sobre Él nuestras ansiedades y de esperar con paciencia en Él, es que no damos lugar al enojo fácil y quejumbroso. Por el contrario, damos lugar a la ira de Dios: le entregamos a Él nuestra causa y dejamos que Él nos reivindique si es Su voluntad hacerlo.
Y entonces, como dice Santiago, en esta tranquila confianza somos lentos para hablar y rápidos para escuchar (Santiago 1:19). Nos volvemos razonables y receptivos a la corrección (Santiago 3:17). Santiago llama a esto la “sabia mansedumbre” (Santiago 3:13).
La mansedumbre ama aprender. Además, considera que los golpes que recibe de parte de un amigo son invaluables (Proverbios 27:6). Y cuando se ve obligada a hacer una crítica a una persona envuelta en el pecado o el error, habla desde la profunda convicción de su propia debilidad, su propia susceptibilidad al pecado y su absoluta dependencia de la gracia de Dios (Gálatas 6:1).
La calma, la predisposición a aprender y la vulnerabilidad que se encuentran en la mansedumbre son muy hermosas y también muy dolorosas. Van en contra de todo lo que somos según nuestra naturaleza pecaminosa. La mansedumbre necesita ayuda sobrenatural.
Si eres discípulo de Jesucristo, es decir, si confías en Él, le entregas tus caminos y esperas con paciencia en Él; Dios ya empezó a ayudarte, y te ayudará aún más.
Y la manera principal en la que Él te ayudará es confirmando en tu corazón que eres coheredero con Cristo, y que el mundo y todo lo que hay en él es tuyo (1 Corintios 3:21-23). Los mansos heredarán la tierra.
