Despierta, tú que duermes,
Y levántate de entre los muertos,
Y te alumbrará Cristo (Ef 5:14)
Con este poema, Pablo fundamenta las tan citadas instrucciones matrimoniales de Efesios 5:22-33 en el poder transformador del evangelio. El evangelio despierta a los que duermen y da vida a los muertos. Llama a quienes están atrapados en la oscuridad a la luz resplandeciente de Cristo, donde, por primera vez, pueden ver y hacer verdaderamente lo que es bueno.
Si el evangelio puede lograr estas proezas, sin duda puede transformar a hombres comunes en maridos que aman a sus esposas como Cristo amó a la iglesia, y, sin duda, puede transformar a mujeres comunes en esposas que respetan y se someten al liderazgo de sus maridos. Pero esta transformación no es automática, y no ocurre de la noche a la mañana. Por eso Pablo ofrece este consejo matrimonial apostólico: anden en la luz (Ef 5:8-9).
Si bien su consejo se aplica tanto a los maridos como a las esposas, este artículo se dirige a las esposas. Las esposas que desean ver transformados sus matrimonios deben permanecer en la luz, donde Cristo mismo brilla sobre ellas, revelando verdades y exponiendo mentiras que dan forma a sus expectativas respecto al matrimonio. En particular, las esposas que buscan la luz abrazan dos verdades fundamentales y rechazan dos mentiras persistentes sobre sus matrimonios.

Verdad 1. Sigue siendo un pecador
La primera verdad que da forma a las expectativas sobre el matrimonio es que, aunque tu esposo esté consciente, vivo y en la luz, sigue siendo un pecador. Y, como pecador, enfrentará dificultades comunes a la humanidad, algunas de las cuales nos advierte Pablo en el resto de su carta a los Efesios.
A veces, tu esposo puede ser orgulloso, duro o impaciente (Ef 4:2). Su mezcla única de deseos engañosos lo afligirá (Ef 4:22). Tropezará al no guardar activamente su mente (Ef 4:25-32; 5:18).
Puede verse tentado a la deshonestidad, el robo, la pereza, el lenguaje destructivo, el resentimiento, el egoísmo, la inmoralidad sexual de diversos tipos, los celos, la codicia o el abuso de sustancias. En una palabra, flaqueará en su compromiso de amarte con abnegación.

Como tejana de nacimiento, mi suegra sigue estrictamente esta regla: encender la luz durante los viajes al baño en medio de la noche. No hacerlo podría significar un encuentro sorpresa con una cucaracha (al menos en Texas).
Cuando Cristo ilumina un matrimonio, su luz expone los pecados para que podamos verlos como lo que son: cucarachas sigilosas, invasivas, sucias, repulsivas, amantes de la oscuridad y del tamaño de Texas. La luz nos protege de la sorpresa ante los fracasos de nuestro esposo porque nuestras expectativas se basan en esta verdad fundamental: él sigue siendo un pecador.
Verdad 2. Está creciendo
La luz también nos enseña a ajustar nuestras expectativas en torno a una segunda verdad fundamental: aunque tu esposo sigue siendo un pecador, está creciendo. A la luz, su pecado se hace visible. Y una vez visto, el camino a seguir queda claro.
En el caso de una cucaracha, un zapato de suela gruesa es el camino más claro a seguir, pero el pecado requiere un tipo diferente de muerte: una de confesión, de cambio de rumbo y de alejarse, cada vez más lejos de la oscuridad del sueño y de la tumba, y cada vez más hacia la luz de Cristo. El camino a seguir quizás no sea fácil, pero está brillantemente iluminado.

Si tu esposo está despierto y vivo, ¡entonces Cristo brilla sobre él! Él verá cada vez más su pecado, y sabrá qué hacer al respecto. Equipado con más que un zapato de suela gruesa, tiene todo lo que necesita para aplastar los pecados expuestos por la luz (Efesios 6:10-18 ofrece un inventario completo de todas las armas ofensivas y defensivas en su arsenal).
Estas dos verdades fundamentales (tu esposo es un pecador, pero está creciendo) deben moldear tus expectativas sobre el matrimonio, moderando tu idealismo con la realidad y tu pesimismo con la esperanza.
Mentira 1. “Soy más justa que él”
Además de revelar dos verdades fundamentales para el matrimonio, la luz de Cristo pone al descubierto dos mentiras persistentes en el matrimonio. La primera es la mentira de la superioridad moral. Todas caemos en el orgullo de vez en cuando, creyéndonos mejores que nuestros maridos. Pero si permanecemos en la luz, no podemos escapar al efecto igualador de la cruz.
La luz nos recuerda que necesitamos la sangre de Jesús que limpia el pecado tanto como nuestros maridos. Junto a ellos, también nosotras debemos crecer en la capacidad de detectar y eliminar el pecado. Debemos estar en guardia contra las tentaciones que se esconden detrás de los fracasos de nuestros maridos. Con demasiada frecuencia, respondemos a su pecado con nuestro propio pecado porque la mentira de la superioridad moral nos tienta a excusar nuestro pecado cuando es provocado por el de ellos.

En este asunto, Pablo no se queda callado: “Enójense, pero no pequen; no… den oportunidad al diablo” (Ef 4:26-27). El pecado duele. La ira es una respuesta natural al dolor. Pero la luz nos ayuda a ver más allá de esos momentos de dolor e ira, hacia el verdadero enemigo que acecha detrás de ellos. Nuestros maridos no son el enemigo, pero detrás de sus fallas, el diablo se esfuerza por reafirmar su dominio sobre nuestras vidas. Él usaría nuestra ira en nuestra contra, seduciéndonos para que reaccionemos de maneras pecaminosas, quizás arremetiendo con palabras de odio, dando rienda suelta a la arrogancia o la autosuficiencia, tramando venganza, cayendo en la desesperanza cínica o negando el perdón.
Pero estas reacciones provienen de las sombras, y bordean el camino de regreso a la tumba. El camino de la luz y la vida es “sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo” (Ef 4:32). Debemos esperar encontrar el pecado acechando a la puerta de nuestras decepciones matrimoniales, por lo que protegemos proactivamente nuestros corazones contra la trampa de la ira al confesar continuamente nuestros propios pecados y al cultivar un corazón de perdón hacia nuestros maridos.
Entonces, cuando ellos confiesen sus pecados, podremos, con entusiasmo, aunque no sin dolor, extenderles toda la misericordia y la gracia que Dios nos ha dado gratuitamente. De esta manera, nos defendemos contra la mentira de la superioridad moral que nos acecha desde las sombras de los fracasos de nuestro esposo.

Mentira 2. “Yo sé lo que es mejor para él”
Ten cuidado también con una segunda mentira persistente que acecha en las sombras: la mentira de la sabiduría superior. Sin duda, si fueras Dios, elegirías un camino diferente al que sigue actualmente tu esposo para su transformación. Pero la luz de Cristo irrumpe en nuestros puntos ciegos, desafiando incluso nuestras expectativas sobre cómo deberían crecer nuestros esposos.
Quizás priorizarías su falta de atención o su [completa el espacio en blanco], pero Dios ve los defectos de tu esposo con mayor claridad que tú. La Suya es la sabiduría superior. Él expone el pecado de acuerdo con Su plan y calendario.
Quizás no transforme a tu esposo en la pareja más atenta, pero podría mover su corazón para que sea más generoso en la iglesia.

Quizás tu esposo no se dé cuenta de un montón de platos sucios en el fregadero tanto como te gustaría, pero tal vez comience a supervisar más el acceso de tus hijos a Internet. Quizás siga teniendo dificultades para recordar lo que le has pedido que haga, pero con el tiempo tal vez crezca en satisfacción en el trabajo, esforzándose fielmente en un empleo poco gratificante para mantener a tu familia.
En Cristo, tu esposo está creciendo, ya sea que esté recorriendo el camino exacto que tú le prescribirías o no. Si no ves crecimiento en un área que te resulta particularmente dolorosa, invita a la luz de Cristo a que brille sobre tus expectativas para que puedas verlas verdaderamente y evaluarlas con sabiduría. ¿Es este rasgo que te molesta realmente un pecado, o podría ser simplemente una debilidad de carácter? ¿Estás esperando que tu esposo haga algo que Dios no requiere? Permanece en la luz, donde las mentiras quedan al descubierto y las expectativas erróneas se transforman.
Si el pecado no abordado persiste en la vida de tu esposo, recuerda el consejo dado por Dios a Pablo en otra de sus cartas: en lugar de regañar, avergonzar o desesperarte, gozándote en la esperanza, perseverando en el sufrimiento, dedicada a la oración (Ro 12:12). ¡Antes de acudir a tu esposo, acude a Dios! Reconoce que Dios, mejor que nadie, puede ver el pecado de tu esposo y, en Su sabiduría superior, sabe precisamente qué hacer al respecto. (Aun así, reconoce que algunos patrones de pecado pueden requerir consejo o ayuda externa, especialmente si el pecado te pone en peligro a ti u otros).
Que sea la luz
Permanece en la luz, y eso transformará tu matrimonio. Reajusta tus expectativas basándote en la verdad de que tu esposo es un pecador, y la luz te protegerá de las sorpresas o la desilusión ante sus fallos. Moldea tus expectativas en torno a la verdad de que él está creciendo, y la luz te llenará de esperanza a medida que veas cada vez más a tu esposo tal como Dios lo ve: como un hijo muy amado que se va transformando gradualmente a la imagen de Cristo, el único esposo perfecto.
“Por lo demás… [Revístete] con toda la armadura de Dios” (Ef 6:10-11), rechazando las mentiras de tu propia justicia y sabiduría superiores. Luego, de la mano de tu esposo, crezcan juntos a la imagen de su Salvador.
Publicado originalmente en Desiring God.