Agosto 12
Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así suspira por Ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios? (Salmo 42:1-2).
La razón por la que este pasaje es tan hermoso y crucial para nosotros, es porque el salmista no anhela las aguas principalmente para obtener alivio frente a las circunstancias que lo amenazan. No anhela escapar de sus enemigos o la destrucción de ellos.
No está mal desear alivio y orar por ello. En ocasiones, está bien orar por la derrota de nuestros enemigos. Pero más importante que todo esto es el mismo Dios.
Cuando pensamos y sentimos con Dios en los Salmos, este es el resultado principal: llegamos a amar a Dios, y queremos ver a Dios, estar con Dios y estar satisfechos al admirar y adorar profundamente a Dios.
Una traducción de la pregunta al final del versículo 2 podría ser como sigue: “¿Cuándo vendré y veré el rostro de Dios?”. La respuesta final a esa pregunta se encuentra en Juan 14:9, en donde Jesús dijo: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Y en 2 Corintios 4:4, donde Pablo dijo que cuando nos convertimos a Cristo vemos “el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios”.
Cuando vemos el rostro de Cristo, vemos el rostro de Dios. Y vemos la gloria del rostro de Cristo, dice Pablo en 2 Corintios 4:4 y 6, cuando escuchamos la historia del evangelio de Su muerte y resurrección. Sobre esto Pablo dice que es el “evangelio de la gloria de Cristo, quien es la imagen de Dios”. O (versículo 6), el “conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo”.
Que el Señor aumente tu hambre y tu sed de ver el rostro de Dios. Y que te conceda ese deseo, hoy mismo, mediante el evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.
Devocional tomado del sermón “Spiritual Depression in the Psalms”.
