Entra a cualquier iglesia de Estados Unidos (y otras partes del mundo) y pronto te darás cuenta de que hay ciertos pecados que enfrentamos con valentía y otros que toleramos en silencio.
Predicamos contra la inmoralidad sexual. Advertimos contra la codicia. Enfrentamos el orgullo, el chisme, la embriaguez y las falsas doctrinas. Sin embargo, hay un problema evidente que está a la vista en innumerables iglesias y que rara vez recibe atención seria: la obesidad pastoral.
Durante décadas, muchas iglesias han evitado este tema con mucho cuidado. Hemos evitado las conversaciones difíciles en nombre de la amabilidad. Hemos confundido la compasión con el silencio. Hemos temido parecer críticos más de lo que hemos temido no pastorear fielmente.
El resultado es una cultura en la que muchos pastores trabajan bajo la carga de la obesidad crónica con poco ánimo, rendición de cuentas o apoyo práctico de quienes los rodean.
No escribo esto para avergonzar a los pastores, sino porque los amo y ¡yo soy pastor!
Y debido a que los pastores son líderes esenciales en el cuerpo de Cristo, los necesitamos sanos, fuertes, llenos de vigor y que sean un ejemplo no solo en la disciplina espiritual, sino también en la disciplina física. Les estamos fallando a nuestros pastores al no hablar de esto.

La obesidad pastoral es un tema espiritual
Las Escrituras nos enseñan que nuestros cuerpos son importantes.
Pablo escribe: “¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes?… Por tanto, glorifiquen a Dios en su cuerpo” (1Co 6:19-20). Obviamente, la mayoría de nosotros relacionamos ese pasaje con el hecho de huir de la inmoralidad sexual (y con razón), pero debemos tener cuidado de no pasar por alto el principio subyacente. Nuestros cuerpos son un templo en el que reside el Espíritu Santo y deben ser tratados como Su vaso para el uso, el honor y la gloria de Dios. La obesidad, al igual que la inmoralidad sexual, denigra el templo físico en el que reside el Espíritu.
Y que no quepa duda: el tema no es si un pastor tiene unos kilos de más durante las fiestas. Nadie en su sano juicio espera que los bíceps abultados y las cinturas marcadas se conviertan en un requisito para ser anciano. A ningún candidato a anciano en las Escrituras se le exigió jamás cumplir con un porcentaje de grasa corporal.

La cuestión subyacente es si un hombre demuestra la virtud bíblica del dominio propio.
Los pastores están llamados a ser “irreprochables” y “dueños de sí mismos” (1Ti 3:2; Tit 1:8). Esos requisitos no se limitan a la sexualidad o al lenguaje. Abarcan toda la vida.
Cuando un pastor muestra constantemente patrones de excesos, utiliza la comida para lidiar con el estrés y la presión del ministerio, descuida su salud durante años sin arrepentirse ni cambiar, o se vuelve físicamente incapaz de cumplir con las exigencias del ministerio debido a elecciones de estilo de vida que se podrían haber evitado, con frecuencia está ocurriendo algo más profundo.
El problema no es simplemente el peso. El problema es la mayordomía.

Hemos normalizado lo que debería preocuparnos
En muchas iglesias, la obesidad entre los líderes se ha vuelto tan común que casi ni la notamos.
Imagina si un pastor luchara abiertamente contra el alcoholismo durante veinte años mientras todos sonríen educadamente y dicen: “Bueno, así es él”.
Nunca aceptaríamos eso.
Sin embargo, cuando los pastores descuidan repetidamente su salud por medio de la sobrealimentación crónica, la inactividad y los hábitos poco saludables, las iglesias suelen guardar silencio. En parte porque la comida es socialmente aceptable. En parte porque muchas culturas eclesiásticas fomentan sin querer un estilo de vida poco saludable por medio de comidas interminables, celebraciones y horarios sedentarios. Y en parte porque muchos también luchamos con esto. Para ser honestos, algunos nos sentimos cómodos cuando nuestro pastor tiene sobrepeso porque eso valida algo pecaminoso que hemos normalizado.

Esto se aleja drásticamente de los estándares bíblicos. La iglesia no debe normalizar patrones de exceso habitual simplemente porque sean comunes entre los cristianos estadounidenses o de cualquier lugar del mundo.
El ministerio exige fortaleza física
El ministerio pastoral es sumamente exigente. Requiere largas jornadas, resistencia emocional, asesoramiento, viajes, predicación, estudio, visitas a hospitales, reuniones de liderazgo y acompañar a las personas en los momentos de mayor dolor de la vida.
Un ministerio fiel requiere resistencia.
Un pastor que descuida continuamente su salud limita innecesariamente los años y la eficacia de su ministerio. Puede acortar precisamente el ministerio que Dios le ha confiado y convertirse en un lastre innecesario en su vejez, simplemente porque no cuidó su templo físico.
Muchos pastores hablan con pasión sobre terminar bien espiritualmente. También deberíamos desear terminar bien físicamente. Un pastor que cuida su cuerpo no está persiguiendo la vanidad. Está buscando la longevidad con el fin de servir a Cristo y Su iglesia.

Las iglesias deben ayudar
Parte del problema radica en la actitud complaciente hacia los pastores, pero otro problema es que a muchos pastores no se les anima ni se les apoya en su búsqueda de una buena salud. Ir al gimnasio puede verse como algo vanidoso y que “no tiene que ver con el ministerio”. Los paquetes de beneficios pueden incluir un seguro médico general, pero es raro encontrar una iglesia que apoye de manera tangible las decisiones relacionadas con la salud y el estado físico. En algunas culturas eclesiásticas, a un pastor obeso incluso se le ve como una especie de trofeo porque “no le importa su apariencia”, sino que solo se enfoca en pastorear y estudiar.
Necesitamos rendir cuentas en todos los frentes. Las iglesias deberían apoyar a sus pastores en la búsqueda de la salud, y no se les debería permitir a los pastores pensar que la obesidad es aceptable.

Algunas de las formas en que esto se puede lograr incluyen:
- Que los pastores y los ancianos hagan ejercicio juntos.
- Que los pastores y los ancianos se animen mutuamente a llevar una vida saludable.
- Paquetes de beneficios que incluyan subsidios para la salud y el ejercicio físico.
- Que los pastores se hagan análisis de sangre periódicamente y revisen los biomarcadores clave.
- Que los pastores reciban educación sobre las opciones alimenticias.
- Los miembros de la iglesia deben animar el bienestar físico de sus pastores.
- Los líderes ministeriales deben dar el ejemplo con ritmos equilibrados de trabajo, descanso, ejercicio y alimentación sensata.

Los pastores necesitan hermanos fieles en la iglesia que puedan hacerles, con amor, preguntas difíciles sobre su salud física, al igual que lo hacen con respecto a su salud espiritual. Los hombres deberían hacerles a sus pastores preguntas como:
- ¿Cómo está tu salud?
- ¿Estás haciendo ejercicio? ¿Cómo ha sido tu rutina en esta temporada?
- ¿Estás descansando? ¿Cuántas horas duermes?
- ¿Cómo ha sido tu autocontrol con la alimentación ante el estrés del ministerio?
- ¿Te gustaría jugar una ronda de golf o hacer una caminata para pasar un rato juntos?
- ¿Puedo invitarte a almorzar a este lugar que sirve comida abundante pero saludable?
- ¿Estás cuidando tu cuerpo como administrador del don de Dios?
Estas conversaciones deberían ser una parte normal de la vida en comunidad dentro de la iglesia.
Gracia para la batalla
Muchos pastores que leen esto ya están luchando con todas sus fuerzas. Algunos se enfrentan a problemas de salud, medicamentos, factores genéticos o años de hábitos poco saludables desarrollados en contextos ministeriales exigentes. Hay gracia para eso. Algunos pastores no son obesos por falta de disciplina, sino porque padecen una enfermedad crónica. También podemos cuidar de ellos, al tiempo que les brindamos abundante gracia y comprensión por su situación.
En todas estas cosas, debemos alabar a Dios porque, gracias al evangelio, nuestra posición ante Dios se basa en la justicia de Cristo, no en nuestro contorno de cintura. Pero el mismo evangelio que nos perdona también nos transforma. Ningún pastor debería conformarse con una falta de salud que se puede evitar. Ninguna iglesia debería ignorarla. Y ningún pastor debería luchar solo.

Nuestro objetivo en la iglesia cristiana debe ser animar y capacitar a pastores que sean espiritualmente sanos y físicamente sanos. Necesitamos hombres que sean santos, pero también hombres que sean sanos, para que puedan pastorear nuestras almas con fortaleza durante las próximas décadas.
Publicado originalmente en For the Gospel.
