Septiembre 29
Sobre todo, tomen el escudo de la fe con el que podrán apagar todos los dardos encendidos del maligno. Tomen también el casco de la salvación, y la espada del Espíritu que es la palabra de Dios (Efesios 6:16-17).
Cuando estoy ansioso por el proceso envejecer, lucho contra la incredulidad con la promesa: “Aun hasta su vejez, Yo seré el mismo, y hasta sus años avanzados, Yo los sostendré. Yo lo he hecho, y Yo los cargaré; Yo los sostendré, y Yo los libraré” (Isaías 46:4).
Cuando estoy ansioso por la muerte, lucho contra la incredulidad con la promesa de que “ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos” (Romanos 14:7-9).
Cuando estoy ansioso por el peligro de naufragar en la fe y alejarme de Dios, lucho contra la incredulidad con las promesas: “El que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6); y “Él también es poderoso para salvar para siempre a los que por medio de Él se acercan a Dios, puesto que vive perpetuamente para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).
¡Únete a mí en esta batalla! Luchemos, no contra otras personas, sino contra nuestra propia incredulidad. La incredulidad en las promesas de Dios es la raíz de la ansiedad, que, a su vez, es la raíz de tantos otros pecados. La espada del Espíritu es la Palabra de Dios, dijo Pablo en Efesios 6:17. El escudo con el que apagamos los ardientes engaños de Satanás es la fe (versículo 16) en la Palabra de Dios. Así que toma el escudo en tu mano izquierda y la espada en tu mano derecha, y peleemos la buena batalla de la fe.
Toma la Biblia, pide ayuda al Espíritu Santo, guarda las promesas en tu corazón y pelea la buena batalla, es decir, vive por fe en la gracia venidera.
