Septiembre 28
“¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que Yo digo? Todo el que viene a Mí y oye Mis palabras y las pone en práctica, les mostraré a quién es semejante: es semejante a un hombre que al edificar una casa, cavó hondo y echó cimiento sobre la roca”. Lucas 6:46-48
Jesús quiere que nuestros labios se correspondan con nuestra vida. Por tanto, termina Su Sermón del Monte con preguntas profundas y retóricas: “¿Por qué ustedes me llaman: “Señor, Señor”, y no hacen lo que Yo digo?”. Él percibía un contraste entre lo que la gente decía y la manera en que se comportaba y quería moverlos a examinar con seriedad su estado espiritual. Él quería que ellos vieran (y nosotros también) que una profesión verbal de fe en Él debe ser acompañada por obediencia moral a Él.
Jesús no enseñó que la entrada al reino de los cielos fuera por buenas obras de obediencia. La salvación es solo por gracia, solo mediante la fe, nada más (ver Ef 2:8). Todo lo que podemos llevar a Cristo es el pecado que necesita ser perdonado. Entonces, ¿cuál es la enseñanza? Simplemente esta: que solo los que lo obedecen (los que expresan su fe mediante sus obras) han escuchado el evangelio en verdad y han sido transformados por él. Tal como los reformadores señalaron, solo la fe salva, pero la fe que salva no va sola. El apóstol Juan, retomando las palabras de Jesús, dice en su primera carta: “Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad” (1 Jn 1:6). La Escritura deja muy claro que la forma en que escuchamos y obedecemos las palabras de Jesús tiene un impacto eterno porque revela el estado verdadero y la realidad de nuestra fe.
Ninguna acumulación de obras religiosas ni de palabras religiosas podrá disfrazar nuestro comportamiento privado ante Dios. La verdadera prueba para aquel que invoca el nombre del Señor, dice Pablo (y no evadamos por un solo instante la tremenda implicación de esto), es “que se aparte de la iniquidad” (2Ti 2:19). Esta es la evidencia de la fe genuina.
Aunque ninguno de nosotros puede tener una vida perfecta, sí somos llamados a tener una vida transformada. Vivimos bajo el señorío de Cristo; Su Espíritu está ahora dentro de nosotros. ¿Tendremos éxito total? No. Pero seremos diferentes y nuestra vida demostrará cada vez más que nos hemos convertido “de los ídolos a Dios para servir al Dios vivo y verdadero” (1Ts 1:9). Por tanto, considera tu propia vida. ¿Confiesas que Jesús es Señor? ¡Bien! Sin embargo, lo más importante: ¿puedes señalar evidencias en tu vida (en lo que no haces y en lo que haces, en las tentaciones con las que luchas, en las virtudes que buscas y en el perdón que pides con arrepentimiento) de que Él es verdaderamente tu Señor?
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
