Septiembre 25
«Perdonen, y serán perdonados. Den, y les será dado». Lucas 6:37-38
Nada corrompe nuestro corazón y nuestra mente más rápido que un corazón que no está dispuesto a perdonar. Sin embargo, lo contrario también es verdad: nada otorga libertad, gozo y paz al corazón y a la mente más rápido que la experiencia genuina de ofrecer perdón. De hecho, nuestra disposición para perdonar es una prueba definitiva de nuestro estado espiritual; cuando perdonamos desde el corazón, mostramos evidencia de que somos verdaderos hijos e hijas del Altísimo (Lc 6:35).
Jesús a menudo vincula nuestro perdón con nuestra disposición para perdonar (ver Lc 11:4). Así que, cuando pensamos en practicar el perdón, primero debemos preguntarnos dónde se encuentra. La respuesta es que la fuente de todo perdón verdadero se encuentra solo en Dios. De hecho, de la abundancia de la misericordia de Dios surge el perdón.
Ese perdón es tan indispensable para la vida y la salud de nuestra alma como el alimento lo es para nuestro cuerpo físico. La Escritura está llena de recordatorios que apuntan a Dios como el que perdona. El salmista dice: «Señor, si Tú tuvieras en cuenta las iniquidades, ¿quién, oh, Señor, podría permanecer? Pero en Ti hay perdón» (Sal 130:3-4). De manera similar, el profeta Daniel afirma: «Al Señor nuestro Dios pertenece la compasión y el perdón» (Dn 9:9). El Hijo divino de Dios, mientras le escupían y lo ridiculizaban, le quitaban Sus ropas, lo golpeaban, lo clavaban en una cruz junto a dos criminales y lo abandonaban en agonía, declaró: «Padre, perdónalos» (Lc 23:34). El espíritu de perdón de Dios no tiene rival.
Como hijos de Dios por la fe en Cristo, debemos imitar a nuestro Padre y Señor al practicar el perdón. Es una parte tan importante de la vida del verdadero cristiano que Jesús llega a afirmar que, si no estamos dispuestos a perdonar, debemos cuestionarnos seriamente si somos perdonados; es decir, si hemos en verdad entendido el evangelio en nuestro corazón (ver Mt 6:14-15). Si estás albergando falta de perdón en tu corazón, no la excuses ni la menosprecies. Más bien, mírala a la luz del evangelio. Reflexiona en la inmensidad de lo que te ha sido perdonado a través de Cristo. Piensa en la naturaleza perdonadora de tu Padre, a quien debes reflejar en tu vida. Reconoce la carga de la falta de perdón que te corrompe y te roba la vida. Determina qué tienes que hacer y para quién. Ese es el camino para disfrutar de la paz y de la libertad de perdonar tal como has sido perdonado.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
