La madurez espiritual no siempre se ve espectacular

La madurez espiritual no suele verse espectacular. Dios la forma poco a poco, en la fidelidad cotidiana, la vida de iglesia, la obediencia y las pruebas. ¿Cómo está formando Cristo tu carácter en lo que haces cada día?
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Recuerdo con claridad los primeros días de mi caminar con Cristo. Mi primera hija tenía apenas tres meses de nacida cuando el Señor, en Su infinita gracia, abrió mis ojos al evangelio. En ese momento de mi vida disfrutaba de una gran bendición: mi esposo era un hombre trabajador y fiel en el sustento de nuestro hogar, lo que me permitió dedicarme por completo al cuidado de nuestra pequeña. Aun antes de conocer al Señor, ambos habíamos decidido que, mientras fuera posible, yo permanecería en casa criando a nuestros hijos, un anhelo que compartíamos con alegría.

Sin embargo, aunque gozaba de esa bendición familiar, espiritualmente era una recién nacida. No conocía las Escrituras, no entendía las doctrinas fundamentales de la fe y mucho menos sabía qué era la madurez espiritual. Mi esposo aún no había entregado su vida a Cristo, por lo que tampoco podía responder las muchas preguntas que comenzaban a surgir en mi corazón.

Además, eran tiempos muy distintos a los de hoy. No existía la facilidad de abrir una aplicación para escuchar un podcast, buscar una predicación en YouTube o acceder a cientos de recursos bíblicos en cuestión de segundos. Ni siquiera asistía todavía a una iglesia local. El Señor me había alcanzado de una manera muy particular: mientras veía un programa de televisión donde se predicaba el evangelio, el Espíritu Santo trajo convicción a mi corazón acerca de mi pecado y de mi necesidad desesperada de un Salvador.

No todos comenzamos la vida cristiana con amplio conocimiento bíblico o una fe madura. / Foto: Unsplash

¿Por qué comienzo compartiendo esta parte de mi historia? Porque deseo que sepas que quien escribe estas líneas no inició su vida cristiana con un amplio conocimiento bíblico ni con una fe madura. Comencé exactamente como toda creyente: dando pequeños pasos, haciendo muchas preguntas, enfrentando luchas y aprendiendo, día tras día, a depender del Señor.

Mirando hacia atrás, puedo reconocer que Dios utilizó precisamente aquello que muchas veces consideramos una vida “común”: el hogar, la crianza de los hijos, el servicio en la iglesia local, la lectura constante de Su Palabra, las pruebas, las correcciones y el discipulado de hermanas más maduras, para moldear mi carácter a la semejanza de Cristo. Fue allí, en la fidelidad de lo cotidiano y no en experiencias extraordinarias, donde el Señor comenzó la obra de madurez espiritual.

La verdadera madurez espiritual no consiste en cuánto sabemos acerca de Dios. Más bien, es el fruto de una vida transformada por el evangelio, rendida a la autoridad de la Palabra y dependiente de la obra del Espíritu Santo.

La madurez espiritual se refleja en una vida moldeada por el evangelio, guiada por la Palabra y dependiente del Espíritu Santo. / Foto: Unsplash

Por eso, antes de preguntarnos cuánto conocemos, debemos preguntarnos cuánto hemos sido transformadas. Porque la meta de la vida cristiana nunca ha sido simplemente acumular información bíblica, sino ser hechas a la imagen de nuestro Salvador (Ro 8:29).

En este artículo reflexionaremos sobre lo que las Escrituras enseñan acerca de la madurez espiritual. Descubriremos que no se trata de un destino reservado para unas pocas creyentes excepcionales, sino del llamado de Dios para toda mujer que ha sido redimida por Cristo y que anhela vivir para Su gloria.

Dios valora lo que el mundo suele pasar por alto

Vivimos en una cultura que celebra lo visible. Admiramos los grandes escenarios, las historias extraordinarias, los ministerios de gran alcance y los logros que llaman la atención. Sin darnos cuenta, esa misma mentalidad puede infiltrarse en nuestra vida cristiana y hacernos pensar que una creyente madura es aquella que siempre está al frente, enseña a multitudes, posee un amplio conocimiento teológico o vive experiencias espirituales fuera de lo común. Y no estoy diciendo que estoy en contra de la preparación teológica o criticando a las personas que el Señor por Su gracia usa en diferentes plataformas. Si el Señor nos permite prepararnos y servir de esta forma, ¡gloria a Él! Esa ha sido Su voluntad.

Dios valora la fidelidad en lo cotidiano, aunque el mundo pase por alto lo que hacemos. / Foto: Unsplash

Sin embargo, las Escrituras nos presentan un panorama muy distinto. La madurez espiritual rara vez es llamativa. Generalmente se desarrolla en el anonimato, en la perseverancia diaria, en la obediencia cuando nadie observa y en la fidelidad a Dios en las responsabilidades ordinarias de la vida.

Dios forma mujeres maduras mucho antes de colocarlas en una plataforma. De hecho, muchas de Sus hijas más fieles jamás serán conocidas fuera de su iglesia local, y eso no disminuye en absoluto el valor de sus vidas delante del Señor.

La madurez espiritual rara vez es llamativa. / Foto: Unsplash

El propósito de Dios es hacernos semejantes a Cristo

El apóstol Pablo nos recuerda una verdad que redefine la manera en que entendemos el crecimiento espiritual:

“Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo…” (Ro 8:29).

Este pasaje nos lleva al corazón del propósito de Dios para Sus hijos. El Señor no está interesado en formar creyentes que impresionen a los demás por sus capacidades, conocimientos o ministerios visibles. Su obra en nosotras tiene un objetivo mucho más profundo y eterno: moldearnos hasta reflejar el carácter de Cristo.

El Señor no está interesado en formar creyentes que impresionen a los demás. / Foto: Unsplash

Con frecuencia podemos caer en la tentación de asociar la madurez espiritual con el conocimiento acumulado o con los dones que una persona posee. Sin embargo, la Escritura nos enseña que la verdadera evidencia de crecimiento no se encuentra únicamente en lo que sabemos, sino en cuánto y cómo esa verdad ha transformado nuestro corazón y manera de vivir. La madurez se hace visible en la forma en que pensamos, hablamos, respondemos al sufrimiento, perdonamos, servimos, amamos y caminamos en obediencia al Señor.

Una mujer puede dominar muchos conceptos teológicos y, aun así, seguir luchando con el orgullo, la impaciencia o la falta de amor hacia los demás. De la misma manera, una creyente que nunca ha ocupado una plataforma, escrito un libro o dirigido una conferencia, puede reflejar una profunda semejanza con Cristo mediante una vida de servicio silencioso, fidelidad en su hogar, amor por la iglesia y perseverancia en la oración. También puede ocurrir lo contrario: la actividad ministerial o el reconocimiento público no siempre son evidencia de madurez espiritual.

Una mujer puede dominar muchos conceptos teológicos y, aun así, seguir luchando con diversidad de pecados. / Foto: Unsplash

Por eso, el crecimiento genuino nunca tiene como propósito principal llamar la atención sobre nosotras, sino manifestar la obra transformadora de Cristo en nuestro interior. Antes de producir reconocimiento, la verdadera madurez produce transformación. Dios está mucho más interesado en formar el carácter de Su Hijo en nosotras que en construir una imagen espiritual que impresione a quienes nos rodean.

Y esa transformación, por lo general, no ocurre en los escenarios donde otros nos observan. Dios acostumbra formar el carácter de Sus hijas en los lugares donde nadie aplaude, donde el servicio es silencioso y donde solo Él ve nuestra fidelidad. Allí, en la rutina diaria, en las luchas del corazón, en la obediencia constante y en la comunión íntima con Él, el Espíritu Santo va haciendo una obra profunda que, aunque muchas veces pasa desapercibida para los demás, tiene un valor eterno delante de Dios.

Dios acostumbra formar el carácter de Sus hijas en los lugares donde nadie aplaude. / Foto: Unsplash

No es casualidad que las raíces de la madurez espiritual crezcan bajo la superficie antes de que sus frutos sean visibles. Así como un árbol desarrolla primero un sistema de raíces fuerte y profundo antes de sostener un gran follaje, Dios fortalece nuestro hombre interior antes de confiar responsabilidades mayores. La vida que permanece firme en las pruebas casi siempre ha sido cultivada durante años de obediencia silenciosa. De allí el peligro de permitir a personas tener liderazgo en el ministerio, escribir para un ministerio, incluso escribir un libro. Debemos ver lo que nos dicen las Escrituras:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñarnos lo que es verdad y para hacernos ver que esta mal en nuestra vida. Nos corrige cuando estamos equivocados y nos enseña hacer lo correcto. Dios la usa para preparar y capacitar a su pueblo para que haga toda buena obra” (2Ti 3:16 NTV).

La vida que permanece firme en las pruebas casi siempre ha sido cultivada durante años de obediencia silenciosa. / Foto: Unsplash

Por eso, si queremos comprender cómo Dios produce una fe estable y un carácter semejante al de Cristo, debemos dirigir nuestra mirada hacia el lugar donde Él realiza Su obra más importante: la vida secreta del creyente, allí donde la comunión con Dios vale más que el reconocimiento de los hombres.

La madurez espiritual es un proceso de toda la vida

El crecimiento espiritual no sucede de un momento a otro. No existe un instante en el que una creyente pueda decir que ha alcanzado la madurez de forma definitiva. La obra de Dios en Sus hijos es progresiva, constante y paciente. Él nos transforma paso a paso, conforme a Su tiempo y por medio de Su gracia.

El apóstol Pablo describe esta realidad cuando explica el propósito por el cual Cristo dio pastores y maestros a Su iglesia: “…a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio …hasta que todos lleguemos …a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Ef 4:11-16).

La obra de Dios en Sus hijos es progresiva, constante y paciente. / Foto: Envato Elements

La expresión “hasta que todos lleguemos” nos recuerda que la madurez espiritual es un camino y no un destino que alcanzamos de inmediato. Mientras estemos en esta vida, Dios continuará moldeándonos a la imagen de Su Hijo. Siempre habrá áreas en las que necesitemos crecer, arrepentirnos y depender más profundamente de Su gracia.

Así como un niño requiere tiempo para aprender a caminar, hablar y desarrollarse, la vida cristiana también demanda un crecimiento gradual. Ninguna creyente es madura de la noche a la mañana. El Señor utiliza la exposición continua a Su Palabra, la comunión con la iglesia, la exhortación amorosa, las pruebas, el sufrimiento y las múltiples circunstancias de la vida para formar en nosotras un carácter que refleje a Cristo.

Nuestra cultura nos ha acostumbrado a esperar resultados inmediatos. Queremos cambios rápidos, respuestas instantáneas y crecimiento sin demora. Sin embargo, el método de Dios suele ser muy diferente. Él trabaja con paciencia, usando años de obediencia perseverante para producir una fe firme y un carácter estable. Lo que para nosotras parece lento, para Dios es una obra perfecta que se está desarrollando conforme a Su voluntad.

Dios usa Su Palabra, la iglesia, las pruebas y las circunstancias de la vida para formar en nosotras el carácter de Cristo.

Con frecuencia anhelamos que nuestro crecimiento ocurra por medio de experiencias extraordinarias, pero el Señor, muchas veces, nos está santificando en la sencillez de la vida diaria. Nos forma cuando servimos a nuestra familia con gozo, cuando cuidamos con amor a padres envejecidos, cuando permanecemos fieles en un ministerio que pocos ven, cuando respondemos con gracia a una ofensa, cuando obedecemos el llamado de Dios aunque nadie reconozca nuestro servicio, o cuando abrimos la Biblia una mañana más, aun cuando nuestras emociones no acompañen ese momento.

Es precisamente en esa fidelidad cotidiana donde el Espíritu Santo obra una transformación profunda. Los grandes cambios del carácter casi siempre nacen de pequeñas decisiones repetidas de obediencia.

Por eso, la madurez espiritual rara vez llama la atención. No suele manifestarse en momentos espectaculares, sino en una vida que, día tras día, aprende a confiar, obedecer y perseverar. Allí, en lo ordinario, Dios está realizando Su obra extraordinaria.

La madurez espiritual rara vez llama la atención. / Foto: Lightstock

La iglesia: el taller donde Dios forma creyentes maduros

Si Romanos 8 nos muestra la meta del crecimiento espiritual, Efesios 4 nos revela el medio que Dios utiliza para alcanzarla.

Dios nunca diseñó el crecimiento espiritual para vivirse en aislamiento. Él estableció la iglesia local como el lugar donde somos alimentadas, corregidas, animadas, exhortadas y equipadas para crecer en semejanza a Cristo.

Pablo explica que el Señor dio pastores y maestros para conducir a Su pueblo hacia la madurez espiritual, recordándonos que crecer no es un evento instantáneo, sino un proceso que dura toda la vida.

Dios nunca diseñó el crecimiento espiritual para vivirse en aislamiento. / Foto: Unsplash

Vivimos en una época donde se promueve un cristianismo cada vez más individualista. Muchas personas dicen amar a Cristo, pero consideran que la iglesia es opcional. Otras creen que pueden crecer espiritualmente escuchando sermones por internet, leyendo buenos libros o siguiendo a maestros bíblicos en las redes sociales.

Aunque todos esos recursos pueden ser de gran ayuda, ninguno reemplaza el diseño de Dios. Pablo escribe en Efesios 4:11-16:

Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error. Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquel que es la cabeza, es decir, Cristo, de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.

Muchas personas dicen amar a Cristo, pero consideran que la iglesia es opcional. / Foto: Unsplash

Este pasaje nos enseña una verdad fundamental: la madurez espiritual no es un proyecto personal; es un proceso que Dios desarrolla dentro de la vida de la iglesia.

Cristo, quien es la cabeza de la iglesia, proveyó pastores y maestros para alimentar a Su pueblo mediante la exposición fiel de Su Palabra. Ellos no fueron dados para entretener a la congregación, sino para equipar a los creyentes, de manera que todo el cuerpo creciera en semejanza a Cristo.

Esto significa que la mujer que desea madurar espiritualmente necesita amar la iglesia local. Allí es donde somos enseñadas, exhortadas, consoladas y corregidas. Allí aprendemos a servir, a soportarnos unas a otras con amor, a perdonar, a llevar las cargas de nuestras hermanas y a poner en práctica los “unos a otros” del Nuevo Testamento.

Cristo, quien es la cabeza de la iglesia, proveyó pastores y maestros para alimentar a Su pueblo. / Foto: Lightstock

Es significativo que Pablo no describa la madurez como una experiencia emocional o un momento extraordinario. Habla de un crecimiento constante: “Hasta que todos lleguemos”. La madurez no ocurre de un día para otro; es el resultado de caminar con Cristo durante años.

Dios rara vez produce creyentes maduros de manera instantánea. Él trabaja con paciencia, moldeando nuestro carácter mediante la predicación de la Palabra, la comunión con otros creyentes, la disciplina amorosa de la iglesia y las circunstancias diarias de la vida.

Dios rara vez produce creyentes maduros de manera instantánea. / Foto: Unsplash

Conclusión: una madurez que glorifica a Cristo

La madurez espiritual, por lo general, no atrae los reflectores. Muchas veces pasa desapercibida para quienes nos rodean. No siempre recibe elogios, reconocimiento o admiración. Sin embargo, su verdadero valor no se mide por la aprobación de las personas, sino por la mirada de Dios.

El Señor no está ocupado en construir vidas que impresionen al mundo. Él está llevando a cabo una obra mucho más profunda y eterna: formar en cada una de Sus hijas el carácter de Su Hijo. Esa es la transformación que realmente importa.

Y, la mayoría de las veces, esa obra no ocurre en los momentos extraordinarios, sino en la rutina de la vida diaria. Dios nos moldea en la obediencia constante, en el servicio silencioso, en la perseverancia cuando nadie observa, en las decisiones fieles que parecen pequeñas, pero que tienen un inmenso valor delante de Él.

Quizá tu vida no sea visible para muchos. Tal vez nunca hables desde una plataforma, no escribas libros ni seas ampliamente conocida. Es posible que tu ministerio se desarrolle entre las paredes de tu hogar, en el cuidado de tu familia, en el servicio fiel a tu iglesia local o en actos de amor que solo el Señor conoce.

Pero sí, en medio de esa vida aparentemente común, el Espíritu Santo está transformando tu corazón a la imagen de Cristo. Entonces, puedes tener la certeza de que estás caminando conforme al propósito eterno de Dios.

Al final de nuestra carrera, lo que tendrá verdadero peso no será el reconocimiento que recibimos de los hombres, sino la fidelidad con la que respondimos al llamado del Señor. Ese será el distintivo de una vida espiritualmente madura.

Porque la madurez genuina no busca ser admirada; busca glorificar a Cristo. Y aunque muchas veces permanezca oculta a los ojos del mundo, nunca pasa inadvertida delante de Aquel que ve en lo secreto y recompensa la fidelidad de Sus hijos.

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Lily Llambés

Liliana Llambés es colombiana y sirve como misionera de IMB en Panamá. Su pasión es proclamar el mensaje de salvación y hacer discípulos con el fundamento bíblico de la Palabra de Dios. Es la autora de «7 disciplinas espirituales para la mujer» y conferencista internacional. Tiene una Maestría en Estudios Teológicos del Southern Baptist Theological Seminary, y está cursando una Maestría en Divinidades con énfasis en Consejería Bíblica. Está casada con el pastor y misionero Carlos Llambés, con quien tiene 4 hijos y 9 nietos. Puedes encontrarla en Facebook, Twitter e Instagram. @lilyllambes

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