Octubre 17
“Pero ellos no entendían lo que les decía, y tenían miedo de preguntar a Jesús”. Marcos 9:32
Imagínate a un estudiante sentado en un aula, mirando una fórmula en la pizarra. Los símbolos de la fórmula son meros garabatos para él, pero tiene miedo de levantar la mano para hacer una pregunta aclaratoria. Es probable que muchos de nosotros hayamos experimentado una situación similar, atrapados en un dilema: por un lado, tenemos miedo de que nos expongan o a dónde nos lleve la respuesta si preguntamos, pero por otro lado sabemos que estaremos imposiblemente atrapados si no lo hacemos.
Aunque los discípulos vivían en compañía de Jesús, escuchaban regularmente Sus enseñanzas, recibían Sus instrucciones y veían Sus obras milagrosas, todavía batallaban en entender el panorama más amplio de Su ministerio. Muchas veces, Jesús habló claramente con ellos acerca de todo lo que estaba delante Él: Su traición, muerte y resurrección. Sin embargo, se enfrentaron a la peor de las dificultades: «no entendían lo que les decía, y tenían miedo de preguntar».
Pedro, Santiago y Juan acababan de presenciar la transfiguración de Jesús (Mr 9:2-8). Ellos sabían que Él era el Hijo de Dios. Pero la sinceridad de la fe de los discípulos en Jesús como Mesías no fue igualada por su comprensión de lo que significaba para Él ser realmente el Mesías. Su percepción del Mesías era borrosa e incompleta, causando confusión y temor. Tal vez no le pidieron a Jesús que explicara más porque no querían admitir su ignorancia; o tal vez porque no estaban dispuestos a confrontar las implicaciones de lo que Él les estaba diciendo, tanto para Sí mismo (vv. 30-31) como para ellos (8:34-35).
Incluso después de la muerte y resurrección de Jesús, los dos discípulos en el camino a Emaús necesitaban que Él los llevara de vuelta a través de todo el panorama de la Biblia para que pudieran entender Su sufrimiento y entender todo (Lc 24:26-27). Inmediatamente antes de Su ascensión al cielo, los discípulos todavía no estaban seguros de la naturaleza del reino de Cristo. Esta vez, sin embargo, le pidieron respuestas a Jesús; y Él no dijo: ¿Otra vez con esa misma pregunta? ¿Cuántas veces vas a preguntar? En cambio, Él amablemente explicó que Su reino no vendría por el restablecimiento del templo en Jerusalén, sino que avanzaría a través de la obra del Espíritu Santo en cada uno de los discípulos (Hch 1:8).
Tal vez te encuentres identificándote con los discípulos aquí, batallando en comprender todo lo que se enseña en la Palabra de Dios o inseguro de que realmente quieras confrontar las implicaciones de lo que has comenzado a entender. Pero tu situación no necesita estar llena de miedo. Qué bueno que Jesús sea un maestro tan amable y paciente con Sus discípulos, contigo y conmigo. Y qué bueno es que el Espíritu Santo mora dentro de ti, permitiéndote hacer todo lo que tu Señor te llama a hacer (Ez 36:26-27; Ga 5:16). Entonces, si te encuentras carente de sabiduría y entendimiento, simplemente pregúntale a Dios, «quien da a todos abundantemente y sin reproche» (Stg 1:5).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
